La Hacedora del Sol

Capitulo 1: Bajo la Misma Luz

—¿Tu serás mi futuro esposo?

Aquel niño alzo su mirada sorprendido de escuchar una voz desconocida, sus ojos, de un dorado tenue, aún estaban húmedos, aunque había hecho un evidente esfuerzo por contener el llanto. La observó en silencio, como si no terminara de comprender la pregunta. Delante de él se encontraba una niña de diez años con una sonrisa radiante teniendo al sol detrás de ella, sus ojos rosas eran inigualables, su cabello castaño miel estaba completamente rizado y lo llevaba recogido en una coleta alta, su flequillo cuadrado no lograba cubrir aquellos ojos poco comunes, de los cuales sabía cual era su significado. En cambio, Aryanne lo miraba con total naturalidad, no había vergüenza ni duda en su expresión; para ella, aquella pregunta no tenía nada de extraño. Era la primera vez que visitaba el palacio imperial. Había llegado esa misma mañana acompañada de su madre y de sus dos hermanos menores, quienes, desde el momento en que pusieron un pie en los jardines, parecieron olvidar cualquier noción de compostura. Apenas las niñeras aflojaron su agarre, ambos se soltaron con rapidez y echaron a correr entre los senderos, riendo mientras las criadas los perseguían entre llamados que se perdían en la distancia. Su madre ya no se alteraba acostumbrando al poco comportamiento gentil de sus hermanos menores, sabía que era unos demonios que no podía controlarse, así que ya sabía cómo manejar esa situación.

—Quédate aquí Aryanne en lo que regreso —le indicó con firmeza—. ¡Esos niños terminarán volviéndome loca!

Aryanne asintió obediente de seguir las ordenes de su madre, es lo menos que podía hacer por ella, ya que tenía que lidiar con sus dos hermanos menores que eran gemelos, un caos completo, así al menos podía ayudarle a preocuparse por un hijo menos. No tenía intención de desobedecer, sabía cuál era su lugar, y sabía permanecer en él, pero entonces apareció la mariposa. Cruzó frente a ella con un movimiento ligero, casi imperceptible, y aun así imposible de ignorar. Sus alas eran de un rosa suave, translúcidas bajo la luz, como si estuvieran hechas de algo más delicado que el aire mismo. Cada aleteo parecía dejar un rastro tenue, un brillo efímero que no terminaba de desaparecer, como si llevara consigo un fragmento de algo que no pertenecía a ese mundo. Aryanne la siguió con la mirada, inmóvil al principio. Sabía que debía quedarse y sabía que su madre había sido clara, pero la mariposa no se alejaba del todo; se detenía, giraba apenas sobre sí misma, como si aguardara por ella, como si la invitara a seguirla. Dudó solo un instante, breve pero suficiente para marcar una diferencia, y luego avanzó.

El primer paso fue cuidadoso, casi medido; el siguiente, más decidido. Para cuando quiso notarlo, el sendero principal había quedado atrás y ya no había rastro del lugar donde se le había indicado permanecer. Los jardines cambiaron a su alrededor de forma casi imperceptible: los caminos rectos y perfectamente delineados dieron paso a senderos más estrechos, donde la vegetación crecía con una libertad que contrastaba con el orden anterior. El murmullo de las voces fue desapareciendo poco a poco, sustituido por el sonido suave del viento entre las hojas y el crujir leve de la grava bajo sus pies. La mariposa continuó guiándola, siempre lo suficientemente cerca como para no perderla y lo bastante lejos como para obligarla a seguir avanzando, hasta que finalmente se detuvo frente a un árbol. Era un cerezo en plena floración, alto y frondoso, con ramas que se extendían como si protegieran el espacio bajo ellas. Sus flores, de un rosa más intenso, caían lentamente en pétalos ligeros que cubrían el suelo como una alfombra suave, tiñendo el jardín de un tono delicado, casi irreal, mientras la luz se filtraba entre las hojas creando destellos suspendidos en el aire.

Todo allí se sentía distinto, más silencioso, más apartado, como si aquel rincón no formara parte del resto del palacio. Aryanne dio un paso más, observando el entorno con una calma que ocultaba su curiosidad, hasta que un sonido leve interrumpió la quietud: un sollozo, bajo y contenido, como si quien lo emitiera no quisiera ser escuchado. Siguió el sonido con la mirada, y entonces lo vio. Bajo la sombra del cerezo, entre los pétalos caídos, estaba el niño. El cielo sobre el jardín se extendía en un azul claro y limpio, apenas interrumpido por nubes delgadas que se deslizaban con lentitud, como si no tuvieran prisa alguna. La luz del sol caía de forma suave, filtrándose entre las ramas del cerezo y creando destellos cálidos que danzaban sobre los pétalos esparcidos en el suelo. No era una luz intensa, sino envolvente, casi delicada, como si aquel rincón hubiera sido apartado incluso del paso del tiempo. El pasto, de un verde profundo, crecía más libre que en los jardines principales, sin la perfección rígida de los senderos por los que había pasado antes. Bajo sus pies, la tierra se sentía blanda, amortiguada por la capa de flores caídas, y cada paso producía apenas un susurro leve, casi imperceptible.

El sonido allí era distinto. No había voces, ni pasos apresurados, ni el eco distante de la actividad del palacio. Solo el murmullo del viento al rozar las hojas, el zumbido ocasional de algún insecto oculto entre las flores y el canto lejano de aves que no lograba distinguir. Era un silencio vivo, lleno de pequeños sonidos que no exigían atención, pero que estaban siempre presentes. El aire llevaba consigo un aroma suave y dulce, impregnado por las flores del cerezo, mezclado con la frescura húmeda de la tierra y un leve rastro vegetal que recordaba a hojas recién agitadas por la brisa. No era un olor que abrumara, sino uno que permanecía, que se asentaba con calma, como si formara parte del lugar tanto como la luz o el silencio. Todo en aquel jardín parecía existir en un equilibrio distinto, ajeno al orden del resto del palacio, como si hubiera sido olvidado… o quizá preservado con intención. Aryanne pensó, por un instante, que aquel lugar estaba completamente desolado. No había rastro de pasos, ni de voces, ni de presencia alguna que indicara que alguien más pudiera encontrarse allí.




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