La Grieta

Capítulo 16 – El espejo roto

Él

El trayecto de regreso a casa con Mateo fue un campo minado de silencios. Su hijo, con la perspicacia afilada de sus doce años, no volvió a preguntar, pero él sentía la mirada del chico analizando su rigidez al volante. Al llegar, la "vida compartida" se sintió más extraña que nunca. Entró en su sala, vio las fotos familiares en las repisas y, por primera vez, no sintió seguridad, sino una profunda hipocresía.

La imagen de ella con ese hombre mayor lo perseguía. No era un chico para pasar el rato; era un hombre que caminaba con la autoridad de quien pertenece a ese mundo. ¿Quién era él? ¿Su pareja? ¿El padre de la niña? La posibilidad de que ella también estuviera "actuando" una vida, igual que él, lo llenó de una mezcla de alivio y una rabia sorda. Se dio cuenta de que no conocía nada de ella, y que el "secreto" que compartían era apenas una pequeña isla en un océano de verdades ocultas.

Ella

Sofía se quedó dormida en el auto, ajena al torbellino que su madre cargaba en el pecho. El hombre que la acompañaba —alguien que representaba para ella una estabilidad necesaria pero sin fuego— hizo un comentario sobre el frío, pero ella apenas lo escuchó.

Verlo a él con un hijo de doce años había sido como ver una versión de sí misma en una década. La asimetría de la que él tanto se quejaba se había desvanecido en un segundo: ambos eran padres, ambos tenían personas que dependían de su equilibrio, y ambos estaban arriesgando ese equilibrio por un "breve incendio".

Al llegar a su casa, después de despedir al hombre del abrigo elegante con un beso mecánico, se quedó mirando a su hija. La culpa, que antes era una sombra lejana, ahora tenía el rostro de Mateo y de Sofía. Tomó el teléfono. Necesitaba romper la mentira de la "ligereza".

El Mensaje

El celular de él vibró en la mesa de noche, justo cuando intentaba conciliar un sueño imposible al lado de su esposa.

"No era un desconocido. Es alguien que me ayuda con Sofía. Y el chico que iba contigo... se parece mucho a ti. Creo que los dos hemos estado jugando a ser personas que no existen".

Él leyó el mensaje bajo las sábanas, el brillo de la pantalla quemándole los ojos. Ya no había vuelta atrás. La "puerta entreabierta" se había cerrado de golpe, dejando a ambos encerrados en la misma habitación: la de la realidad.




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