Ella
Volvió a verlo un viernes por la noche, cuando el restaurante estaba lleno y el ruido hacía que todo pareciera menos importante de lo que era. Estaba con los mismos amigos. Risas altas, vasos que se vaciaban rápido, la misma mesa que la primera vez. La repetición le dio una sensación rara, como si la historia estuviera intentando corregirse a sí misma.
Esta vez, cuando sus miradas se cruzaron, se sonrieron. No fue una sonrisa grande. Fue una de esas sonrisas que no prometen nada, pero reconocen que algo ya existe. A ella le incomodó sentirse aliviada por eso. Aun así, siguió con su trabajo como si no hubiera pasado nada.
Mientras les llevaba las bebidas, él la miró de una forma distinta: menos sorprendido, más atento. La diferencia era sutil, pero suficiente para que ella sintiera que la distancia entre ambos se había movido apenas un centímetro. Ese centímetro pesaba.
En un descanso breve, sacó el celular. No había un plan detrás del gesto. Había una curiosidad que no se tomaba en serio a sí misma. Le escribió sin rodeos:
“¿Qué van a hacer después del restaurante? Si van a salir, avisen. Yo también quiero salir hoy.”
Envió el mensaje y guardó el celular en el bolsillo del delantal. No se arrepintió. Tampoco se ilusionó. Para ella, invitarse no era una promesa de nada; era una forma de no dejar que la noche se decidiera sola.
Él
Verla de nuevo lo descolocó más de lo que esperaba. Creyó que el tiempo y los mensajes contenidos habían reducido el impacto. No fue así. La sonrisa que se dieron le pareció un permiso que no estaba seguro de haber pedido.
Pidió otra ronda con los amigos. Bebía más rápido de lo habitual. No para emborracharse, sino para aflojar la vigilancia interna que llevaba puesta desde que había empezado a hablar con ella. La presencia de ella, tan cerca y tan fuera de su vida real, le activaba esa parte suya que quiere sentir sin hacerse cargo.
Cuando el mensaje llegó, no lo abrió de inmediato. Lo vio vibrar en la mesa. Intuyó el contenido antes de leerlo. Lo abrió igual. La invitación no era explícita, pero era clara. No pedía nada grande. Solo no quedar afuera de la noche.
Sintió una mezcla incómoda: orgullo por haber sido elegido en algo mínimo, y miedo por lo que implicaba aceptar. Miró a sus amigos. Miró la mesa. Pensó en lo fácil que sería decir que no, en lo difícil que sería sostener ese no cuando la noche parecía abierta y ella estaba ahí, existiendo sin exigirle explicaciones.
Escribió una respuesta que dejaba la decisión en el aire. Algo que no cerraba la puerta, pero tampoco la abría del todo. No por respeto; por indecisión. Supo, con una claridad amarga, que esa indecisión era ya una forma de avanzar.
Editado: 19.02.2026