La Gran Matriarca permaneció en silencio unos segundos frente al mural antes de comenzar a hablar nuevamente. La luz de los vitrales teñía las figuras de Aelion y Aelira con tonos rosados y dorados, haciendo que parecieran observarlas desde la pared misma.
—Hace muchísimo tiempo, cuando el mundo aún era joven y los humanos apenas comenzaban a caminar sobre estas tierras, los dos dioses que lo crearon estaban profundamente enamorados el uno del otro —relato con voz suave—. Su amor era tan puro… tan perfecto… que el resto de los dioses no podían sentir más que envidia al verlo.
Aryanne levantó lentamente la mirada hacia el mural mientras escuchaba atentamente.
—Ninguno de ellos se atrevía a romper algo tan hermoso. Pero pronto descubrirían que no hacía falta hacerlo —siguió—. Porque el mismo tiempo se encargaría de ello.
La matriarca deslizó suavemente sus dedos sobre la piedra fría del mural.
—Para los humanos el tiempo es lento, nuestras vidas solo duran el parpadeo de una estrella —continuo—. Pero para los dioses… el tiempo es tan fugaz como la luz y tan largo como una simple hebra, pasaron incontables siglos sin problemas entre ellos, pero llegó un momento en que el tiempo comenzó a separarlos poco a poco. Son inmortales después de todo… no se les puede culpar por cansarse de permanecer junto a la misma persona durante una eternidad.
Aryanne frunció apenas el ceño, aquello sonaba extraño viniendo de los dioses.
—Pronto comenzaron a surgir diferencias entre ellos —siguió relatando—. Ambos tenían visiones distintas sobre el futuro de la humanidad: Aelion deseaba poder, un imperio eterno bajo su autoridad mientras que Aelira amaba demasiado a los humanos como para convertirlos únicamente en herramientas de conquista —La voz de la mujer se volvió más baja—. Y poco a poco… aquello comenzó a alejarlos.
Aryanne volvió a observar el rostro de Aelira tallado en la pared. La diosa seguía viéndose hermosa incluso en piedra.
—El amor cálido que alguna vez compartieron comenzó a enfriarse… y eso empezó a matar lentamente a Aelira.
El corazón de Aryanne se estremeció levemente.
—Aelion comenzó a distanciarse, algunos dicen que fue aburrimiento… otros aseguran que encontró consuelo en los brazos de otra diosa —su voz se volvió severa—. Ethea.
El nombre resonó suavemente dentro del santuario.
—No se sabe si realmente la amó o si lo fue deseo, pero Aelira lo vio —relato entristecida—. Vio cómo Aelion miraba a otra mujer… de la misma forma en que alguna vez la había mirado a ella.
Aryanne sintió un extraño nudo formarse en su pecho.
—Y entonces sintió algo que ningún ser debería experimentar —susurró la matriarca—. Ella es la diosa del amor, nadie puede amar más profundamente que Aelira… y por lo mismo, nadie puede sufrir más cuando ese amor se rompe.
El silencio dentro del santuario se volvió pesado.
—Dicen que fue como un veneno, que su corazón comenzó a congelarse a marchitarse lentamente —le revelo—. Que el dolor consumió tanto su divinidad que incluso la naturaleza comenzó a responder a su sufrimiento.
Aryanne tragó saliva sin darse cuenta, la Gran Matriarca bajó lentamente la mirada.
—Hasta que un día… Aelion la encontró en sus aposentos —murmuro—. Cubierta de enredaderas que brotaban desde su propio cuerpo saliendo de su boca como raíces vivas, su piel estaba fría, su cabello gris…Estaba agonizando por amor.
Aryanne abrió ligeramente los ojos.
—Estaba muriendo.
La luz rosada de los vitrales iluminó el mural mientras la matriarca continuaba.
—Para salvarla, Aelion hizo un juramento, uno que ni siquiera los dioses podían romper —concluyo—. Le prometió que jamás volvería a traicionarla, que le entregaría todo su amor… y nunca volvería a apartarlo de ella.
La mujer guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Pero la herida jamás desapareció.
Aryanne sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Se convirtió en una maldición.
La Gran Matriarca finalmente volvió la mirada hacia ella.
—Desde entonces… cada bendecida por Aelira carga con ella —le confeso—. Aman más profundamente que cualquier otra persona… y precisamente por eso, ese amor también puede destruirlas más rápido.
Aryanne permaneció observando el mural en silencio, sintiendo un extraño peso dentro del pecho. La historia de Aelira seguía resonando en su mente, demasiado dolorosa para tratarse de una diosa. Finalmente volvió lentamente la mirada hacia la Gran Matriarca.
—¿Esta maldición… también afectó a otras emperatrices antes que yo?
La mujer asintió despacio.
—Las primeras emperatrices morían jóvenes —respondió con solemnidad—. Durante años se dijo que sus cuerpos eran demasiado débiles y que por eso fallecían durante el parto, pero eso era una mentira creada para ocultar la verdad.
Aryanne sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda.
—Ellas amaban a sus esposos, a los emperadores —le revelo—. Y ellos… hacían lo que siempre han hecho los hombres con poder…tenían concubinas, otras mujeres, otros cuerpos.