No fue un encuentro romántico. Fue una mesa ruidosa, platos chocando, risas ajenas. Él estaba con amigos, hablando de cosas que no importan. Ella caminaba entre las mesas con una bandeja que pesaba más de lo normal. Todo era cotidiano. Todo menos la forma en que se miraron.
Fue un segundo. Lo suficiente para que algo se desajustara.
Él levantó la vista por pura inercia. Ella ya estaba mirándolo, como si lo hubiera reconocido de una vida que ninguno de los dos recordaba. No sonrieron de inmediato. No fue bonito. Fue incómodo. Fue ese tipo de reconocimiento silencioso que no se puede explicar sin sonar exagerado. Un reflejo que no pide permiso.
Ella le tomó la orden con una voz firme, ensayada por la costumbre de tratar con desconocidos. Tenía veintidós. Él lo supo después, cuando su amigo se lo dijo casi como quien advierte de un riesgo. Él tenía treinta y nueve, una edad que ya venía con decisiones tomadas, con rutinas que pesan. No parecían dos personas destinadas a cruzarse. Justo por eso el cruce resultó tan absurdo.
Durante la comida, él apenas participó en la conversación. Sus amigos hablaban, reían, pedían otra ronda. Él seguía con la vista a la mesera cuando se movía entre mesas. No era un simple deseo. Era una incomodidad persistente, como si la presencia de ella le recordara algo que prefería no mirar de frente.
Cuando ella se alejó por última vez, él hizo algo que no planeaba. Le pidió a uno de sus amigos que le pidiera el número. No por valentía: por cobardía. No quería exponerse. No quería ser visto en ese gesto mínimo de traición a su propia vida ordenada. El amigo se rió, dudó un segundo, y luego fue.
Ella aceptó dar el número con una naturalidad que a él le dolió sin entender por qué. No había promesas en su gesto. Para ella, dar un número no era un compromiso. Salía con quien quería, cuando quería. Esa libertad era parte de su manera de estar en el mundo. Él, en cambio, llevaba una vida compartida con alguien que no estaba en ese restaurante, pero que existía en cada decisión que él fingía no tomar.
Cuando el amigo volvió con el papel doblado, él lo guardó en el bolsillo como quien esconde una prueba. No escribió. No esa noche. Pagaron la cuenta, salieron a la calle, y la noche siguió como si nada hubiera pasado. Pero dentro de él algo había quedado abierto, como una puerta que no se ve desde afuera y que, sin embargo, cambia el aire de toda la casa.
No sabía qué haría con ese número. Solo sabía que no debía tenerlo. Y que, aun así, lo tenía.
Editado: 19.02.2026