El viento del desierto llegó primero, trayendo consigo un olor que ninguna niña de seis años debería reconocer: el olor a ozono, a metal frío y a carne quemada.
Neferet dormía bajo una manta de lana áspera cuando ese hedor la despertó. La casa de adobe, normalmente un refugio de murmullos suaves y olor a pan, estaba sumida en una actividad frenética y silenciosa. Sus padres no hablaban. Se movían como sombras, abriendo el cofre de cedro que siempre había estado prohibido.
Dentro no había juguetes. Había rollos de papiro que brillaban levemente en la oscuridad y una daga curva envuelta en lino viejo.
—¿Mamá? —preguntó Neferet, frotándose los ojos.
Su madre se giró de inmediato. En sus ojos no había sueño, solo una determinación aterradora. Corrió hacia Neferet, pero no para abrazarla. Llevaba un cuenco con barro del Nilo mezclado con ceniza.
—Quédate quieta —susurró la madre, bajando la túnica de Neferet hasta descubrir su hombro izquierdo, donde una pequeña marca de nacimiento en forma de media luna pulsaba con un tono dorado tenue.
—Me duele... —se quejó la niña cuando su madre frotó la mezcla de barro áspero sobre la marca, raspando la piel hasta dejarla roja y sucia.
—Tiene que doler —dijo su padre, cerrando el cofre con un golpe seco. Se acercó y se arrodilló frente a ella, tomándola por los hombros con fuerza—. Escúchame, Neferet. Pase lo que pase esta noche, tú no eres especial. Tú no brillas. Eres polvo. Eres barro. Eres nada. ¿Lo entiendes?
—Soy nada —repitió la niña, con la voz temblorosa, asustada por la intensidad en la mirada de su padre.
—Recuérdalo —dijo él—. Tu vida depende de que seas insignificante.
Afuera, el silencio de la noche se rompió. No fue un golpe en la puerta. Fue el sonido inconfundible de cascos pesados y el siseo de espadas saliendo de sus vainas. Una luz blanca y lechosa se filtró por las rendijas de la ventana, proyectando sombras alargadas en el suelo de tierra.
La Guardia de Marfil había llegado.
—Escondeos —ordenó el padre, empujando a la madre y a Neferet detrás de una pila de jarrones de aceite vacíos en el rincón más oscuro.
La puerta de madera estalló hacia adentro.
Tres figuras entraron. No eran fantasmas etéreos. Eran hombres altos, envueltos en armaduras de escamas blancas que tintineaban al moverse. Sus rostros estaban ocultos tras máscaras de bronce con forma de chacal.
El líder avanzó, y el aire de la habitación se volvió pesado, difícil de respirar. —Huelo la herejía —dijo. Su voz sonaba metálica tras la máscara—. Huelo la sangre de los Semsu Hor.
El padre de Neferet se mantuvo firme en el centro de la sala, con las manos vacías y levantadas. —Os equivocáis de casa, sacerdotes. Aquí solo somos granjeros. Mi linaje murió con mi abuelo.
—El Faraón no comete errores —siseó el guardia. Con un movimiento rápido, casi invisible, su espada curva trazó un arco de luz pálida.
El padre de Neferet cayó de rodillas. No gritó. Se llevó las manos al estómago, intentando contener la sangre que brotaba oscura y rápida.
Neferet sintió que su madre se tensaba a su lado, cubriéndole la boca con una mano que sabía a sal y miedo.
—Registradlo todo —ordenó el líder, limpiando su hoja en la túnica del padre moribundo—. Si hay semillas, quemadlas.
Los otros dos guardias destrozaron la casa. Rompieron los muebles, rasgaron las telas. Uno de ellos pateó los jarrones del rincón.
El escondite desapareció.
La madre de Neferet se lanzó sobre la niña, cubriéndola con su cuerpo, pero el guardia la agarró por el pelo y la arrastró hacia el centro de la sala, arrojándola junto al cuerpo del padre.
—¡No la toquéis! —gritó la madre—. ¡Ella no tiene la culpa! ¡Es estéril! ¡Su sangre es agua!
El líder se acercó a Neferet. La niña estaba ovillada en el suelo, temblando, con el hombro cubierto de barro y ceniza. El guardia la levantó por el cuello de su túnica, dejándola colgar en el aire como una muñeca de trapo.
Acercó su máscara al rostro de ella. A través de las ranuras de los ojos, Neferet vio una oscuridad abisal. El guardia sacó un pequeño cristal violeta y lo pasó cerca de la piel de la niña.
Neferet cerró los ojos y recordó las palabras de su padre. Soy nada. Soy polvo.
El barro en su hombro ocultó el brillo. El miedo congeló su sangre. El cristal violeta no reaccionó.
—Vacía —dijo el guardia con desprecio, soltándola. Neferet cayó al suelo duro, golpeándose las rodillas.
—¿Y los padres? —preguntó uno de los subordinados.
—Cosechadlos —ordenó el líder—. Su sangre servirá para alimentar los canales. La niña no vale el filo de mi espada. Dejad que el desierto se la trague o que la vendan los esclavistas. No me importa el destino de la basura.
Neferet se quedó allí, paralizada, mientras los guardias arrastraban a su madre fuera de la casa. Ella no gritó. Solo miró a Neferet una última vez con ojos llenos de lágrimas y de una feroz advertencia: Silencio.
Editado: 21.01.2026