Al abordar el carruaje, este se puso en marcha casi de inmediato, Belle observó por la ventanilla trasera cómo el Palacio del Sol comenzaba a alejarse poco a poco. Sus innumerables luces seguían brillando en la distancia como si una constelación hubiera descendido a la tierra para adornar la capital imperial. Durante unos instantes permaneció contemplando aquel espectáculo, preguntándose cuándo tendría la oportunidad de volver a visitar un lugar tan magnífico. Solo podía desear que el resto de la velada concluyera de la misma forma en que había comenzado: envuelta en un absoluto resplandor. Finalmente se acomodó nuevamente en su asiento, el interior del carruaje estaba sumido en una agradable quietud. Lo único que rompía el silencio era el suave traqueteo de las ruedas sobre los caminos de piedra y el ritmo constante de su propio corazón. Belle volvió la mirada hacia la ventanilla lateral para contemplar la luna menguante suspendida en lo más alto del cielo nocturno. Su luz plateada iluminaba tenuemente los caminos imperiales, las copas de los árboles y los tejados de las mansiones nobles que iban dejando atrás. No pudo evitar preguntarse si Nate ya estaría esperándola.
Solo pensar en volver a verlo provocaba que su corazón se agitara de felicidad, deseaba compartir aquel momento con él, nada más, no necesitaba grandes promesas ni sueños imposibles. Solo quería disfrutar de aquellas pequeñas horas robadas al mundo, del tiempo que podían pasar juntos mientras aún les era permitido. Aquel encuentro era su único deseo egoísta y no se atrevía a pedir más porque Belle comprendía perfectamente cuál era su lugar, no tomaría más de lo que le correspondía. Amaría cada instante que pudiera pasar a su lado y atesoraría cada recuerdo que construyeran juntos. Cuando llegara el día en que sus deberes los separaran, aceptaría ese destino con la misma dignidad con la que había aceptado tantas otras cosas en su vida. No permitiría que el futuro arruinara su presente, disfrutaría de lo que tenía mientras todavía podía sostenerlo entre sus manos y cuando todo terminara, conservaría aquellos recuerdos como el tesoro más valioso de su corazón. Porque sabía la verdad, Nathaniel Arvenis nunca podría pertenecerle realmente, jamás sería suyo y precisamente por eso lo amaría con todas sus fuerzas mientras aún le fuera posible hacerlo. Hasta el día en que el destino decidiera arrebatárselo y aun entonces, incluso si los separaban, incluso si los obligaban a caminar por caminos distintos, su corazón seguiría perteneciéndole únicamente a él.
Al llegar a la mansión, Belle se despidió rápidamente del cochero, ni siquiera esperó a que este descendiera para ayudarla. Bajó del carruaje de un pequeño salto y echó a correr en dirección a los jardines donde Nate debía estar esperándola. Antes de avanzar más, lanzó una rápida mirada hacia la residencia, todas las ventanas permanecían oscuras, no había ni una sola luz encendida, comprobando que todos se encontraban durmiendo. Aquellas horas de la noche, la familia Arvenis y la servidumbre seguramente ya descansaban, aquello le otorgó la tranquilidad suficiente para continuar con mayor seguridad, sabiendo que las posibilidades de ser descubiertos eran mínimas. En el centro del jardín se alzaba un gigantesco árbol de magnolias blancas cuya inmensa copa parecía extenderse hacia el cielo nocturno como una nube formada por miles de flores. Aquel árbol ocupaba un lugar especial dentro de su corazón, pues allí había comenzado todo para ellos dos. Fue bajo aquellas ramas donde se produjo su primer encuentro el día que llegó a la mansión Arvenis. Incluso ahora seguía recordando perfectamente cómo había tropezado con él y terminado entre sus brazos de la manera más inesperada posible. A veces pensaba que solo podía haber sido obra del destino, así que, por esa razón, si el destino decidió quitárselo, así como también se lo entrego, no pelearía.
Las flores blancas resplandecían suavemente bajo la luz plateada de la luna menguante, dispersas entre las ramas como pequeñas estrellas atrapadas en la copa del árbol. La cálida brisa de verano recorría el jardín con suavidad, haciendo estremecer las hojas y provocando que algunos pétalos descendieran lentamente hasta el suelo, donde se acumulaban sobre los senderos de piedra clara como una delicada alfombra de marfil. Alrededor del tronco crecían pequeños jardines circulares repletos de flores blancas y rosadas que parecían dormir bajo el manto de la noche, iluminadas ocasionalmente por la luz lunar que se filtraba entre los espacios de las ramas. El aire estaba impregnado por el dulce perfume de las magnolias, mezclado con el aroma fresco de la hierba nocturna y el tenue olor de la tierra que aún conservaba el calor acumulado durante el largo día de verano. A lo lejos se escuchaba el canto constante de los grillos y el suave susurro del viento entre los árboles, envolviendo el jardín en una atmósfera tranquila y casi mágica. Bajo aquel árbol se encontraba Nate esperándola, al verla aparecer entre los senderos iluminados por la luna, una sonrisa cálida apareció de inmediato en sus labios. Bajo la luz plateada de la noche parecía aún más apuesto de lo que lo recordaba, resaltaban sus facciones, suavizaban sus rasgos y hacían brillar sus ojos grises con una intensidad que consiguió conmover profundamente a Belle.
—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó con una mezcla de diversión y alivio.
Belle lo observo por unos segundos que se sintieron como una eternidad recordando como había empezado su historia de amor. Los dos llevaban tiempo sintiendo cosas por el otro, después de que se Belle lo había besado cuando tenía doce años, las cosas entre ellos comenzaron a florecer, Nate se ofrecía de manera voluntaria a enseñarle sobre las lecciones que no entendía Belle, que normalmente eran casi todas, para que pudiera ponerse al corriente con Aryanne, Goldie estuvo encantada ante la idea en que Belle tuviera un tutor, todavía recordaba el momento cuando Goldie se lo anuncio, tanto esfuerzo había puesto desde aquel día para evitarlo y ahora iba a ser inevitable. Así que, por las tardes en la biblioteca, Nate la ayudaba con sus lecciones. Al principio solo había incomodidad puesto que ninguno había hablado sobre ese día, pero poco a poco volvieron a tener la misma confianza, y pronto surgió algo entre ellos dos, pero nunca se atrevieron a formalizarlo hasta ahora.