Las mañanas en Parvelles resultaron ser más dulces de lo que esperaba, no sabía si era por la tranquilidad de no tener a alguien detrás de ella recordándole sus deberes o por el cálido clima de la ciudad. Pero cada vez que se despertaba el aire tenía un aroma dulce impregnado, la brisa se sentía fresca, el cielo era más azul y el sol más cálido. El tiempo transcurrió con una tranquilidad que Aryanne jamás habría imaginado encontrar fuera de la capital. Los días comenzaron a sucederse unos tras otros casi sin que pudiera notarlo. Cada mañana despertaba con el canto de los ruiseñores que anidaban en los jardines del Castillo de Rosenhoff; después compartía el desayuno con la familia Pavielle entre conversaciones, risas y las interminables anécdotas de Isolde. Al caer la tarde, regresaban cubiertos por el aroma de las flores tras recorrer algún rincón distinto de Parvelles, mientras las noches terminaban invariablemente reunidos alrededor de la chimenea, conversando hasta que el cansancio vencía a todos. Era una rutina sencilla, pero precisamente esa sencillez era lo que la hacía tan especial. Por primera vez en su vida, Aryanne no tenía una institutriz recordándole el siguiente protocolo que debía memorizar o interminables lecciones de etiqueta ni jornadas completas dedicadas a prepararla para el futuro trono.
Durante aquel mes, simplemente había sido una joven de quince años descubriendo el mundo junto a su mejor amiga. Cada día parecía ofrecerle una experiencia distinta, Belle insistía en enseñarle un nuevo rincón de la ciudad, convencida de que ningún visitante podía marcharse de Parvelles sin conocer absolutamente todos sus tesoros. Algunas mañanas recorrían los mercados flotantes navegando lentamente entre los canales; otras visitaban las perfumerías donde aprendió cómo decenas de flores diferentes podían convertirse en delicadas fragancias. También caminaron por los invernaderos, los jardines botánicos, los viñedos, los molinos y las pequeñas panaderías familiares que inundaban las calles con el irresistible aroma del pan recién horneado. Aryanne jamás imaginó que una ciudad pudiera tener tantos colores, ni tantas flores, ni tantas sonrisas. Poco a poco dejó de sentirse una visitante, los comerciantes comenzaron a saludarla por su nombre cuando la veían caminar junto a Belle. Los agricultores le ofrecían flores recién cortadas cada vez que pasaba por los campos. Incluso algunos niños dejaron de esconderse detrás de sus padres al verla y comenzaron a correr hasta ella para entregarle pequeños ramos confeccionados con las flores que ellos mismos recogían.
Las semanas también trajeron consigo una lenta pero constante recuperación para Iroh. El médico cumplía puntualmente con las revisiones que Aryanne había ordenado, mientras las enfermeras cambiaban diariamente sus vendajes. Poco a poco las heridas comenzaron a cerrar y el muchacho fue recuperando fuerzas. Primero consiguió sentarse sin ayuda, después pudo caminar algunos pasos apoyándose en una muleta. Finalmente, hacia el final del mes, era capaz de recorrer por sí solo los pasillos del tercer piso, aunque todavía le estaba completamente prohibido realizar cualquier esfuerzo físico. Aryanne procuraba visitarlo casi todos los días, no permanecía demasiado tiempo, apenas unos minutos, pero siempre encontraba algún pretexto para subir hasta la habitación donde descansaba. Unas veces llevaba fruta recién cortada del desayuno; otras, alguno de los dulces que Isolde insistía en preparar para todos. En ocasiones simplemente preguntaba si necesitaba algo antes de marcharse nuevamente a recorrer la ciudad con Belle. Al principio, Iroh no sabía cómo reaccionar, cada vez que ella aparecía intentaba levantarse para recibirla y, sin importar cuántas veces lo hiciera, siempre obtenía exactamente la misma respuesta.
—Quédate acostado —le insistió—.
Después de escuchar aquella orden una decena de veces terminó por obedecer sin discutir. Una mañana, Aryanne llegó con un pequeño paquete entre las manos, lo dejó cuidadosamente sobre la mesa junto a la cama, Iroh lo observó con curiosidad.
—¿Qué es eso, mi lady?
—Ábrelo.
Con cierta torpeza desató la cinta que envolvía el paquete, en su interior encontró tres libros: uno sobre la historia del Imperio, otro para aprender lectura y escritura y un tercero que explicaba las normas básicas de protocolo entre la nobleza. Iroh permaneció inmóvil.
—No entiendo...
Aryanne tomó asiento frente a él.
—Dentro de tres años te convertirás oficialmente en mi caballero —le anunció—. Un caballero no solo debe saber usar una espada —abrió el primer libro—. También deberá acompañarme en reuniones con nobles, asistir a ceremonias imperiales, comprender la historia del Imperio y saber comportarse correctamente delante de cualquier miembro de la corte.
Iroh bajó lentamente la mirada.
—Yo... —murmuro nervioso, sus dedos acariciaron tímidamente la cubierta del libro—. Apenas sé leer…
—Lo es —le afirmo—. Cuando llegues a la fortaleza Arkan recibirás una educación excepcional, no solo te enseñarán a usar la fuerza, sino también tu inteligencia, pero… puedes aprovechar tu tiempo libre para ir avanzando.
—Mi lady no entiendo —dijo confundido—. ¿Cómo voy a aprender sino se leer?
—Te enseñaré yo por supuesto —respondió formal—. Hasta que regresemos a la capital, ahí tendrás maestros mucho más apropiados —abrió el libro por la primera página—. Léeme esto.
Cada vez que cometía un error esperaba escuchar un regaño, pero este nunca llegaba. Aryanne simplemente corregía su pronunciación con paciencia y le pedía que volviera a intentarlo, así transcurrieron varios días. Cuando terminaban las lecciones, Aryanne cerraba el libro y le hacía preguntas sobre lo que acababan de leer. No aceptaba respuestas memorizadas; quería que comprendiera el contenido. Aquello sorprendía profundamente a Iroh, nadie antes había dedicado tiempo a enseñarle absolutamente nada, no porque esperara algo a cambio, sino porque realmente deseaba verlo aprender. Una tarde, mientras Aryanne recogía los libros para marcharse, Iroh habló: