La Hacedora del Sol

Capitulo 9: Aprendiendo a florecer

—¡Aprende a pararte bien! —regañó Madame Bremont mientras el sonido seco de la varilla golpeaba con fuerza los tobillos de Belle.

Aryanne observó en silencio a la niña frente a ella. Belle temblaba ligeramente, aferrándose con fuerza a las telas de su vestido mientras mantenía los labios apretados y los ojos cerrados, intentando contener las lágrimas que amenazaban con salir. Sus hombros se tensaban cada vez que Madame Bremont caminaba a su alrededor como una depredadora evaluando a una presa defectuosa. Aryanne soltó un pequeño suspiro cansado. Durante el último mes ambas habían estudiado juntas casi todos los días, pero Belle seguía teniendo enormes dificultades para adaptarse a la vida dentro de la capital. Cometía una y otra vez exactamente los mismos errores. Su postura era incorrecta, hablaba con demasiada familiaridad con cualquiera, caminaba con una naturalidad casi salvaje y constantemente olvidaba que debía mantenerse cuatro pasos detrás de ella. Incluso al tomar el té sostenía mal la taza, confundía los cubiertos y olvidaba las reverencias en los peores momentos posibles. Sabía que seguramente en Parvelles aquello no importaba demasiado, Belle había crecido entre campos de flores y trabajadores, no entre nobles de la corte imperial. Pero la capital no era un lugar amable, allí un solo error podía convertirse en motivo de humillación durante años. Aun así, Aryanne tampoco soportaba verla de esa manera, cada vez que Madame Bremont levantaba aquella varilla sentía una extraña irritación creciendo dentro de su pecho. Belle parecía un cachorro asustado intentando entender un mundo demasiado grande para ella, Madame Bremont volvió a levantar la mano con evidente impaciencia.

—Lady Belle, ¿acaso es incapaz siquiera de mantener la espalda recta…?

Antes de que el golpe descendiera nuevamente, Aryanne habló con calma.

—Madame Bremont, por favor no sea tan severa con lady Belle.

La institutriz se detuvo de inmediato, Belle abrió ligeramente los ojos, sorprendida, Aryanne dejó la taza de té sobre la mesa antes de continuar con serenidad:

—No deseo una dama perfecta, solo quiero una dama competente —le pidió—. Así que, por favor, deje de golpearla, odio escucharla gimotear.

Madame Bremont frunció apenas el ceño.

—Pero lady Aryanne, si continúa permitiéndole estos errores —le advirtió—. Será ridiculizada en la corte imperial.

—Lo sé —respondió Aryanne con tranquilidad—. Por eso le estoy pidiendo que le enseñe únicamente lo básico, o suficiente para que pueda distinguir un tenedor de ensalada de uno de pescado y no provoque un desastre delante de la familia imperial.

Belle bajó la mirada avergonzada mientras se frotaba discretamente los tobillos adoloridos. Madame Bremont permaneció en silencio unos segundos antes de inclinar ligeramente la cabeza.

—Como ordene, lady Aryanne.

Aryanne asintió satisfecha, pero al desviar la mirada hacia Belle notó cómo está todavía seguía conteniendo las lágrimas con obstinación. Realmente era demasiado mala ocultando sus emociones. Después de las lecciones de modales para Belle, la rutina habitual de Aryanne continuó como siempre. El resto del día estuvo ocupado por las interminables clases organizadas cuidadosamente por sus tutores. Baile, música, política, matemáticas, lingüística, historia imperial y etiqueta llenaban prácticamente cada hora de su día. Incluso las clases artísticas parecían agotadoras; pintura, bordado, piano y violín, formaban parte de la educación que se esperaba de una futura emperatriz. Sus maestros habían permitido que Belle también asistiera junto a ella con la intención de convertirla poco a poco en una dama capaz de acompañarla apropiadamente en el futuro. Sin embargo, Aryanne comenzaba a notar algo preocupante cada vez que desviaba la mirada hacia ella durante las lecciones, frustración.

Belle observaba los libros abiertos frente a ella como si estuvieran escritos en otro idioma. Sus ojos celestes recorrían las páginas intentando comprender conceptos que parecían demasiado complejos para ella. A veces fruncía el ceño con fuerza, otras mordía nerviosamente el extremo de la pluma mientras intentaba seguir el ritmo de las explicaciones, pero terminaba perdiéndose nuevamente entre las palabras. Aryanne conocía perfectamente aquella sensación, ella también había pasado por eso. Recordaba las interminables noches estudiando sola frente a montañas de libros, intentando comprender cosas que parecían imposibles para una niña de su edad. Recordaba haber llorado incontables veces sobre sus apuntes deseando que todo fuera más sencillo. Muchas veces terminaba frustrándose consigo misma por no poder entender algo que sus maestros consideraban básico. Pero al final aprendió a fuerza de presión, de regaños y de noches enteras sin dormir terminó acostumbrándose. Belle era completamente diferente, bastaba con que alguno de los maestros le llamara ligeramente la atención para que comenzara a tensarse. Si elevaban apenas la voz, Belle parecía encogerse sobre sí misma como si estuviera esperando ser castigada. Y cuando Madame Bremont la reprendía directamente, sus ojos se llenaban de lágrimas casi al instante. Aryanne ya había comprendido que seguir el ritmo de su vida no era sencillo, desde pequeña había sido criada para convertirse en alguien perfecta. No existían verdaderos descansos dentro de su rutina; incluso los días tranquilos seguían estando llenos de obligaciones y expectativas.

Los únicos momentos en los que Belle parecía respirar con tranquilidad eran los días en que Aryanne acudía al palacio imperial para continuar sus clases junto a la princesa Sherline. Debido a la falta de experiencia y refinamiento de Belle, Madame Bremont había prohibido estrictamente que la acompañara al palacio, decisión con la que incluso Aryanne estuvo de acuerdo. Belle podía desenvolverse libremente dentro del templo porque a la Gran Matriarca Maelia jamás parecían importarle demasiado los modales. Allí podía hablar con naturalidad, moverse libremente y seguir siendo ella misma. Pero el palacio imperial era completamente distinto, un solo error delante de la emperatriz podía destruir una vida entera. Una reverencia mal hecha, una palabra fuera de lugar o una reacción incorrecta podían convertirse fácilmente en motivo de expulsión social. Y Belle apenas tenía diez años, pensar en verla rechazada por la corte imperial provocaba una extraña presión dentro del pecho de Aryanne. Porque mientras observaba a Belle luchar torpemente por seguir el ritmo de sus estudios, comenzó a comprender algo que realmente no quería admitir. Si Belle no lograba adaptarse a su mundo… tendrían que enviarla de regreso a Parvelles. Y en el fondo, Aryanne realmente esperaba que eso nunca ocurriera. Parecía que Aryanne no era la única que comenzaba a pensar de aquella manera, porque una mañana, al terminar sus clases de etiqueta, Madame Bremont anunció algo que sorprendió tanto a Belle como a ella.




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