Aryanne despertó al escuchar el suave canto de un ruiseñor posado sobre el alféizar de la ventana. Poco a poco abrió los ojos mientras la tenue luz de la mañana atravesaba las delicadas cortinas de seda verde claro, bañando la habitación con un resplandor cálido y sereno. La estancia era mucho más elegante de lo que había imaginado para una habitación de huéspedes. Las paredes estaban revestidas con paneles de un refinado tono verde salvia, decorados con molduras blancas rematadas por delicados relieves y finos detalles dorados. Sobre su cabeza, un amplio techo ornamentado exhibía un elaborado trabajo de estuco con motivos florales que rodeaban una elegante lámpara de araña de cristal y bronce, cuyas lágrimas de vidrio brillaban suavemente bajo la luz del amanecer. La cama, de tamaño generoso, ocupaba el centro de la habitación. Su cabecera, tapizada en un elegante tono marfil y enmarcada por tallas doradas, combinaba a la perfección con los muebles que la rodeaban. Varias almohadas de distintos tamaños descansaban cuidadosamente acomodadas sobre un edredón blanco de fina tela, mientras una manta verde, del mismo tono que las cortinas, caía descuidadamente sobre uno de los costados, aportando una agradable sensación de calidez.
Frente a la cama se encontraba un amplio tocador de madera blanca con delicadas molduras doradas y un gran espejo de cuerpo entero enmarcado con elaborados adornos barrocos. A un lado descansaba un elegante armario del mismo estilo, perfectamente integrado con el resto del mobiliario. Cerca de la ventana había un pequeño sillón tapizado en verde claro con patas de madera dorada, acompañado por un banco acolchado donde cualquiera podía sentarse a leer mientras contemplaba el jardín. El suelo de madera clara estaba cubierto casi por completo por una gran alfombra de tonos crema adornada con discretos bordados florales en colores pastel, armonizando con los múltiples arreglos de lilas rosadas colocados en jarrones de porcelana sobre las mesas auxiliares. Todo desprendía un delicado aroma a flores frescas que impregnaba el ambiente con una fragancia relajante. Las enormes ventanas permitían que la luz inundara cada rincón de la habitación. Al otro lado del cristal podían distinguirse los cuidados jardines del Castillo de Rosenhoff, donde los primeros rayos del sol iluminaban las copas de los árboles y los coloridos macizos de flores que rodeaban la residencia. Aryanne permaneció unos segundos contemplando la estancia, disfrutando de la paz que le transmitía aquel lugar.
No supo cuánto tiempo debió de haber dormido, pero supuso que era más tiempo del que ella estaba acostumbrada normalmente. Su día siempre empezaba antes de que el sol aparecía y terminaba cuando el sol se marchaba, Aryanne se enrollo en su bata de seda, para admirar al sol, el paisaje verde que la rodeaba era envidiable comparado al de la capital, que tenía sus propias secciones verdes asignadas en la ciudad, no era algo que tu pudieras observar a la vista como aquí. Disfruto de su pequeño baño bajo los rayos cálidos del sol, cerrando sus ojos disfrutando su toque en su piel. Parecía que eran las pocas veces en la que Aryanne podía darse el lujo de disfrutar de su compañía. Normalmente en un día cualquiera de ella hubiera sido levantada por Goldie para prepararse a clases en el templo o si tocaba ir al palacio. Después tendría que llegar a la mansión para estar encerrada ya sea en la biblioteca, en el salón de baile o de música, donde tuviera su clase respectiva. Sus únicos descansado era solo para comer, después inmediatamente debía de regresar a sus clases, era un estilo de vida que creyó que podía seguir, pero conforme más pasaban los años, más se sentía agotada. Sentía que solo vivía dentro de los cuatro paredes para complacer a todos menos a ella, sentía que se estaba perdiendo el resto del mundo, que mientras todos continuaban sus vidas, ella seguía encerrada en esas cuatro murallas que se habían convertido en su jaula de oro.
Sabía que era sería su vida por el simple hecho de ser la futura emperatriz, la vida que tendría, no sería diferente de la misma que tiene actualmente. Se le viviría prisionera en el palacio, y creyó estar bien con eso, pero ahora que comenzaba a ver al mundo con sus propios ojos, parecía que ya no estaba bien con eso. Muchas veces lo pensó, en accidentarse, en fingir estar enferma, solo para poder tener el derecho de tener un descanso. Ahora que finalmente lo tenía, por primera vez en mucho tiempo finalmente sentía que podía respirar. Este era el sueño que en mucho tiempo podía disfrutar, no tenía nadie que la levantara recordándole su tedioso horario. Por primera vez podía despertarse a la hora que quisiera, se sentía tan bien descansada, sí que necesitaba unas vacaciones, ahora sentía que su corazón se sentía menos pesado, por fin tenía tiempo para ella misma, por fin podía complacerse a ella misma. No podía esperar para empezar su día, abrió emocionada el armario buscando un vestido que usar, finalmente podía decidir ella misma sin que nadie escogiera su ropa como la muñeca a la que visten como desean, por fin podía escoger algo ella misma. La moda variaba considerablemente entre las distintas regiones del Imperio. En Parvelles, el clima cálido había moldeado un estilo muy distinto al de la capital. Mientras que en Solvaris predominaban los vestidos voluminosos, cargados de múltiples capas, pesados bordados y amplias faldas pensadas para transmitir prestigio, en la Ciudad de las Mil Flores la elegancia se expresaba a través de la ligereza y la delicadeza de los tejidos.
Las prendas eran más frescas, sencillas y cómodas para recorrer los jardines y campos florales, aunque eso no significaba que fueran menos refinadas. Entre tantos vestidos al final se decidió por un delicado vestido confeccionado en una fina tela color celeste muy pálido, casi marfil bajo la luz del sol. La tela presentaba un sutil relieve con motivos florales tejidos sobre toda la superficie que solo podía apreciarse cuando la luz incidía directamente sobre ella. El escote era amplio y de forma cuadrada, dejando al descubierto la clavícula con una elegancia discreta, mientras que las mangas cortas, ligeramente abombadas sobre los hombros, aportaban un aire juvenil y refinado. Justo por debajo del busto, una estrecha banda de seda dorada ceñía suavemente la cintura, alargando visualmente la silueta antes de dar paso a una falda amplia que descendía con una caída ligera y fluida hasta los tobillos, moviéndose con gracia a cada paso. A un costado de la falda destacaba un elegante lazo de satén color marfil que rompía la simplicidad del conjunto con un delicado toque decorativo. Como complemento, llevaba un fino chal de encaje color crema con elaborados bordados florales que descansaba sobre sus antebrazos, ideal para cubrirse del fresco de la mañana sin ocultar la ligereza del vestido. Sus manos estaban protegidas por delicados guantes de encaje blanco semitransparente que llegaban hasta poco debajo de los codos, mientras que alrededor de su cuello lucía un collar de varias vueltas de perlas blancas rematado por una única perla de mayor tamaño en el centro, acompañado por unos discretos pendientes del mismo material. Todo el conjunto transmitía una elegancia mucho más natural que la de la capital: menos ostentosa, pero profundamente sofisticada.