Parvelles se encontraba en la frontera norte de Zervalis, la provincia natal de Fortienne Arvenis. Gracias a ello, el viaje desde Solvaris no era especialmente largo. Una vez que abandonaran Eryndor, la provincia central donde se alzaba la capital imperial, prácticamente ya estarían entrando en territorio zervaliano. Si partían durante la mañana, llegarían a Parvelles poco antes del atardecer, el viaje dura aproximadamente doce horas en las cuales se encontrarían encerradas entro de un carruaje, verdaderamente su madre no le mentía cuando dijo que el viaje sería incomodo. Los primeros tramos del camino estuvieron dominados por los extensos paisajes de Eryndor. Grandes campos dorados se extendían a ambos lados de la carretera imperial, interrumpidos ocasionalmente por pequeñas aldeas agrícolas, molinos de viento y elegantes haciendas pertenecientes a familias menores. A medida que se alejaban de Solvaris, las enormes murallas de la capital desaparecieron poco a poco en el horizonte hasta convertirse en una simple silueta lejana. La carretera principal, construida por orden imperial siglos atrás, era amplia y bien mantenida, permitiendo que el carruaje avanzara con relativa comodidad mientras los veinte caballeros de escolta cabalgaban alrededor formando un perímetro de protección.
Conforme avanzaban hacia el sur, el paisaje comenzó a transformarse lentamente. Las extensas llanuras dieron paso a suaves colinas cubiertas de hierba verde y pequeños bosques dispersos. Los ríos se volvieron más frecuentes, atravesados por antiguos puentes de piedra adornados con estatuas erosionadas por el tiempo. De vez en cuando se cruzaban con caravanas de comerciantes, viajeros o agricultores que inmediatamente se apartaban del camino al reconocer el escudo de la araña dorada grabado sobre el carruaje de los Arvenis. Las horas transcurrieron entre conversaciones, partidas de cartas y pequeños refrigerios preparados por las cocinas de la mansión. El carruaje avanzaba con un ritmo constante mientras los veinte caballeros de la Casa Arvenis mantenían su formación alrededor de la comitiva. Fue cerca de la tarde cuando Heiner se aproximó a una de las ventanillas.
—Lady Aryanne, estamos por cruzar la frontera provincial.
Aquello llamó inmediatamente la atención de Belle. Sin esperar siquiera una explicación, se inclinó hacia la ventana.
—¡Ya llegamos a Zervalis!
Aryanne levantó una ceja.
—Todavía faltan varias horas para llegar.
—Sí, pero ya estamos entrando a mi provincia.
La emoción en su voz resultaba imposible de ocultar. Poco después, el carruaje comenzó a reducir la velocidad, frente a ellos se alzaba una enorme puerta de piedra construida sobre la Carretera Imperial. Dos torres de vigilancia custodiaban el paso mientras varios estandartes verdes y plateados ondeaban con suavidad bajo el viento otoñal. Comerciantes, viajeros y caravanas aguardaban pacientemente su turno para atravesar el puesto fronterizo. Normalmente, todos los viajeros debían presentar documentos, declarar mercancías y pagar los impuestos correspondientes. Pero en cuanto los guardias divisaron la araña dorada grabada sobre las puertas del carruaje, la situación cambió de inmediato. Los soldados se cuadraron, los funcionarios se apartaron del camino y el capitán del puesto avanzó personalmente para recibirlos.
—Bienvenida a la provincia de Zervalis, lady Aryanne Arvenis.
Heiner intercambió algunas palabras con el oficial mientras mostraba la documentación correspondiente. Apenas transcurrieron unos minutos antes de que las barreras fueran levantadas. La comitiva no tardo en reanudar la marcha, Belle permaneció observando por la ventana incluso después de dejar atrás el puesto fronterizo.
—¿Tan emocionante es cruzar una frontera? —preguntó Aryanne.
—Para mí sí —respondió emocionada—. Estoy volviendo a mi hogar…han pasado tantos años que pienso que ya no lo recuerdo, era demasiado joven cuando me fui…que cuando recuerdo Parvelles parece un sueño.
Aryanne guardó silencio sin saber que responder ante sus palabras, Belle apoyó una mano sobre el cristal mientras observaba el paisaje. Cinco años habían pasado desde la última vez que cruzó aquella puerta, cinco años desde que se despidió de sus padres, cinco años desde que abandonó Parvelles para comenzar una nueva vida en Solvaris. De repente comenzó a reconocer pequeños detalles: los molinos de viento, los canales que corrían paralelos a los caminos, los puentes de piedra cubiertos de flores, las casas de techos inclinados y los jardines que adornaban prácticamente cada ventana. Y el aroma, aquel olor fresco inolvidable mezclado con tierra húmeda y flores que jamás había vuelto a encontrar en ninguna otra parte del imperio, Belle sonrió sin darse cuenta, en verdad se encontraba en su hogar.
Al cruzar la frontera de Zervalis, el cambio se volvió todavía más evidente. El clima parecía más suave y húmedo, los canales comenzaron a aparecer junto a los caminos, transportando agua hacia innumerables cultivos. Las aldeas eran más coloridas y pintorescas, con casas de techos inclinados y fachadas decoradas con flores colgantes. Incluso el aire olía diferente, más fresco, más limpio, más cercano al campo. Entonces aparecieron las flores, primero fueron pequeños campos aislados, después parcelas enteras para finalmente observar extensiones interminables de color que parecían cubrir el horizonte. Filas perfectamente ordenadas de tulipanes, lirios, jacintos y decenas de variedades más se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Rojos, rosados, amarillos, violetas, blancos y azules formaban enormes mosaicos naturales que transformaban las tierras de Parvelles en una auténtica pintura viviente. Ahora Aryanne comprendía un poco mejor por qué Belle había hablado tanto de aquel lugar. Por primera vez durante todo el viaje, incluso ella tuvo que admitir que aquello era realmente hermoso.