Aryanne y Belle emergieron finalmente del pasadizo secreto oculto tras la mansión Arvenis. Al salir al exterior, ambas no pudieron evitar voltear hacia atrás con una enorme sensación de satisfacción al comprobar que realmente habían logrado escapar sin ser descubiertas. La gigantesca residencia permanecía iluminada a la distancia, completamente ajena a la ausencia de sus dos fugitivas. Ningún guardia había dado la alarma, ningún sirviente corría buscándolas y lo mejor era que Coralie no se había dado cuenta de su ausencia. Por primera vez en sus vidas se encontraban fuera de aquellos muros sin la supervisión de un adulto. Y justo frente a ellas se extendía una multitud interminable de personas avanzando en dirección al festival. Aryanne observó de reojo a Belle y notó inmediatamente que estaba temblando. No podía culparla, después de todo, ninguna de las dos había salido jamás sola a las calles de la capital. Incluso ella debía admitir que también sentía miedo, su corazón latía con fuerza y una pequeña voz en su cabeza le repetía que todavía estaban a tiempo de regresar antes de que alguien descubriera lo que habían hecho. Pero no podía permitirse retroceder ahora, habían llegado demasiado lejos para dejarse vencer por el miedo, con firmeza tomó la mano de Belle entre las suyas.
—No te separes de mi lado.
Belle levantó la mirada hacia ella y asintió con determinación.
—No lo haré, Arya.
Tomadas de la mano, ambas se incorporaron al flujo de personas que avanzaba hacia el corazón de la ciudad. Prácticamente de inmediato fueron absorbidas por aquella marea humana, Aryanne apenas podía ver más allá de las espaldas de los adultos que las rodeaban. Hombres y mujeres mucho más altos que ellas avanzaban por las calles iluminadas, empujándolas involuntariamente hacia adelante sin permitirles observar dónde se encontraban ni hacia dónde iban exactamente. Era como ser arrastradas por un río, por un instante Aryanne sintió cómo la mano de Belle se deslizaba entre sus dedos. Su corazón dio un vuelco, no podía permitirse perderla, pero reaccionó rápidamente y volvió a aferrarse a ella con fuerza antes de que pudieran separarse.
—¡Belle!
—¡Sigo aquí!
Aquella simple respuesta fue suficiente para tranquilizarla un poco, sin embargo, la multitud seguía presionándolas desde todos los lados. Apenas podían respirar. Apenas podían moverse por voluntad propia, Aryanne comenzaba a sentir que el aire se volvía cada vez más pesado mientras avanzaban atrapadas entre cientos de desconocidos. Quizá realmente había sido una mala idea, quizá debieron quedarse en la mansión. Cuando finalmente la presión desapareció y las personas dejaron de empujarlas desde todas las direcciones, Aryanne sintió que podía volver a respirar. El espacio se abrió frente a ellas y, por primera vez desde que habían sido absorbidas por aquella marea humana, pudo levantar completamente la vista. Quedándose completamente inmóviles, aquello no se parecía a nada que hubiera visto antes. Una cosa era recorrer ocasionalmente la capital dentro de un carruaje durante el día, protegida tras ventanas de cristal y escoltas. Otra muy distinta era encontrarse de pie en medio de aquella majestuosidad durante la noche. Lentamente giró el rostro hacia Belle, su amiga tenía exactamente la misma expresión, sus ojos celestes brillaban iluminados por miles de reflejos dorados mientras contemplaba el espectáculo con la boca ligeramente abierta, incapaz de encontrar palabras para describir lo que tenía delante. Aryanne volvió a mirar al frente. La Plaza Principal de la Capital Imperial parecía haberse transformado en otro mundo.
Miles de faroles dorados flotaban suspendidos sobre sus cabezas como si las estrellas hubieran descendido del cielo para acompañar a los habitantes de Wisteria durante aquella noche. Algunos permanecían colgados sobre largos hilos de luz que cruzaban la plaza de un edificio a otro, mientras otros ascendían lentamente hacia el firmamento oscuro hasta confundirse con las verdaderas estrellas. Desde abajo, parecía que el cielo entero estaba cubierto por diminutos soles dorados. En el centro de la plaza se alzaba una gigantesca estatua de Aelion bañada por la luz de cientos de velas. El dios se extendía una mano hacia el cielo sosteniendo una esfera luminosa que irradiaba destellos dorados sobre toda la explanada. A sus pies se encontraba una enorme fuente circular rodeada de flores brillantes cuyos pétalos emitían suaves resplandores violetas, blancos y dorados. El reflejo de las luces sobre el agua convertía la fuente en un espejo líquido donde parecía bailar la propia noche. Los edificios que rodeaban la plaza también habían sido transformados para la ocasión. Balcones, columnas y ventanas estaban cubiertos por interminables guirnaldas de luces, cintas púrpuras y doradas, flores colgantes y pequeños faroles cristalinos que oscilaban suavemente con la brisa nocturna. Grandes arcos luminosos atravesaban las calles principales formando túneles de luz por donde caminaban cientos de personas.
La música llegaba desde todas partes al mismo tiempo. Violines, flautas, arpas y tambores se mezclaban creando una melodía alegre que parecía envolver toda la ciudad. En una esquina varios músicos tocaban sobre una plataforma decorada con flores mientras parejas improvisaban pequeños bailes alrededor. Más allá, un grupo de artistas callejeros realizaba espectáculos rodeados por multitudes fascinadas. Algunos lanzaban fuego por la boca creando enormes llamaradas anaranjadas que iluminaban los rostros de los espectadores. Otros hacían aparecer luces flotantes entre sus manos utilizando pequeños trucos arcanos que provocaban aplausos y exclamaciones de admiración. Había puestos de comida por todas partes. Carpas decoradas con telas púrpuras y doradas exhibían montañas de dulces, frutas caramelizadas, panes de miel, pasteles, bebidas frías y tés aromáticos cuyos olores se mezclaban en el aire. Comerciantes anunciaban sus productos mientras los clientes iban de un lado a otro cargando platos repletos de comida. Niños corrían entre la multitud sosteniendo pequeños faroles con forma de estrellas, flores y animales. Sus risas resonaban constantemente mientras perseguían las luces artificiales que revoloteaban alrededor de la plaza como luciérnagas encantadas.