Él
Febrero se sintió como un sueño prestado, como si hubiera tomado por error la vida de otra persona y todavía no se hubiera dado cuenta de cuándo tendría que devolverla.
Primero fue aquella tarde en la piscina con Sofía. El sol caía con una tibieza perfecta sobre el agua azul, y la niña chapoteaba con una energía que parecía inagotable. Él la miraba desde el borde, con los pies sumergidos, mientras ella se reía desde una de las sillas, con el cabello recogido de cualquier manera y los hombros brillando por el reflejo del agua.
Había algo en esa escena que le producía una paz extraña.
Por unas horas, logró olvidar que en su casa lo esperaba una vida perfectamente organizada: horarios, responsabilidades, conversaciones previsibles y una rutina que, hasta hacía poco, había considerado suficiente.
Allí, en cambio, todo parecía ligero.
Sofía salpicaba agua sin preocuparse por nada. Ella lo miraba con una sonrisa cómplice cada vez que la niña hacía alguna travesura. Y él, sin darse cuenta, comenzó a moverse dentro de ese pequeño mundo como si siempre hubiera pertenecido a él.
Pero la playa fue el verdadero punto máximo de ese espejismo.
El mar estaba tranquilo aquella tarde. El cielo tenía ese color pálido de los días de verano en los que el viento trae olor a sal desde lejos. Caminaron por la orilla sin prisa, dejando que el agua les mojara los pies mientras Sofía corría delante de ellos recogiendo conchas que luego olvidaba en la arena.
Las cervezas frías que compraron en un pequeño puesto improvisado les dieron una valentía peligrosa.
La conversación se volvió más libre, más cercana. Se empujaban jugando, corrían como si fueran adolescentes escapando de algo invisible.
Por momentos, él se convenció de que esa era su verdadera vida.
La risa de ella, con el cabello enredado por el viento y la sal pegándose a su piel, era el sonido que más quería escuchar. Pensó, con una claridad que lo sorprendió, que podría acostumbrarse a eso: a las tardes sin planes, a las cenas improvisadas, a la niña hablándole sin parar desde el asiento trasero del auto.
Durante un instante fugaz, imaginó algo imposible:
una casa pequeña cerca del mar, el ruido de las olas entrando por las ventanas, Sofía corriendo por un patio lleno de arena.
Una vida distinta.
Una vida que no tenía horarios ni explicaciones que dar.
Pero incluso en medio de esa felicidad improvisada, algo empezó a romperse dentro de él.
Al principio fue apenas una sensación incómoda, una sombra que se colaba en sus pensamientos cuando ella se alejaba unos metros para hablar con alguien o responder un mensaje. Nada evidente, nada que pudiera señalar con el dedo.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba con ella, más consciente se volvía de algo que no podía controlar.
La libertad de ella.
Era eso lo que lo había atraído desde el principio.
La forma en que vivía sin pedir permiso, sin depender de nadie, tomando decisiones rápidas como si el mundo fuera un lugar que podía recorrer sin miedo.
Pero ahora esa misma libertad comenzaba a provocarle una inquietud amarga.
Porque si ella era tan libre…
¿qué lugar ocupaba él realmente?
La pregunta empezó a crecer como un rumor incómodo en su mente.
¿Con quién hablaba cuando no estaban juntos?
¿Quién era ese hombre mayor que a veces aparecía en sus conversaciones, ese que parecía ayudarla con cosas que él nunca terminaba de entender?
Había escuchado su nombre un par de veces.
Nada concreto.
Nada que pudiera justificar su incomodidad.
Y sin embargo, la duda estaba ahí.
Se sentó en la arena mientras Sofía seguía corriendo cerca de la orilla y ella se inclinaba para sacudir la arena de una toalla. Desde donde estaba, podía verla perfectamente: el sol cayendo sobre su espalda, la manera despreocupada en que hablaba con la niña, como si el mundo fuera algo que podía sostener con sus propias manos.
Él debería haber sentido tranquilidad al verla así.
En cambio, sintió otra cosa.
Una punzada lenta, casi imperceptible, que le recorría el pecho cada vez que pensaba en la parte de su vida que él no conocía.
El mar seguía avanzando y retrocediendo frente a ellos, como si quisiera borrar sus huellas de la arena.
Pero algunas cosas no se borran tan fácilmente.
Porque mientras la tarde comenzaba a apagarse y el cielo se llenaba de tonos dorados, él comprendió algo que no se atrevía a decir en voz alta:
aquella felicidad tenía fecha de caducidad.
Editado: 24.03.2026