La Grieta

Capítulo 18 – El residuo de la fiesta

Él

Enero llegó con la pesadez de una resaca que no se cura con agua. De regreso en su oficina, rodeado de carpetas y llamadas de negocios que le parecían irrelevantes, el recuerdo de la Navidad en casa de ella se sentía como una película que alguien le había contado, pero que no había vivido realmente.

Lo que más le dolía no era la distancia física, sino el contraste de los sonidos. En su casa, el silencio era denso, interrumpido solo por el televisor o las preguntas logísticas de su pareja sobre los gastos del mes . En cambio, en su cabeza seguía sonando la risa de la prima de ella y el ruido de los platos en esa cocina pequeña donde, por unas horas, él no había tenido que ser "el señor de los treinta y nueve".

Miraba a Mateo jugar con su tablet y sentía una punzada de culpa. El chico de doce años ya no era el niño que se conformaba con una caricia en la cabeza; Mateo lo observaba, y él sabía que su hijo notaba esa "ausencia presente". Estaba ahí, pero su mente seguía en aquel sofá, bailando torpemente un ritmo que no conocía.

Ella

Para ella, el regreso a la rutina del restaurante fue como ponerse un uniforme que ya le quedaba pequeño. Atender mesas, sonreír por compromiso y contar las propinas se volvió una tarea mecánica. La visita de él en Navidad había dejado una marca que no podía borrar con el pragmatismo de siempre.

Ya no podía mirar su propia sala sin verlo a él sentado allí, riendo con su prima. La barrera que ella misma había construido —esa idea de que él era solo un "escape"— se había desmoronado. Ahora, cuando él le escribía, ella no solo leía palabras; veía al hombre que miró con ternura el dibujo de Sofía en la nevera.

—"¿Cómo está todo en el mundo real?", le escribió ella una tarde, mientras Sofía dormía la siesta.

El muro de cristal

Él leyó el mensaje mientras cenaba con su familia. El brillo del celular fue como un disparo en la oscuridad del comedor. —"Demasiado real", respondió él. "Extraño el desorden de tu casa".

No se lo dijo, pero lo que realmente extrañaba era la persona que él era cuando estaba con ella. El contraste lo estaba matando: en un mundo era un hombre respetable con una vida heredada; en el otro, era alguien que empezaba a sentir que la verdadera vida era la que ocurría en los márgenes, en los secretos, en el desorden de una Navidad que nadie más debía conocer.




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