Ella
El bar empezó a marearla. No era solo el alcohol; era el ruido acumulado, las voces superpuestas, la sensación de estar ocupando un lugar prestado. Dijo que saldría un momento a tomar aire. No pidió compañía. No la esperaba.
Él la siguió igual.
Afuera, la noche era más honesta. El frío le aclaró un poco la cabeza. Encendió un cigarrillo con manos torpes, no por el alcohol, sino por esa incomodidad rara de estar a solas con alguien que no debería estar ahí contigo. Dio la primera calada como si fuera una pausa necesaria.
No hablaron de inmediato. El silencio no era cómodo, pero era menos ruidoso que adentro. Ella miró la calle, las luces lejanas, la gente que pasaba sin saber nada de ellos. Pensó en lo fácil que era existir en paralelo, sin historias compartidas que te obliguen a explicarte.
—Me mareé un poco —dijo, como si necesitara justificar haber salido.
Él asintió. No se acercó de más. Se quedó a una distancia que no parecía casual. Esa distancia le molestó y le alivió al mismo tiempo. No quería que la invadieran. Tampoco quería sentirse tan sola en ese borde de la noche.
Le ofreció agua. Ella aceptó. El gesto fue mínimo, casi torpe. Le recordó que él sabía cuidar sin saber qué estaba cuidando. Eso la incomodó. No quería ser tratada como un problema potencial. Quería que la noche fuera simple. No lo era.
—No tenías que salir —dijo ella, sin reproche.
—Lo sé —respondió él, con una honestidad que no arreglaba nada.
Ella se rió apenas. No era una risa feliz. Era la risa que sale cuando notas que alguien está intentando portarse bien en una situación que ya es mala idea. Aspiró el humo y lo soltó lento. Pensó en decir algo que rompiera la tensión. No encontró la frase que no abriera una puerta que después costaría cerrar.
Él
Afuera, lejos de sus amigos, la presencia de ella se volvió más nítida. No había ruido que amortiguara el impulso de mirarla. No había conversación ajena que le diera un papel que interpretar. Solo ella, un poco mareada, un cigarrillo encendido, y esa sensación de estar parado en un lugar que no le pertenecía.
Se quedó a una distancia prudente. La prudencia, se dio cuenta, también puede ser una forma de querer controlar lo que se siente. No la tocó. No porque no quisiera, sino porque sabía que cualquier gesto mínimo cambiaría el sentido de la noche. No estaba listo para hacerse cargo de ese cambio.
Le ofreció agua para hacer algo con las manos. Le molestó que ese gesto pareciera el de alguien que cuida desde un lugar que no le corresponde. Aun así, no supo cómo dejar de hacerlo. La vio fumar y pensó en lo poco que sabía de ella. Esa ignorancia lo protegía. También lo tentaba.
Quiso decirle que no estaba mareada solo por el alcohol. Que esa noche tenía un peso raro para ambos. No lo dijo. Nombrar eso habría sido admitir que estaba pasando algo. Y admitirlo lo obligaría a decidir.
Cuando ella dijo que no tenía que salir, él respondió lo único que no sonó falso. Sabía que no debía estar ahí. Estaba igual. Esa contradicción le parecía cada vez más familiar. Y más peligrosa.
El cigarrillo se consumió en silencio. Volverían adentro en cualquier momento. Nada había pasado. Y, sin embargo, ambos sabían que ese rato afuera había cambiado el tono de todo lo demás.
Editado: 19.02.2026