Iroh despertó sobresaltado, su respiración era agitada mientras sus ojos recorrían instintivamente el lugar donde se encontraba. Lo primero que vio fue un techo, era un techo firme, de madera perfectamente ensamblada, no había agujeros o rastros de goteras, ni siquiera había humedad filtrándose entre las tablas. Durante unos segundos permaneció inmóvil y confundido, aquello era completamente extraño, giró lentamente la cabeza para analizar donde se encontraba. La habitación era amplia y cálida, la tenue luz de la mañana entraba por una gran ventana cubierta por cortinas color marfil, iluminando los muebles de madera finamente trabajados que decoraban la estancia. Una alfombra cubría el suelo bajo la cama y el delicado aroma de flores frescas impregnaba el ambiente, jamás había dormido en un lugar así, ni siquiera en sus más escandalosos sueños. Intentó incorporarse, cuando de repente un dolor insoportable atravesó inmediatamente todo su costado. Volvió a caer sobre la almohada apretando los dientes, sentía que cada costilla protestaba con el más mínimo movimiento. Bajó lentamente la vista, su pecho y parte de su abdomen estaban cuidadosamente vendados. Los cortes de sus brazos también habían sido limpiados y cubiertos con gasas nuevas, todavía dolía, muchísimo, pero eso era la prueba que se encontraba vivo.
De repente sintió unas inmensas ganas de llorar, pero no sabía si era a la inmensa felicidad que sentía por no haber muerto o por el dolor de la golpiza que le dieron. Agradeció en silencio a Aelion por nunca haberlo abandonado ni en sus peores momentos, le agradeció por haberle dado la oportunidad de vivir porque aquella paliza que había recibido el día anterior ya era prácticamente un milagro concedido por Aelion el seguir respirando. Fue entonces cuando la recordó, aquellos extraños ojos rosados, nunca había visto unos iguales y nunca creyó poder estar vivo para poder presenciarlos. Lady Aryanne Arvenis, la hija del poderoso duque de Arvenis, era completamente distinta a la imagen que había construido de ella antes de conocerla llegando a sentir mal por haberla juzgado erróneamente. Cuando el carruaje se había detenido frente al camino, por un instante creyó que los dioses finalmente habían decidido mirarlo. Sus ojos se llenaron de esperanza, pensó que, quizá... solo quizá... el mundo no era un lugar tan cruel como siempre había creído. Que todavía existían personas dispuestas a tender la mano a un desconocido, quiso aferrarse desesperadamente a esa idea.
Pero entonces ocurrió algo que terminó por destrozar aquella ilusión, su única esperanza, Lady Aryanne descendió del carruaje, no para ayudarlo como se había imaginado, no para detener la golpiza que casi acaba con su vida, no para preguntar qué estaba ocurriendo, lo hizo para rescatar a un pequeño gato abandonado. Iroh todavía podía recordar cómo aquella diminuta bola de pelo había sido recogida por un guardia que ella misma había ordenado. Mientras tanto, él permanecía tirado sobre el barro, cubierto de su propia sangre, incapaz siquiera de mantenerse de pie, incapaz de poder respirar. En aquel instante sintió que la vida se estaba burlando enfrente de él, aquello le dolió más que todos los golpes que le estaban dando. Un simple gato tenía más valor que un huérfano, su vida valía menos que la de un animal abandonado. Toda la esperanza que había nacido apenas unos segundos antes se desplomó por completo. «Qué estúpido fui...». Había sido un ingenuo. ¿Por qué un noble habría de preocuparse por alguien como él?
Después de todo los nobles solo pensaban en sí mismos, vivían convencidos de que su sangre era superior. Que un título podía convertirlos en mejores personas, como si haber nacido pobre significara perder también la dignidad, como si quienes no poseían un apellido importante dejaran de ser humanos. Sintió rabia, rabia contra ellos, contra el mundo, contra los dioses y, sobre todo, contra sí mismo por haber esperado un milagro. Así que decidió dejar de esperar, si quería vivir tendría que salvarse él solo. Por eso volvió a enfrentarse a aquellos hombres, sabía que eran más fuertes, sabía que probablemente perdería y terminaría muerto en aquella carretera. Pero mientras siguiera levantándose, todavía existía una posibilidad, una mínima esperanza de poder sobrevivir porque no le quitaría fácilmente lo único valiosa que ha tenido desde que nació… su vida. Lucharía por ella, se aferraría a lo único que ha tenido, y si quería arrebatárselo, debían de estar tan dispuestos a perder también la suya. Cada golpe que recibía lo arrojaba nuevamente al suelo y cada vez se obligaba a ponerse de pie, o porque creyera que podía vencerlos, sino porque negarse a levantarse equivalía a aceptar la muerte y él todavía no quería morir.
Quería vivir, quería sobrevivir, quería resistir un poco más, aunque solo fuera el tiempo suficiente para que ocurriera un milagro. Y entonces escuchó otra vez aquella voz, la voz de Lady Aryanne, una diminuta chispa de esperanza volvió a encenderse dentro de él. Cuando la joven le preguntó si estaría dispuesto a dedicarle su vida si ella lo salvaba, ni siquiera necesitó pensarlo. La respuesta salió sola. Sí. Se la habría entregado, no porque fuera una Arvenis, no porque fuera una noble, sino porque, en aquel momento, era la única persona que se había interpuesto entre él y la muerte. Le habría entregado su vida a cualquiera que lo sacara del infierno en el que había vivido hasta entonces. Después de responder todo se volvió negro, no recordaba quién lo cargó, no recordaba el viaje, no recordaba haber llegado al castillo. Durante un instante creyó que, una vez perdiera el conocimiento, simplemente lo abandonarían en cualquier camino. Que salvarlo solo había sido un acto de compasión pasajera, sin embargo, al despertar en aquella habitación, con sus heridas vendadas, con un techo sólido sobre su cabeza y respirando todavía, comprendió que Lady Aryanne había cumplido su palabra. Por primera vez en muchos años, Iroh cerró los ojos y, en el silencio de aquella habitación, dio gracias a Aelion porque el milagro que había pedido realmente había llegado. Escuchó cómo la puerta de la habitación comenzaba a abrirse. En cuanto reconoció aquella voz femenina, abrió los ojos apenas un instante y volvió a cerrarlos inmediatamente, fingiendo continuar inconsciente era ella, lady Aryanne. Permaneció completamente inmóvil mientras prestaba toda su atención a la conversación.