Ante ella se extendía un paisaje tan extraordinario que, por un instante, creyó estar contemplando una pintura en lugar de la realidad. Hasta donde alcanzaba la vista, inmensas franjas de tulipanes cubrían la llanura formando un perfecto mosaico de colores. Filas interminables de flores se alineaban con una precisión casi imposible, creando largos corredores naturales que parecían perderse en el horizonte. Los tulipanes escarlata se mezclaban con otros de un intenso tono naranja, mientras enormes extensiones de flores rosadas aportaban un delicado contraste que convertía el campo en un auténtico mar de colores. Cada hilera estaba cuidadosamente separada por estrechos senderos de tierra que permitían el paso de los agricultores sin dañar los cultivos, reforzando aún más aquella sensación de orden y armonía que caracterizaba a Parvelles. La suave brisa de la mañana recorría los sembradíos haciendo que miles de flores se balancearan al mismo tiempo, como si un océano multicolor ondulara lentamente bajo el cielo despejado. El aire estaba impregnado por una mezcla de aromas dulces y frescos que resultaba imposible distinguir por separado, pues todos terminaban fundiéndose en una sola fragancia capaz de envolver a cualquiera que respirara profundamente.
A lo lejos, varios gigantescos molinos de viento dominaban el paisaje con sus altas estructuras de madera y piedra. Sus enormes aspas giraban con lentitud impulsadas por el viento, marcando el ritmo de una ciudad que parecía vivir en perfecta armonía con la naturaleza. Junto a ellos podían distinguirse pequeñas casas rurales de tejados rojizos y antiguos graneros donde los agricultores almacenaban las cosechas antes de enviarlas hacia el resto del Imperio. Pero aquello era solo el comienzo. Más allá de los extensos campos de tulipanes, el paisaje cambiaba nuevamente de color. Se extendían inmensos cultivos de lavanda que tenían la tierra de un delicado violeta, grandes plantaciones de jacintos azules y blancos cuyo perfume viajaba con el viento, elegantes hileras de lirios blancos que parecían brillar bajo la luz del sol y amplios rosaledos donde florecían rosas rojas, rosadas, amarillas y marfil. Entre ellos también podían distinguirse peonías, narcisos, camelias y hortensias que convertían cada estación del año en un espectáculo distinto. Aryanne permaneció varios segundos contemplando aquel inmenso paisaje sin pronunciar una sola palabra. Ahora comprendía por qué Parvelles no solo era conocida como la Ciudad de las Mil Flores, tenían bien merecido ese nombre. Era como si toda la naturaleza hubiera decidido florecer en un único lugar.
—Es hermoso —susurro maravillada, a su lado—. Realmente extrañaba el campo.
Observó a su lado a Belle que cabalgaba tranquilamente a su lado sobre un elegante corcel blanco. El viento hacía ondear suavemente su largo cabello rosado, recogido en una alta coleta que dejaba escapar algunos mechones alrededor de su rostro, otorgándole un aire fresco y juvenil. Vestía un delicado vestido confeccionado en ligeras capas de gasa color rosa pálido, tan tenue que por momentos parecía adquirir un tono marfil bajo la luz del sol. La parte superior estaba formada por un corpiño de satén rosado con un sutil brocado floral tejido sobre la tela, ajustándose delicadamente a su figura sin perder la comodidad. Un amplio escote cuadrado enmarcaba con elegancia su cuello y clavículas, mientras una fina tela semitransparente de color rosa claro cubría discretamente el pecho, aportando un aspecto refinado sin resultar ostentoso. Las mangas cortas y abullonadas descansaban sobre sus hombros, confeccionadas en una tela ligera que les daba volumen y un aspecto delicado, rematadas por pequeños pliegues que realzaban el estilo romántico del vestido. Desde la cintura alta, marcada por una elegante banda del mismo satén rosado adornada con pequeños botones forrados y discretos bordados florales, nacía una amplia falda de gasa vaporosa que descendía con una caída suave hasta rozar sus botas. La tela, ligera como un pétalo, se movía con cada paso del caballo, ondulando al compás de la brisa. El bajo del vestido estaba rematado con pequeños volantes y diminutos lazos de satén que aportaban un acabado delicado y femenino.
Para recorrer los campos había sustituido los habituales zapatos de salón por unas altas botas de cuero negro que le llegaban hasta debajo de las rodillas, permitiéndole cabalgar y caminar entre los cultivos con total libertad sin sacrificar la elegancia. Aryanne no pudo evitar contemplarla durante unos instantes, Belle era extraordinariamente hermosa, con sus ojos azul celeste reflejando el mismo color del cielo, su cabello rosado brillando bajo la luz de la mañana y aquel vestido que parecía fundirse con los tonos de las flores que la rodeaban, daba la impresión de ser una flor más nacida en aquellos campos. Comprendió por qué Belle amaba tanto Parvelles, ella no solo pertenecía a aquella ciudad, era su representación. Era tan alegre como la primavera, tan cálida como el sol que iluminaba los cultivos y tan delicada como los pétalos que danzaban con el viento. Cualquier hombre del Imperio se sentiría afortunado de desposarla, pero Aryanne sospechaba que muy pocos serían capaces de comprender el brillo genuino que escondía aquella sonrisa.
—Si es muy hermoso —concordó Aryanne, sin dejar de mirar fijamente a Belle.
Se encontraba montando un hermoso corcel de pelaje palomino dorado, cuyo manto brillaba bajo la luz del sol como si cada hebra de su pelo hubiera sido bañada en miel. Su abundante crin, larga y sedosa, caía en cascada sobre un costado del cuello en un delicado tono marfil, ondeando con elegancia cada vez que el viento soplaba entre los campos. La cola, igualmente espesa, se movía acompasadamente con cada paso del animal, mientras una amplia mancha blanca descendía desde la frente hasta el hocico rosado, otorgándole una expresión noble y apacible. Sus grandes ojos color ámbar desprendían una serenidad poco común, y el porte orgulloso con el que levantaba el cuello dejaba claro que pertenecía a una excelente línea de caballos de monta. Belle le había dicho que se llamaba Helios, un nombre inspirado en el color dorado de su pelaje que recordaba al sol naciente. Aryanne no tardó en comprender por qué aquel caballo era uno de los favoritos de la familia Pavielle. Era dócil, obediente y sorprendentemente paciente. Hacía mucho tiempo que no montaba un caballo y, aunque la equitación formaba parte de su educación como futura emperatriz, no era precisamente una actividad que practicara con frecuencia. Por ello avanzaba con cautela, sujetando con firmeza las riendas y procurando mantener el equilibrio, temerosa de sufrir una caída.