La Hacedora del Sol

Capitulo 7: Flores de Primavera

Apenas la vio entrar al gran salón de la mansión Arvenis, Aryanne no pudo evitar quedarse observándola fijamente durante varios segundos. Había algo extraño en ella… algo que jamás había visto antes en otra persona. Parecía una rosa convertida en humana. Su cabello era de un delicado tono rosa claro que brillaba suavemente bajo la luz del amanecer, cayendo en suaves ondas sobre sus hombros y espalda. Parte de aquel cabello estaba recogido cuidadosamente en un elegante peinado trenzado adornado con pequeños listones blancos y diminutas flores naturales entrelazadas entre los mechones. Aryanne incluso alcanzó a notar pequeños pétalos rosados atrapados entre su cabello como si hubiera atravesado directamente un jardín antes de llegar ahí. Sus ojos celestes eran brillantes y claros, exactamente del mismo color que el cielo despejado de primavera. Había una calidez difícil de ignorar dentro de ellos, acompañada por una expresión tan abierta y sincera que resultaba imposible considerarla amenazante. Su piel era blanca como porcelana delicadamente iluminada por la luz que atravesaba los enormes ventanales del salón. Su rostro tenía una forma ovalada acompañada por facciones suaves y refinadas que le daban una belleza inusual para alguien tan joven. Sus mejillas ligeramente redondeadas le otorgaban una apariencia cálida y juvenil mientras su pequeña nariz fina y sus labios rosados naturalmente suaves completaban aquella imagen casi irreal.

Pero lo que más llamó la atención de Aryanne fue su sonrisa, era una sonrisa genuina, cálida y luminosa, como si realmente estuviera feliz de encontrarse ahí. Aryanne observó entonces su vestimenta intentando entender quién era exactamente aquella niña. Su ropa claramente era costosa, demasiado refinada para pertenecer a una plebeya común, pero tampoco vestía como las hijas de la alta nobleza imperial. Llevaba un elegante vestido de tonos blanco marfil y rosa suave decorado con delicados bordados florales alrededor de las mangas y el corsé. La tela ligera caía elegantemente alrededor de su figura mientras pequeños detalles dorados adornaban discretamente los bordes del vestido sin llegar a ser excesivos. Todo en ella transmitía refinamiento… pero de una forma mucho más cálida y natural que la elegancia fría de la nobleza imperial. Aryanne apenas abrió ligeramente los labios dispuesta a preguntar quién era cuando la niña habló primero.

—Saludo a Lady Aryanne Arvenis —se presentó—. Me presento ante usted como la hija del Barón Pavielle, Mi nombre es Belle Pavielle, es un honor que mi casa pueda servirle.

Al mismo tiempo realizó una elegante reverencia frente a ella, antes de que Aryanne pudiera responder, Coralie apareció a su lado sonriendo suavemente.

—Lady Pavielle será a partir de ahora su dama de compañía, mi lady —le anunció—. Su madre la duquesa hizo los arreglos para traer a lady Belle desde la provincia de Zervalis.

La Casa Pavielle es una de las Casas Menores que sirven directamente a la Gran Casa Noble de Zervaine, era una de las tantas casas que le es fiel a su familia. Como muchas otras familias menores dentro del imperio, su linaje existe bajo la protección y autoridad de una casa de mayor rango, jurándoles lealtad absoluta a cambio de tierras, títulos y el derecho de gobernar en su nombre. Prácticamente, las Casas Menores funcionan como extensiones de las Grandes Casas Nobles. Se les concede ciudades o territorios dentro de las provincias gobernadas por los altos nobles para que administraran esas tierras mientras servían fielmente a sus señores. Y dentro de Zervalis, los Pavielle eran una de las familias más reconocidas entre todas aquellas casas subordinadas. Los Pavielle gobiernan la ciudad de Parvelles, ubicada al sur de la provincia de Zervalis. La mayoría de las ciudades dentro del imperio solían recibir nombres derivados de la familia noble que las administraba, por lo que aquello no resultaba extraño para Aryanne. Parvelles es famosa en todo Wisteria por sus perfumes y aceites aromáticos, considerados algunos de los mejores y más exclusivos del imperio. Incluso su propia madre mandaba traer constantemente las nuevas colecciones creadas por la Casa Pavielle, ese era el verdadero orgullo de la ciudad.

Aunque también destacan en inciensos ceremoniales, aceites aromáticos, jardines florales exclusivos y recientemente por la creación de cosméticos dirigidos especialmente a la nobleza imperial, aunque todavía no alcanzaban el mismo prestigio que sus perfumes. Las tierras de Parvelles eran conocidas por sus enormes campos florales que se extendían prácticamente hasta el horizonte. La mayoría de las personas que viven ahí trabajaban cultivando, recolectando o procesando flores ya sean normales o exóticas utilizadas para la elaboración de perfumes y aceites refinados. Gracias a la fertilidad única de aquellas tierras, podían hacer crecer variedades florales imposibles de encontrar en otras regiones del imperio, especialmente durante primavera, cuando los campos alcanzaban su máximo esplendor.

Pero entre todas las flores de Parvelles, existía una que sobresalía por encima del resto, La Rosa Lunar de Pavielle, una flor exclusiva que únicamente podía crecer en aquellas tierras. Sus pétalos plateados florecían únicamente durante la noche bajo la luz de la luna, desprendiendo un aroma suave y delicado considerado prácticamente invaluable dentro de la nobleza imperial. El perfume elaborado a partir de esa flor era el producto más famoso de toda la Casa Pavielle, utilizado además como base para muchas de sus demás fragancias. Era extremadamente costoso, tan exclusivo que muy pocos nobles dentro del imperio podían permitirse usarlo diariamente. Y ahora que Aryanne estaba más cerca de Belle pudo reconocer inmediatamente aquel aroma floral rodeándola suavemente, estaba segura de que ni la propia Belle conocía tal valor de lo que usaba, con solo usar ese perfume, podías asegurar su estatus en la sociedad. Aunque muchas familias nobles podrían llegar a despreciar a la Casa Pavielle llamándolos campesinos, realmente poseían una gran fuente de riquezas, que podía competir hasta con las altas casas nobles.




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