La Hacedora del Sol

Capitulo 33: El Viento del Norte

11 de Calen de 759 a. a

El viento del norte comenzaba a soplar sobre la capital, trayendo consigo noticias que rápidamente se extendían por todo el Imperio. Después de cinco largos años de ausencia, el segundo príncipe regresaría finalmente a Solvaris. Aquel joven que tiempo atrás había sido enviado a las inhóspitas tierras del norte regresaba ahora cubierto de gloria tras haber realizado una gran hazaña contra nuestros eternos rivales. Para celebrar su gran victoria lo festejarían a lo grande con su ceremonia de mayoría de edad. Lo que antes había sido el nombre de un príncipe exiliado comenzaba a convertirse en el de un héroe de guerra, y cada nueva hazaña que llegaba desde el norte no hacía más que alimentar la admiración del pueblo. También habían transcurrido dos años desde la última vez que Aryanne había abandonado la capital. Hacía apenas unas semanas había cumplido diecisiete años y le resultaba sorprendente comprobar cuánto podía cambiar una ciudad en tan poco tiempo. Sin embargo, si alguien le preguntaba qué había cambiado en su propia vida durante ese mismo periodo, le costaría encontrar una respuesta. Fuera de haber crecido unos centímetros y adquirir una mayor madurez, la mayor parte de aquellos dos años podían resumirse en una sola palabra: estudio.

Después de las vacaciones en Parvelles tuvo que redoblar esfuerzos para recuperar el tiempo que había dedicado a descansar, aun así, había una tradición que jamás dejó de cumplirse. Cada verano, ella y Belle viajaban durante algunas semanas a Parvelles para visitar a los barones. Aquellos días seguían siendo el único momento del año en que ambas podían olvidarse, aunque fuera brevemente, del peso de sus responsabilidades. Parvelles no era el único exento de los cambios, también había tenido varios cambios, uno más sorprendentes que otros. Dos años atrás, los barones habían recibido con inmensa alegría a su segunda hija: una pequeña llamada Leah Pavielle. Isolde insistía, completamente convencida, en que aquella niña era un milagro concedido por Aelira gracias a la visita de Aryanne. Según la baronesa, después de tantos años sin poder concebir, la llegada de la joven Arvenis había traído consigo la bendición que tanto habían esperado. Por supuesto, Aryanne se negó desde el primer momento a aceptar semejante mérito. Sin embargo, Isolde era incapaz de guardar silencio cuando se trataba de presumir a las personas que amaba.

Antes de que pudiera impedirlo, la historia ya se había extendido por todo el Imperio. En apenas unos meses comenzaron a llegar incontables cartas de damas nobles solicitando la bendición de la futura emperatriz para poder concebir un hijo. Aryanne no tuvo más remedio que desmentir públicamente aquellos rumores, asegurando que el nacimiento de Leah no había sido más que una feliz coincidencia. Eso creyó hasta que decidió preguntárselo directamente a la Gran Matriarca Maelia. Para su sorpresa, la anciana confirmó que, en teoría, una elegida de Aelira podía llegar a obrar aquel tipo de milagros. No era algo habitual y requería una conexión extraordinariamente profunda con la diosa, pero existían registros de sacerdotisas capaces de bendecir el vientre de otras mujeres mediante el contacto directo. Aryanne suspiró aliviada al escuchar aquella última condición, ella jamás había tocado el vientre de Isolde. La Gran Matriarca, sin embargo, añadió con absoluta serenidad que, si su vínculo con Aelira llegaba a ser excepcionalmente fuerte, ni siquiera aquel contacto sería estrictamente necesario. Aryanne decidió no volver a preguntar y, desde luego, jamás compartió aquella conversación con Belle. Conocía demasiado bien a Isolde, si la baronesa llegaba a enterarse de aquella posibilidad, no tardaría en reunir frente a la Mansión Arvenis a medio Imperio suplicando una bendición.

Al menos encontraba cierto consuelo al saber que la llegada de Leah había llenado de alegría el Castillo de Rosenhoff. La pequeña había heredado el cabello rosado de los Pavielle y los ojos azul grisáceos de su padre. Apenas tenía dos años, pero ya se había convertido en el nuevo sol que iluminaba el hogar de los barones durante las largas temporadas en que Belle permanecía en la capital. Fuera de eso, no había algún otro cambio que mencionar en su vida, sus días se resumían entre interminables lecciones de historia, estrategia, administración, economía, derecho imperial y protocolo. Cuando no estudiaba en la mansión Arvenis, acudía al Palacio Imperial para continuar aprendiendo junto a la emperatriz, o visitaba el Gran Templo de Aelira para participar en ceremonias y profundizar en las enseñanzas de la diosa. Y, aunque sabía que todo aquello era indispensable para convertirse algún día en una digna emperatriz debía admitir que su vida se había vuelto extraordinariamente monótona. Comparado con la tranquilidad de Parvelles, la vida en la capital se había vuelto tan predecible como aburrida.

Se encontraba leyendo el periódico de aquella mañana, la primera plana estaba completamente ocupada por un solo acontecimiento: el regreso del segundo príncipe. Dentro de apenas tres días se celebraría un desfile triunfal para conmemorar su retorno a la capital después de cinco años de campaña en la frontera norte. Aryanne pasó lentamente la mirada por los extensos artículos que detallaban sus victorias. Debía admitir que había conseguido algo que ningún otro miembro de la familia imperial había logrado en décadas: convertirse en el protagonista absoluto de las noticias del Imperio. No era para menos, el príncipe había conseguido firmar un tratado de paz con Nethria, uno de los pocos reinos que jamás habían sido completamente sometidos por Wisteria. A lo largo de los siglos, innumerables emperadores habían intentado incorporarlo al Imperio, era la joya que deseaban poseer, atraídos tanto por su posición estratégica como por el prestigio que supondría conquistar a un enemigo que siempre había escapado de sus manos. Por ello, en todo Wisteria eran conocidos como los eternos rivales, la historia entre ambas naciones estaba marcada por alianzas efímeras y traiciones constantes.




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