La Grieta

Capítulo 17 – La tregua de diciembre

Él

La invitación llegó en un mensaje corto, casi casual, pero con el peso de una declaración de guerra a la rutina. Mateo se iría con su madre a pasar las fiestas con la familia de ella, un compromiso al que él siempre había asistido como un actor secundario, sintiéndose ajeno y asfixiado. Por primera vez, el calendario le regalaba un vacío.

—"Mi prima vendrá a casa el 24. Si no quieres estar solo, puedes venir", le escribió ella.

Él aceptó con una mezcla de vértigo y alivio. Ir a la casa de ella no era solo una cita; era entrar en el lugar donde ella era madre, donde Sofía dejaba sus juguetes y donde no había mesas ruidosas ni extraños que pudieran interrumpirlos.

El encuentro

Llegó a la casa cargando una botella de vino y una bolsa con algo para cenar, sintiéndose un intruso hasta que cruzó el umbral. El escenario no era el que imaginaba. No había velas ni silencios tensos. En el centro de la sala, entre música y el desorden cálido de una casa habitada, estaba la prima de ella.

Fue un alivio inmediato. La presencia de la prima rompió la "clandestinidad pesada". Por primera vez en meses, él no tenía que ser el hombre serio de treinta y nueve años con una vida "heredada". Se sentaron a la mesa, abrieron el vino y, entre las bromas de la prima y las anécdotas del restaurante, él se descubrió riendo a carcajadas. Eran risas de verdad, de esas que no se fingen. Se sintió joven, no por la edad de ella, sino por la ligereza del ambiente.

Ella

Verlo interactuar con su prima fue la pieza del rompecabezas que le faltaba. Le gustaba ver cómo él bajaba la guardia, cómo se olvidaba de mirar el reloj. Tomaron, brindaron por una Navidad que no se parecía a ninguna otra y bailaron un poco en el espacio pequeño de la sala, mientras Sofía dormía en el cuarto de al lado.

—Tu amigo es divertido —le susurró su prima mientras buscaban más hielo en la cocina. Ella solo sonrió. No era un "amigo", pero en ese momento, la palabra le pareció suficiente.

La noche fue ruidosa, caótica y totalmente diferente a todo. En esa casa, rodeado de gente que no lo juzgaba, él dejó de ser un secreto para convertirse en alguien que simplemente estaba allí, presente.

El final de la noche

Cuando la prima finalmente se retiró, la casa quedó envuelta en ese silencio dulce que deja la buena compañía. Se miraron con una honestidad nueva.

—Gracias por invitarme —dijo él, con la voz un poco rasposa por la risa—. Hace mucho tiempo que no me sentía... así. Sin peso.

Ella le dio un último sorbo a su copa, mirándolo desde el sofá. —Es que aquí no tienes que ser nadie más que tú —respondió ella—. Al menos mientras estemos entre estas paredes.




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