Ella
Aceptó la invitación sin celebrarla. No porque no quisiera ir, sino porque no quería parecer alguien que estaba esperando ese permiso. Se cambió rápido en el baño del restaurante: se soltó el cabello, se miró al espejo sin buscar verse distinta. No era una cita. Era una salida con gente que no conocía. Eso se repitió como una forma de no cargar la noche de expectativas.
En el bar, el ruido era distinto: más íntimo, menos mecánico que el del restaurante. Se sentó cerca de él sin sentarse con él. La distancia justa para poder mirarlo sin que pareciera una elección. Sus amigos hablaban de cosas que no le pertenecían: anécdotas largas, referencias que ella no compartía, historias que tenían pasado en común. Ella se quedó en los bordes de la conversación, sonriendo cuando tocaba, escuchando sin pedir un lugar.
Notó la diferencia de edad en los silencios. En cómo ellos recordaban lugares que para ella eran apenas nombres. En la forma en que él se detenía antes de decir ciertas cosas, como si estuviera filtrando lo que podía mostrarse frente a alguien que no estaba en su misma etapa. Esa contención la hizo sentir pequeña por momentos. No menos interesante, pero sí menos incluida.
Él la miraba cuando creía que nadie lo notaba. No era una mirada de deseo abierto. Era una mirada de cuidado torpe, como si estuviera midiendo el daño posible de algo que todavía no existía. A ella le incomodó esa prudencia. No quería ser tratada como una decisión difícil. Quería ser tratada como una persona que está ahí y ya.
Cuando se levantó a pedir otra bebida, uno de los amigos bromeó con ella de una forma ligera, casi coqueta. Ella respondió con naturalidad. Sintió la mirada de él cambiar apenas, como si algo se hubiera tensado sin permiso. No fue celos declarados. Fue una rigidez mínima en los hombros, una pausa antes de volver a sonreír. Esas cosas se notan cuando estás prestando atención a alguien que no quieres estar mirando tanto.
Él
La vio moverse entre sus amigos con una facilidad que no esperaba. No era la chica del restaurante; era alguien que podía ocupar un espacio sin pedir disculpas por estar ahí. Esa soltura le gustó y le incomodó a la vez. Le recordó que ella no estaba entrando a su mundo: estaba visitándolo, y podía irse cuando quisiera.
Notó la diferencia de edad en cosas que no había previsto: en la música que a ella le parecía nueva y para él era repetición; en la manera en que ella no cargaba con explicaciones, mientras él parecía estar todo el tiempo justificando silencios que nadie le había pedido justificar. Se escuchó a sí mismo hablar de su vida con una vaguedad calculada. No mintió. Tampoco dijo la verdad completa. Ese punto medio le supo a cobardía.
Cuando uno de sus amigos le habló a ella con ligereza, sintió una punzada que no pudo nombrar sin traicionarse. No tenía derecho a incomodarse. No tenía ningún reclamo. Esa falta de derecho lo dejó más expuesto que cualquier celos. Bebió un poco más rápido para no pensar en eso.
Hubo momentos en que ella lo miraba buscando algo —una complicidad mínima, una confirmación de que no estaba sola en esa mesa— y él respondía con una sonrisa contenida que cerraba más de lo que abría. No era rechazo. Era un límite. El tipo de límite que no se dice en voz alta porque decirlo lo haría demasiado real.
Cerca del final de la noche, ella dijo que se iría temprano. Lo dijo sin drama, como quien se retira de un lugar que no le pertenece del todo. Él sintió el impulso de pedirle que se quedara. No lo hizo. La vio levantarse, despedirse de todos con educación ligera, y alejarse sin mirar atrás. Le sorprendió lo mucho que ese gesto pequeño lo desordenó por dentro.
No había pasado nada grave. No había pasado nada explícito. Y, sin embargo, la noche le dejó una certeza incómoda: el problema no era lo que podían ser. El problema era todo lo que él ya era antes de mirarla a ella.
Editado: 19.02.2026