El carruaje de la Casa Arvenis avanzó lentamente entre los enormes caminos de mármol blanco que conducían hacia el complejo imperial de Solaris. Aryanne observaba en silencio desde la ventanilla mientras las gigantescas estructuras doradas se alzaban frente a ella bajo la luz del amanecer. Incluso después de haber visitado el palacio anteriormente junto a sus padres, jamás dejaba de impresionarla la magnitud de aquel lugar. El palacio imperial parecía prácticamente su propia ciudad dentro de la capital. No existía únicamente un solo palacio, sino múltiples complejos imperiales separados entre sí. El más importante era el Palacio del Sol, residencia oficial del emperador y corazón político del imperio, donde se encontraba el Trono Solar y se llevaban a cabo las reuniones de la corte imperial. Después estaba el Palacio de la Luna, residencia de la emperatriz, desde donde se administraba todo el palacio interno junto al harem imperial.
El lugar donde Aryanne se encontraba era el Palacio de las Estrellas, residencia exclusiva de los hijos legítimos del emperador y la emperatriz. Sus enormes torres blancas decoradas con oro parecían tocar el cielo mientras largas banderas azul oscuro ondeaban elegantemente desde los balcones superiores. Más lejos, separado del complejo principal, se encontraba el Palacio de Diamante, donde habitaban los demás príncipes nacidos de las concubinas imperiales. Seguramente Corio vivía ahí, aunque sinceramente aquello no le preocupaba demasiado, dudaba siquiera encontrárselo. Finalmente estaba el Palacio de las Peonías, residencia de todas las concubinas imperiales. Y eso solo eran los palacios. Sin contar también los enormes jardines imperiales, salones de baile, invernaderos, bibliotecas, patios internos, lagos artificiales y pabellones ceremoniales repartidos por todo el complejo. Era demasiado grande. Demasiado fácil perderse. Y peor aún… demasiadas reglas.
Muy pocas zonas del complejo imperial estaban habilitadas para invitados externos. En el caso de Aryanne, únicamente tenía permitido acceder al Palacio de las Estrellas. Si se atrevía siquiera a entrar al Palacio de la Luna o al Palacio de Diamante sin autorización imperial, recibiría un castigo severo. Su madre, en cambio, sí poseía permiso para ingresar tanto al Palacio de la Luna como al de las Estrellas gracias a su cercanía con la emperatriz. Todo aquello comenzaba a resultarle absurdamente confuso. Aryanne suspiró agotada mientras masajeaba discretamente una de sus sienes. Incluso intentar memorizar la estructura completa del complejo imperial comenzaba a provocarle dolor de cabeza. A su lado, Coralie notó inmediatamente su expresión y le sonrió con suavidad.
—Mi lady, esta solo es una clase más —la calmo—. No se deje intimidar por el exterior.
Aryanne levantó ligeramente la mirada hacia ella justo cuando el carruaje finalmente se detenía frente a las enormes escalinatas del Palacio de las Estrellas. Las puertas se abrieron poco después y Coralie descendió primero antes de ayudar cuidadosamente a Aryanne a bajar. Detrás de ellas apareció Madame Godelieve Bremont, quien inmediatamente comenzó a acomodar pequeños detalles del vestido de Aryanne mientras revisaba cuidadosamente su peinado.
—Debe de estar impecable para cuando conozca a Su Alteza Imperial, la princesa Sherline.
Aryanne permaneció quieta mientras la institutriz acomodaba cuidadosamente una de las cintas de su cabello.
—Debe cuidar perfectamente sus modales frente a Su Alteza —le advirtió—. Y no importa que se conviertan en compañeras de estudio… jamás puede tratarla como una igual.
Aryanne asintió lentamente.
—Sí, Madame Bremont.
La mujer observó unos segundos más su apariencia antes de finalmente dar un pequeño paso atrás satisfecha. pesar de que Aryanne intentaba mantenerse tranquila y madura, realmente comenzaba a sentirse todo lo contrario. Todo era demasiado gigantesco, demasiado majestuoso, al punto de hacerla sentir increíblemente pequeña en comparación. Las enormes columnas blancas decoradas en oro parecían elevarse hasta el cielo mientras interminables pasillos atravesaban el Palacio de las Estrellas como si se tratara de un pequeño reino dentro de otro. Los sirvientes imperiales que pasaban cerca de ellas se inclinaban inmediatamente apenas la reconocían. Algunos apenas levantaban la mirada hacia ella antes de bajar nuevamente la cabeza con absoluto respeto, comprendiendo perfectamente cuál sería su futuro papel dentro de aquel lugar…la futura emperatriz. Aquello hizo que Aryanne sintiera su pecho agitarse ligeramente. Mientras más avanzaban por el interior del palacio, más consciente se volvía del peso que cargaba sobre sus hombros. Cada mirada, cada reverencia y cada saludo parecían recordarle silenciosamente el futuro que le esperaba dentro de esas paredes.
Por un momento sintió deseos de detenerse, entonces una mano cálida se apoyó suavemente sobre su hombro. Aryanne levantó ligeramente la mirada encontrándose con la tranquila sonrisa de Coralie. La mujer no dijo absolutamente nada, pero aun así Aryanne sintió como si intentara decirle silenciosamente que todo estaría bien. Y extrañamente… funcionó, Aryanne tomó una pequeña bocanada de aire antes de obligarse a recuperar la compostura. Enderezó nuevamente la espalda y continuó avanzando sin permitir que el nerviosismo la hiciera temblar. Finalmente llegaron frente a unas enormes puertas doradas decoradas con estrellas y constelaciones grabadas cuidadosamente sobre el metal. A ambos lados permanecían varios guardianes imperiales vestidos con armaduras blancas y azul oscuro, custodiando la entrada las veinticuatro horas del día. Los guardias apenas observaron al pequeño grupo acercarse, no necesitaron preguntar identidades, ni siquiera lo dudaron. Las enormes puertas comenzaron a abrirse lentamente frente a ellas. Y fue así como Aryanne Arvenis finalmente entró al Palacio de las Estrellas.