Ella
La tarde en la playa había sido extrañamente perfecta.
No perfecta en el sentido exagerado de las películas, sino en esa forma sencilla en que a veces los días se acomodan solos. El sol, el viento suave, el ruido constante del mar y la risa de Sofía llenando el aire.
Hacía tiempo que no se sentía tan ligera.
Ver a la niña correr por la orilla, empaparse los pies y volver riendo hacia ellos le producía una tranquilidad que no esperaba. Y verlo a él jugar con Sofía, agacharse para escucharla, dejarse arrastrar por sus ocurrencias infantiles, despertaba algo dentro de ella que prefería no analizar demasiado.
Había algo cómodo en su presencia.
Algo que la hacía sentir cuidada.
Y esa sensación la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Cuando el sol empezó a bajar, la arena ya se había pegado a cada rincón de su cuerpo. Sentía el cabello duro por la sal y la piel tirante.
—Voy a las duchas un momento —dijo, levantándose.
Tomó su bolso, sacó una toalla y luego, sin pensarlo demasiado, le extendió el resto de sus cosas.
—Cuídame esto.
El bolso.
El celular.
El gesto fue natural. Confiado.
Tal vez porque después de todo lo que habían vivido ya no sentía que tuviera que proteger cada pequeño espacio de su vida.
O tal vez porque nunca imaginó que él querría invadirlo.
Caminó hacia las duchas sintiendo la arena crujir bajo sus pies. El agua fría cayendo sobre su piel le provocó un pequeño estremecimiento, pero también una sensación inmediata de alivio.
Mientras se enjuagaba el cabello, pensó en el día.
En las risas.
En la forma en que él la había mirado varias veces cuando creía que ella no se daba cuenta.
Había algo diferente en esa mirada últimamente.
Más intenso.
Más serio.
Como si estuviera empezando a tomarse demasiado en serio algo que ella siempre había intentado mantener ligero.
Sacudió la cabeza, dejando que el agua arrastrara la espuma.
No quería pensar en eso.
No hoy.
Él
Se quedó sentado en la arena con el bolso de ella apoyado sobre las piernas.
El cielo comenzaba a cambiar de color, y el mar seguía moviéndose con esa calma engañosa que parecía esconder algo más profundo debajo.
Entonces el celular vibró.
El sonido fue breve, casi insignificante.
Pero lo escuchó como si fuera una alarma.
Miró hacia las duchas.
Ella todavía no salía.
Podía ignorarlo.
Podía dejar el teléfono dentro del bolso y seguir mirando el mar como si nada hubiera pasado.
Eso era lo correcto.
Pero la inquietud que llevaba días creciendo dentro de él no lo dejó en paz.
Pensó en todas las veces que ella desaparecía durante horas.
En los nombres que mencionaba de vez en cuando.
En la facilidad con la que se movía por el mundo sin dar explicaciones.
La curiosidad empezó a mezclarse con algo más oscuro.
Celos.
Tomó el celular.
Solo un vistazo, se dijo.
Solo para confirmar que estaba exagerando.
Deslizó el dedo por la pantalla.
Al principio no encontró nada que pareciera una traición clara.
Pero mientras avanzaba entre las conversaciones, la sensación dentro de su pecho comenzó a cambiar.
Había muchos nombres.
Demasiados.
Algunos mensajes eran simples.
Otros tenían un tono cercano.
En varios aparecían bromas, recuerdos, invitaciones.
Ella hablaba con naturalidad con todos.
Con una libertad que a él siempre lo había fascinado… hasta ese momento.
La realidad empezó a abrirse paso con una claridad incómoda.
Para ella, él no era el único.
Editado: 24.03.2026