Dejó pasar unos minutos antes de responder. No por estrategia. Para ver si el impulso se iba. No se fue.
Escribió algo simple. No frío. No amable de más.
“Hola. Perdón, estaba trabajando. ¿Todo bien?”
No preguntó quién era. No fingió no saber. Tampoco añadió emojis ni frases que parecieran una invitación. Era una respuesta que existía en la mitad de las cosas: reconocía la presencia del otro sin ofrecerle un lugar cómodo donde quedarse.
Apoyó el celular en la mesa y volvió a lo que estaba haciendo. A los pocos segundos, lo miró de reojo. Le molestó ese gesto mínimo. No quería convertirse en alguien que espera respuestas de desconocidos. Se prometió no mirar la pantalla hasta terminar. La promesa duró poco.
Cuando llegó la respuesta, la leyó con atención exagerada. No por lo que decía, sino por lo que no decía. Le bastaron dos líneas para notar la diferencia de edad: no en los datos, sino en el tono. Él escribía con una cautela que no era timidez; era cálculo. Eso le generó una desconfianza tranquila. No alarma. Una alerta suave que no pide huir, solo mirar con cuidado.
No pensó en su vida personal. No la conocía. No le importaba. Para ella, él era apenas una conversación posible. Nada más. Y aun así, le incomodó descubrir qué le importaba que la conversación fuera honesta. No porque quisiera algo. Porque no quería mentir desde el principio.
Respondió una vez más, marcando un límite invisible: no hizo preguntas íntimas, no contó nada que no contaría a un extraño en una fila. La contención era su forma de cuidar el espacio que no quería que se volviera grande demasiado rápido.
Editado: 19.02.2026