Aryanne observó cómo los sirvientes subían cuidadosamente las últimas maletas al carruaje. El carruaje esperaba frente a las imponentes puertas de la Mansión Arvenis, adornado con el escudo dorado de la casa que brillaba bajo la luz de la mañana. La estructura estaba construida en madera oscura lacada, tan pulida que reflejaba la luz del sol como una superficie de obsidiana. Delicados adornos dorados recorrían cada borde y esquina del carruaje formando intrincados patrones de hojas, enredaderas y filigranas que demostraban la inmensa riqueza de la Casa Arvenis. Las ventanas estaban protegidas por gruesos marcos dorados y cubiertas en su interior por elegantes cortinas color marfil, confeccionadas con telas tan finas que parecían seda líquida. Sobre el techo arqueado se alzaba una corona ornamental de metal dorado que identificaba de inmediato el estatus de sus ocupantes. Sin embargo, lo más llamativo era el escudo que adornaba ambas puertas. Sobre un fondo azul oscuro se alzaba el emblema de la Casa Arvenis: una gran letra "A" dorada encerrada dentro de un escudo nobiliario, rodeada por ramas de laurel y coronada por una corona imperial. Bajo el símbolo podía leerse el apellido de la familia grabado en una placa dorada, era un recordatorio silencioso del poder que los Arvenis poseían dentro del Imperio. Dos imponentes caballos negros aguardaban enganchados al carruaje, sus arneses de cuero oscuro estaban decorados con remaches dorados y pequeñas insignias familiares. Permanecían inmóviles, entrenados para ignorar el bullicio que los rodeaba, mientras el cochero, vestido con el uniforme negro y dorado de la casa, sostenía las riendas con disciplina militar.
Su madre permanecía cerca de la escalinata principal en compañía de los gemelos, intentaba mantener la compostura propia de una dama de su posición, aunque Aryanne conocía demasiado bien a su madre para no notar la preocupación oculta en su mirada. Los gemelos, por el contrario, parecían mucho más interesados en inspeccionar los caballos que en despedirse de ella. Coralie se encontraba dando indicaciones a las doncellas para empacar sus maletas. Sus uniformes estaban confeccionados en un impecable negro obsidiana, los vestidos poseía un cuello alto de inspiración aristocrática adornado con finos bordados dorados que ascendían hasta la garganta. Una hilera de pequeños botones metálicos recorría el corpiño ajustado, resaltando la elegante silueta de cada doncella. Los hombros estaban decorados con pequeños volantes color marfil que contrastaban armoniosamente con la oscuridad del uniforme, sobre los puños podían apreciarse elaborados bordados de telaraña. Cubriendo la parte frontal del vestido descansaba un impecable delantal blanco adornado con hilos dorados tejidos a mano. En su centro en la parte inferior se encontraba bordada una pequeña araña dorada, emblema de la familia, mientras que los bordes inferiores mostraban intrincados patrones florales. A la altura de la espalda, un gran lazo color marfil caía elegantemente sobre la falda oscura, aportando un toque refinado que suavizaba la severidad del negro. El borde de la falda estaba decorado con delicados arabescos dorados que parecían dibujar una red de seda alrededor del dobladillo. Sus cabellos permanecían recogidos en impecables moños o trenzas elegantes, adornados con discretas diademas negras y doradas, ningún mechón escapaba de su lugar.
El cochero se encontraba esperándolas en el asiento del conductor en el carruaje, vestía una elegante levita larga que descendía hasta las rodillas, adornada con finos ribetes dorados que recorrían los bordes de la prenda como delicados hilos de oro. La doble hilera de botones dorados reflejaba discretamente la luz de la mañana, cada uno grabado con la araña heráldica de la familia. Bajo la levita llevaba un chaleco negro bordado con intrincados motivos inspirados en telarañas y una camisa blanca de cuello alto impecablemente almidonada. Una corbata negra rematada con un pequeño broche dorado en forma de araña completaba el conjunto. Los puños de la chaqueta estaban decorados con elaborados bordados dorados realizados a mano, mientras que sobre el cuello podían apreciarse discretos detalles heráldicos que identificaban su servicio a la Casa Arvenis. Sobre la espalda, bordada en hilo dorado, destacaba una elegante araña de ocho patas extendidas, símbolo del linaje al que servía. Los pantalones negros presentaban una fina línea dorada a lo largo de las costuras laterales y se encontraban perfectamente acomodados dentro de unas altas botas de cuero negro pulido que brillaban como espejos. Guantes blancos cubrían sus manos, otorgándole una apariencia distinguida más cercana a la de un oficial aristocrático que a la de un simple empleado. Entendía Aryanne perfectamente la importancia de un buen uniforme en sus doncellas y sus sirvientes: para que cualquiera que los viera pudiera observar a que casa servían. Incluso Aryanne había escuchado a las doncellas hablar a escondidas que llegan a tener más prestigio ellos que cualquier otra doncella o plebeya simplemente por el hecho de servir a la Casa Arvenis, considerándolo una bendición.
Nate no se encontraba allí, aquella mañana tenía clases en la Academia Imperial y no saldría hasta entrada la tarde, por lo que no alcanzaría a despedirse de ellas antes de la partida. Su padre tampoco había llegado todavía y, mientras el duque no apareciera, nadie se atrevería a poner en marcha el carruaje. Había transcurrido una semana desde el baile de mayoría de edad del príncipe heredero, una sola semana y parecía que todo el imperio se había vuelto loco. Las invitaciones llegaban diariamente a la mansión en cantidades absurdas: almuerzos, meriendas, paseos, eventos benéficos, recitales, bailes, reuniones privadas y celebraciones organizadas por familias nobles que hasta hacía poco apenas habían mostrado interés en ella. El servicio de correspondencia estaba completamente saturado, todos querían verla, todos deseaban acercarse a la futura prometida del príncipe heredero, deseaban alcanzar un trozo de pastel que ella simbolizaba. Lo normal habría sido aprovechar aquella oportunidad para aumentar todavía más su popularidad. Eso era exactamente lo que haría alguien con una visión demasiado simple de la nobleza, Aryanne tenía planes mucho más inteligentes. Si aceptaba cada invitación que recibía, su presencia terminaría convirtiéndose en algo cotidiano temiendo caer en lo común y lo común termina tarde o temprano siendo olvidado.