El turno terminó tarde. Se quitó el delantal con la sensación de que el cuerpo seguía caminando aunque ya no hubiera mesas que atender. No se llevó nada consigo del restaurante. Ningún papel doblado, ningún número ajeno. Solo la memoria de una mirada que no pedía nada y, aun así, se le había quedado adherida.
No era la primera vez que alguien le pedía su contacto. Para ella, dar un número no era una promesa; era apenas una puerta entreabierta. A veces no pasaba nada. A veces pasaba algo breve. Nunca se prometía más que eso. Lo que la incomodaba no era el gesto en sí, sino la forma en que él había delegado el gesto en otro, como si no pudiera hacerse cargo de su propia curiosidad.
En casa, dejó el celular sobre la mesa sin revisarlo cada dos minutos. No esperaba nada concreto. Si él escribía, lo haría. Si no, el recuerdo se diluiría como se diluyen casi todas las cosas que no se tocan. Esa era la ventaja de no llevarse números ajenos: no había manera de construir expectativas. No había nada que iniciar por su cuenta.
Antes de dormir, pensó en la facilidad con la que algunos cruces parecen importantes solo porque son raros. Se dijo que no era nada. Que mañana apenas lo recordaría. No se creyó del todo.
Editado: 19.02.2026