La Hacedora del Sol

Capitulo 2: La Diosa que no puede amar

No importaba cuántas veces Aryanne visitara el templo de Aelira; siempre la dejaba sin aliento. Desde el carruaje, incluso antes de descender, sus ojos se alzaron hacia la imponente estructura que se elevaba ante ella, como si no perteneciera del todo al mundo terrenal. La fachada del templo estaba construida en mármol blanco pulido, tan impecable que parecía reflejar la luz del cielo mismo, bañándolo todo en un resplandor suave y casi etéreo. Altas columnas se alzaban a ambos lados de la entrada principal, esculpidas con detalles delicados de flores entrelazadas con lunas crecientes, formando patrones que parecían contar historias silenciosas. Las cúpulas, múltiples y majestuosas, se elevaban unas sobre otras en perfecta armonía, coronadas con detalles dorados que brillaban bajo el sol, como si intentaran tocar el cielo. Al centro, sobre la gran puerta, un enorme rosetón de vitrales capturaba la luz y la fragmentaba en tonos rosados, dorados y plateados que se reflejaban sobre la escalinata. Aquella luz no parecía común; había algo en ella que daba la impresión de estar viva. El camino que conducía hacia las puertas estaba flanqueado por estanques de agua cristalina donde pétalos flotaban con suavidad, movidos apenas por la brisa. Todo era simétrico, perfecto, pero no rígido; había una belleza orgánica en cada detalle, como si el templo respirara.

Aryanne descendió del carruaje con cuidado, sin apartar la mirada del lugar. Por un instante, olvidó todo lo demás: el deber, las expectativas, incluso su propio nombre. Frente a las grandes puertas del templo ya la esperaban. La Gran Matriarca. Acompañada por un grupo de sacerdotisas, se mantenía erguida en lo alto de la escalinata con una presencia que no necesitaba imponerse. Bastaba con verla. Su nombre era Maelia Thariel. Su piel morena tenía un brillo cálido, como si hubiera sido tocada por el sol durante toda su vida, y contrastaba con la pureza de sus vestiduras. Su cabello oscuro caía en ondas suaves hasta la mitad de su espalda, entrelazado con finos hilos dorados que capturaban la luz con cada movimiento. Sus ojos, de un tono ámbar profundo, parecían observar más allá de lo evidente, como si pudieran percibir aquello que no se decía. Vestía túnicas de seda blanca y rosada, ligeras pero elegantes, con bordados dorados que dibujaban símbolos lunares a lo largo de las mangas y el borde inferior. Sobre sus hombros descansaba un manto translúcido que parecía casi hecho de luz, y en su pecho llevaba el emblema de Aelira: una luna creciente abrazando una flor abierta. Las sacerdotisas a su alrededor reflejaban una imagen similar, aunque ninguna alcanzaba su presencia. Maelia descendió un par de escalones, lo suficiente para recibirla.

—Bienvenida, Aryanne Arvenis —dijo con una voz suave pero firme, que parecía envolver el aire mismo—. Aelira siempre recibe a sus elegidas con los brazos abiertos.

Aryanne inclinó ligeramente la cabeza, manteniendo la compostura.

—Es un honor estar aquí, Gran Matriarca —la saludo—. Le agradezco que abran sus puertas para poder enseñarme.

Maelia la observó por un instante más, como si evaluara algo que no podía verse a simple vista, y luego asintió con aprobación.

—El honor de servir a la elegida de Aelira es nuestro —repuso con voz refinada—. Hay mucho que debes aprender.

Con un gesto elegante, le indicó el camino hacia el interior. Las grandes puertas se abrieron lentamente, revelando un espacio bañado en luz y silencio. Aryanne dio el primer paso hacia dentro, y una vez más sintió que entraba en un lugar donde el mundo dejaba de ser el mismo. El interior del templo la envolvió en cuanto cruzó las puertas. La luz no desapareció, pero cambió, volviéndose más suave, más difusa, como si el aire mismo la filtrara. Aryanne avanzó unos pasos sin poder evitar el asombro en su mirada. No importaba cuántas veces estuviera allí; siempre era igual. Siempre era demasiado. Los muros se elevaban a ambos lados en mármol blanco perlado, cubiertos por relieves delicados que entrelazaban lunas crecientes con finos hilos que parecían unirse y separarse formando figuras orgánicas, como si narraran historias de destinos entrelazados. Entre cada sección se alzaban columnas estilizadas con detalles dorados y carmesí, cuyos capiteles imitaban pétalos abiertos, dando la impresión de que el templo mismo florecía hacia lo alto.

El suelo, pulido con precisión impecable, estaba dispuesto en patrones circulares que se repetían con una armonía casi hipnótica. Tonos blancos, dorados y matices rosados formaban figuras inspiradas en el emblema de Aelira, extendiéndose bajo sus pies como un símbolo constante. La superficie reflejaba la luz con sutileza, creando la sensación de caminar sobre algo más profundo que la piedra. Sobre ella, el techo se alzaba en arcos elevados, sostenidos por una arquitectura que parecía desafiar su propio peso. Vitrales alargados dejaban entrar la luz en tonos cálidos, bañando el espacio en reflejos dorados y rosados que cambiaban con cada movimiento. Desde lo alto descendían finos ornamentos en líneas delicadas, como si fueran hilos suspendidos en el aire, reforzando la sensación de que todo estaba conectado por una fuerza invisible. El aire tenía una presencia distinta, impregnado de un aroma tenue a flores dulces y resina cálida que no abrumaba, sino que permanecía, asentándose con calma. A lo largo de los pasillos, las acólitas se movían con naturalidad, vestidas con túnicas ligeras en tonos blancos y rosados. Sus pasos eran silenciosos y precisos, y aunque algunas llevaban libros o arreglos florales, ninguna parecía alterar la serenidad del lugar. No había prisa en ellas, solo una armonía constante, como si cada movimiento formara parte de algo mayor.




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