La Grieta

Capítulo 23 – El peso del vacío

Él

El mensaje seguía ahí.

No te odio. Solo me dolió que no confiaras en que yo estaba ahí por elección, no por necesidad.

Lo había leído tantas veces que ya conocía cada palabra de memoria.

Estaba sentado en el despacho de su casa con el celular apoyado sobre la mesa. Afuera, la noche de Lima era ese gris espeso que nunca terminaba de volverse oscuro del todo.

Había respondido.

Había escrito algo simple, casi torpe.

No supe cómo manejarlo.

Después de enviarlo se quedó mirando la pantalla como si fuera a aparecer otra respuesta de inmediato.

No llegó.

Pasaron diez minutos.

Quince.

El silencio volvió a instalarse en la casa.

Desde el pasillo escuchó la voz de Mateo riendo frente al televisor. Su pareja estaba en la cocina lavando los platos. Todo seguía funcionando exactamente igual que siempre.

Y sin embargo él sentía que algo en su vida estaba fuera de lugar.

Tomó el celular otra vez.

Abrió el chat.

Escribió.

Borró.

Volvió a escribir.

¿Cómo estás?

Otra vez lo borró.

La conversación con ella siempre había sido fácil antes de la playa. Podían pasar horas escribiéndose sobre cualquier cosa: el restaurante, el trabajo, las pequeñas quejas del día.

Ahora cada palabra parecía una trampa.

El teléfono vibró de repente.

Su corazón dio un salto.

Pero no era ella.

Era una notificación del banco.

Soltó el aire con frustración y dejó el celular sobre la mesa.

A veces se preguntaba en qué momento exacto todo se había vuelto tan complicado.

Tal vez había sido en la playa.

Tal vez antes.

Tal vez desde el primer momento en que ella le dijo, casi con ligereza:

Solo quiero que seamos amigos.

En ese momento le había parecido una advertencia suave.

Ahora entendía que había sido una frontera.

Y él la había cruzado igual.

Ella

Sofía ya estaba dormida cuando el celular volvió a vibrar.

Ella estaba sentada en la cama, con el cabello todavía húmedo de la ducha. Había pasado el día entero en el restaurante y el cansancio le pesaba en los hombros.

Miró la pantalla.

Era él.

No supe cómo manejarlo.

Nada más.

Dejó el teléfono boca arriba sobre la mesa de noche.

No respondió.

Se levantó para apagar la luz del pasillo, revisó que la puerta estuviera cerrada y volvió a la habitación.

El mensaje seguía ahí.

Lo abrió otra vez.

No estaba enojada.

No exactamente.

Lo que sentía era algo más difícil de explicar.

Cansancio.

Desde el principio había sido clara con él.

Nunca le prometió una historia.

Nunca le prometió un futuro.

Y aun así, cada vez que las cosas se volvían más intensas, él reaccionaba como si estuviera perdiendo algo que nunca le perteneció.

Se sentó en la cama y tomó el celular.

Escribió lentamente.

No tienes que manejar nada.

Se detuvo.

Borró la frase.

Volvió a escribir.

A veces las cosas simplemente se rompen.




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