La Hacedora del Sol

Capitulo 16: Encuentro bajo la luz de la luna

Aryanne lo observó fijamente sin poder creer que quien estaba delante de ella, cubriendo su boca con una mano para mantenerla en silencio, fuera Corio. Habían pasado dos años desde su último encuentro bajo aquel cerezo, pero seguía teniendo el mismo rostro y los mismos ojos que recordaba. Bueno... casi los mismos. Ahora aquellos característicos ojos dorados de los Helionis se habían transformado en un azul claro que jamás había visto en él. La capucha oscura ocultaba la mayor parte de su cabello blanco, aunque algunos mechones escapaban rebeldemente sobre su frente. ¿Qué hacía el segundo príncipe imperial en un lugar como aquel? ¿También se había escapado para disfrutar del Festival de las Mil Luces? ¿O estaba tramando algo más? Por alguna razón, Aryanne no fue capaz de formular ninguna de aquellas preguntas. Se encontró simplemente observándolo fijamente mientras escuchaba las voces que resonaban cerca del callejón. Sentía la cercanía de su cuerpo y el calor de su mano contra su rostro mientras ambos permanecían inmóviles entre las sombras.

—Juraría que vi esos ojos rosas.

—Pasaron por aquí.

—Busquen mejor.

Los pasos continuaron recorriendo las calles durante varios minutos antes de finalmente alejarse. Solo cuando estuvo completamente seguro de que el peligro había pasado, Corio retiró lentamente la mano de su boca. Aryanne sabía que probablemente debería agradecerle, pero no sentía ninguna intención de hacerlo, apartándose bruscamente de él.

—¿Cómo te atreves a sujetarme de esa manera? —le reclamo—.

Su mirada recorrió el callejón hasta encontrar a Belle, que se encontraba detrás de ellos retenida por otro muchacho. Parecía apenas unos años mayor que Corio y seguramente era su escolta personal. La oscuridad del callejón y la capa que vestía impedían distinguir bien sus rasgos.

—Y más importante aún, ¿dónde está Belle?

—Justo ahí —respondió Corio con total tranquilidad—. De nada, por cierto.

Aryanne frunció el ceño.

—¿De nada? —ironizo—.

—Sí, acabo de salvar tu reputación —dijo evidente—. Si no fuera por mí, ahora mismo media capital estaría siguiéndote.

—Mi lady... él tiene razón —murmuró Belle.

Aryanne la fulminó con la mirada, e inmediatamente Belle cerró inmediatamente la boca, aquello solo provocó que Corio se echara a reír.

—¿Ves? —le demostró—. Al menos tu dama es más sensata que usted.

—¿Y cómo se atreve a decir eso cuando usted también se encuentra aquí? —le reprocho—.

—La diferencia es que a mí no me han descubierto —respondió sonriente—.

Aryanne sonrió peligrosamente.

—Todavía pueden hacerlo, Su Alteza —le recordó amenazante—.

Los ojos de Belle se abrieron desmesuradamente.

—¿SU ALTEZA...? —exclamo con pánico—.

Antes de que pudiera continuar, el escolta cubrió rápidamente su boca evitando que los delatara, Corio soltó una carcajada. Mientras tanto, Aryanne cruzó los brazos.

—Parece que ambos estamos en el mismo barco —le advirtió—. Me pregunto qué dirá Su Majestad la emperatriz cuando descubra que su querido hijo escapó del palacio.

—Mucho mejor —respondió Corio sin parecer preocupado—. Yo quiero ver la expresión de la emperatriz cuando descubra que su protegida favorita abandonó la mansión sin escoltas para mezclarse entre plebeyos.

Sus ojos azules brillaron divertidos.

—Dígame, lady Arvenis —le amenazo—. ¿A cuál de los dos crees que le irá peor?

Ella lo observó amenazante.

—Parece que nos tenemos mutuamente entre la espada y la pared.

—Exactamente.

Pero entonces Belle levantó una mano.

—Yo tengo una pregunta.

Ambos se volvieron hacia ella.

—Si Su Alteza es un Helionis... ¿por qué tiene los ojos azules?

Aryanne parpadeó confundida, había estado tan ocupada discutiendo con él que ni siquiera se había detenido a reclamarle por aquel detalle. Volvió a observar detenidamente sus ojos y entonces comprendió que Belle tenía razón: aquellos no eran los ojos de un Helionis.

—¿Qué les hizo? —le reclamo—.

—No es asunto tuyo —respondió con desdén, desviando su mirada—.

—¿Cómo oso a cambiar su color? —replico incrédula—.

—Tampoco es asunto tuyo —contestó tajante—.

—¡Su alteza imperial! —exclamo con firmeza—.

—Lady Arvenis —menciono calmado—.

—Respóndame —le exigió—.

—Vuelva a su mansión —le recomendó Corio, quien comenzó a caminar hacia la salida del callejón—. Antes de que alguien note tus ojos.

Pero Aryanne se plantó frente a él bloqueándole el paso.

—No.

—¿No?

—No me arriesgué a perder mi reputación para regresar sin nada —negó con firmeza—. Vine a ver el festival y lo voy a ver.




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