La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

PRÓLOGO: Los Últimos de mi Linaje

El viento del desierto llegó primero, trayendo consigo un olor extraño, antiguo, como si la arena hubiese desenterrado recuerdos que jamás debieron volver a respirar. Neferet tenía seis años y dormía bajo una manta áspera cuando ese olor la despertó. No era humo. No era lluvia. Era otra cosa. Algo vivo.

La casa de adobe estaba en silencio. Su madre y su padre no hablaban. Solo caminaban, descalzos, rápidos, abriendo cofres que nunca habían permitido que Neferet tocara. Dentro había telas, tablillas ennegrecidas por el tiempo, amuletos de piedra y un cuchillo curvo envuelto en lino seco.

—¿Mamá? —preguntó, frotándose los ojos.

Su madre se giró de inmediato. Tenía el rostro tenso, pero no asustado. Era una mujer que ya sabía lo que estaba a punto de ocurrir y lo aceptaba con la resignación de quien mira una ola demasiado grande para huir de ella.

—Vuelve a la cama, Neferet —dijo en voz baja—. No mires por la ventana.

Pero la niña ya se había arrastrado hacia la abertura de la pared. Afuera, en el límite de la pequeña aldea, ardían antorchas pálidas, casi blancas, que no parecían hechas de fuego sino de leche hirviendo. Tres figuras encapuchadas avanzaban entre las palmeras torcidas del oasis, sin dejar huellas en la arena.

El padre cerró la caja del cuchillo con un golpe seco.

—Llegaron antes de lo previsto —dijo—. Pensé que teníamos otra lunación.

La madre no respondió. Tomó a Neferet en brazos y la llevó al rincón más oscuro de la casa. —Pase lo que pase —susurró— recuerda lo que te digo: nosotros somos los últimos. Nuestra sangre muere con nosotros. Tú no la heredaste. Tú estás libre.

Neferet no entendía. Solo sentía el corazón de su madre latir contra su pecho, rápido y caliente. Afuera se escucharon pasos. Arenilla deslizándose. El sonido de algo pesado arrastrado contra la tierra.

Los tres encapuchados entraron sin tocar la puerta. No derribaron nada. No gritaron. No amenazaron. Eran silenciosos como los buitres cuando ya no necesitan permiso.

El padre habló primero.

—Ella no lleva la marca. No es portadora. Lo juramos por los Nueve. Somos los últimos de nuestro linaje. Y elegimos entregarnos.

Uno de los encapuchados levantó la cabeza. Bajo la capucha no había rostro, solo un velo de luz ámbar que parecía contener ojos, o algo que los imitaba.

—Entonces la línea termina esta noche —dijo. Su voz era como el rozar de dos piedras al ser empujadas por el viento—. Así debe ser. Así fue escrito.

La madre apartó a Neferet de su regazo y la escondió detrás de un montón de jarros vacíos.

—No salgas —ordenó sin mirarla—. Pase lo que pase, no salgas.

Neferet asomó un ojo. Vio cómo los encapuchados trazaban símbolos en el aire con sus manos cubiertas de tinta negra que brillaba como aceite. La tinta no caía. Flotaba. Tejía formas alrededor de sus padres. Las paredes comenzaron a vibrar. El aire se volvió espeso, cargado de un zumbido sordo que hacía retumbar los dientes.

La madre no gritó cuando la luz la atravesó. Tampoco el padre. Fueron deshechos lenta y cuidadosamente, como si una mano invisible los estuviera desmontando hueso por hueso, memoria por memoria. No quedó sangre. No quedó cuerpos. Solo un olor dulce y terrible, como miel quemada.

Cuando todo terminó, uno de los encapuchados giró hacia donde Neferet estaba oculta. Sus “ojos” se estrecharon, estudiándola.

—Vacía —dijo.

El segundo murmuró:

—Ignorada por la luna. Despojada. Sin herencia. Así debe ser.

El tercero añadió:

—Que encuentre su propio polvo.

Y salieron de la casa tal como habían entrado: dejando la puerta abierta, dejando el silencio detrás.

Neferet esperó. Minutos o horas, no sabría decir. Cuando el miedo ya no tuvo más espacio dentro de su pequeño cuerpo, avanzó hacia el lugar donde sus padres habían estado.

Solo quedaba una marca circular quemada en la tierra.

Al salir a la noche, vio el cielo lleno de estrellas indiferentes. No lloró entonces. No había aprendido aún cómo se llora por cosas irreversibles.

Lloraría más tarde, cuando la aldea la entregó para pagar deudas y la niña que no “heredó” nada terminó en una mina donde los hombres morían gritando por agua.

Ella creció creyendo esa mentira.

Creyendo que su sangre no valía nada.

Creyendo que esa noche había terminado algo.

Nunca imaginó que aquella noche, en realidad, algo había comenzado.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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