Él
El silencio del parque no terminó cuando ella se fue.
Lo siguió hasta el auto, hasta el tráfico pesado de la avenida, hasta el momento en que cerró la puerta de su despacho horas después.
La oficina estaba oscura. Solo la luz de la ciudad se colaba entre las persianas.
Se quitó el saco y lo dejó sobre la silla. Caminó un par de pasos, volvió atrás, se sirvió agua, no la tomó.
Las palabras de ella seguían girando en su cabeza.
Mi libertad es lo único que realmente me pertenece.
Apretó la mandíbula.
—Libertad… —murmuró con ironía.
Para él sonaba como una excusa elegante. Una manera de decir que podía seguir viendo a quien quisiera mientras él quedaba atrapado en una espera ridícula.
Se apoyó en el escritorio y cerró los ojos.
Lo que más lo consumía no era imaginarla con alguien más.
Era algo peor.
Era saber que no tenía derecho a reclamarle nada.
Esa era la trampa.
En su casa había una vida completa: una mujer que confiaba en él, un hijo que lo admiraba, un comedor iluminado todas las noches a la misma hora.
Y aun así, ahí estaba… pensando en otra mujer que no le prometía absolutamente nada.
Soltó una risa seca.
—Esto es absurdo.
Pero no lo era.
Porque en el fondo sabía la verdad que no quería admitir:
si ella desaparecía de su vida, todo volvería a la normalidad… y esa idea le producía una sensación extraña, como si alguien apagara de golpe el único lugar donde todavía sentía algo real.
No quería perderla.
Aunque tampoco estaba dispuesto a romper su vida para tenerla.
Ese era su laberinto.
Y no sabía cómo salir.
Tomó el celular.
Abrió el chat con ella.
Leyó la última conversación otra vez. Luego otra.
Sus dedos se movieron sobre el teclado… pero no escribió nada.
Lo dejó boca abajo sobre el escritorio, como si el aparato pudiera acusarlo.
Ella
Cuando salió del parque, el aire húmedo de la tarde le pegó en la cara.
Respiró profundo.
Sentía una mezcla de cansancio y claridad.
Caminó hasta su auto y se quedó un momento con las manos sobre el volante antes de encender el motor.
Hablar con él siempre era así:
emociones intensas, palabras que pesaban demasiado, promesas que nunca terminaban de tomar forma.
Y aun así, una parte de ella seguía volviendo.
Condujo hasta el restaurante.
El ruido de la cocina, los platos chocando y las voces del personal la recibieron como siempre: caótico, vivo, real.
Su prima levantó la mirada desde la barra.
—¿Todo bien?
Ella se encogió de hombros.
—Sobreviví.
—Eso suena grave.
—No… solo complicado.
Tomó un delantal y empezó a trabajar.
Durante horas se movió entre mesas, pedidos y cuentas. Ese ritmo tenía algo terapéutico: nadie preguntaba demasiado, nadie analizaba sentimientos.
Solo había que seguir adelante.
Cerca del cierre, mientras limpiaba la barra, su celular vibró.
Miró la pantalla.
No era él.
Era un mensaje de alguien que había conocido hacía unas semanas.
Una invitación simple.
¿Cena mañana?
Ella observó el mensaje unos segundos.
No respondió de inmediato.
Guardó el celular en el bolsillo.
No se trataba de elegir entre hombres.
Se trataba de elegir la vida que quería construir.
Y esa vida, lo tenía claro, no podía depender de las dudas de nadie.
Editado: 24.03.2026