El sol de la tarde no calentaba; castigaba. Era un martillo de cobre golpeando sin descanso las nucas de los mineros en la Ciudad del Silencio. El aire pesaba, cargado de un polvo fino que sabía a metal, a sudor rancio y a muerte antigua. Aquí, en el borde del mundo conocido, el Imperio no era más que un recuerdo lejano, y el Faraón, un nombre que se maldecía entre dientes rotos.
Neferet clavó la punta de su pico en la veta de cuarzo con un gruñido. El impacto le sacudió los huesos del brazo hasta el hombro, pero la piedra apenas cedió. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de una mano agrietada, dejando un rastro de barro en su piel curtida. A sus diecinueve años, sus manos eran viejas, mapas de cicatrices causados por la roca y la falta de misericordia de los capataces.
A su lado, Tahar tosía. Era un sonido seco, rasposo y pequeño, como si sus pulmones de diez años estuvieran llenos de la misma arena que cubría sus pies descalzos y llagados.
Neferet soltó el pico y se agachó junto a él, fingiendo inspeccionar una roca para que el supervisor no les lanzara el látigo. —Bebe —susurró, descolgando el odre de piel de cabra de su cintura. Lo sacudió; apenas sonaba líquido dentro. Quedaban dos tragos de agua tibia y rancia—. Despacio, Tahar. Solo humedece los labios. Tiene que durar hasta que toquen el gong del anochecer.
—No vendrán hoy —dijo el niño, apartando el odre con una debilidad que a Neferet le partió el alma. Sus ojos, grandes y hundidos en un rostro demasiado delgado, estaban fijos en el horizonte trémulo por el calor—. Khepri dice que ha visto polvo en el norte. Polvo de caballos, no de viento. Y los caballos del Faraón no traen agua.
Neferet sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del desierto. En la frontera, los rumores mataban más rápido que la sed. Se hablaba de la Guardia de Marfil, los perros de presa del trono que buscaban "sangre antigua" para sus rituales. Decían que olían el linaje como los tiburones huelen la sangre en el Nilo.
—Khepri tiene demasiado sol en la cabeza y ve gigantes donde solo hay sombras —mintió Neferet, obligando a su hermano a beber un sorbo.
Pero mientras lo decía, su hombro izquierdo comenzó a palpitar. Justo allí, bajo la tela basta de su túnica, tenía una cicatriz de nacimiento en forma de media luna. No era dolor lo que sentía; era calor. Un calor febril, sordo y profundo, como si tuviera una brasa encendida bajo la carne, despertando de un largo sueño.
El gong nunca sonó.
El horizonte se rompió antes del atardecer. No fueron los carros de suministros con sus ruedas chirriantes. Fue una línea de estandartes blancos y dorados que cortaron las dunas como cuchillos, avanzando con una velocidad antinatural.
—¡Jinetes! —gritó alguien desde la torre de vigilancia, antes de que una flecha le atravesara el cuello.
La Guardia de Marfil cargó contra el asentamiento sin trompetas ni advertencias. Solo el sonido atronador de los cascos sobre la piedra y el siseo de las flechas incendiarias que llovieron sobre las techumbres de paja.
—¡Al pozo seco! —gritó Neferet, el pánico inyectándole una fuerza repentina. Agarró a Tahar por el brazo, casi levantándolo en vilo—. ¡Corre! ¡Busca a Khepri y escondeos en el fondo!
El caos estalló con la violencia de una presa rota. Las chozas de paja y barro prendieron al instante, convirtiendo el aire en una sopa de humo negro y asfixiante. Los mineros corrían, tropezando entre ellos, cayendo bajo el acero curvo de los jinetes que llevaban máscaras de chacal. No pedían rendición. No buscaban esclavos. Estaban exterminando.
Neferet empujó a su hermano dentro de la estructura en ruinas de un antiguo granero de adobe, cuya parte trasera daba al pozo seco. —No salgas —le ordenó, sujetándole la cara con sus manos sucias. El niño temblaba violentamente—. No hagas ruido. No respires si están cerca. Prométemelo.
—Neferet, tú...
—¡Prométemelo! —le gritó, y lo empujó hacia la oscuridad antes de darse la vuelta.
Tenía que distraerlos. Tenía que alejarlos del granero.
Salió a la calle principal, tosiendo por el humo. Antes de que pudiera correr hacia las minas, una sombra se alzó sobre ella, bloqueando el sol poniente.
Un sacerdote-guerrero había desmontado. Su armadura de escamas blancas estaba inmaculada, un insulto brillante en medio de tanta suciedad y sangre. La máscara de Anubis que cubría su rostro no mostraba expresión, pero sus ojos, visibles a través de las rendijas, eran fríos como el abismo.
—La brasa arde —dijo el hombre. Su voz estaba distorsionada por la máscara, sonando metálica y hueca—. Huelo tu linaje, rata de mina. Apestas a dioses muertos.
Neferet retrocedió, buscando desesperadamente un arma. Sus dedos se cerraron alrededor de una piedra afilada en el suelo. El miedo le cerró la garganta, pero el calor en su hombro se intensificó hasta volverse agónico, irradiando hacia su brazo y su pecho. —Atrás —advirtió. Su voz no fue un grito de guerra, sino un gemido de terror.
El guardia avanzó con una desidia aterradora. Con un movimiento casi perezoso, le propinó un revés con el guantelete de bronce.
El golpe fue brutal. Neferet salió despedida, su cabeza rebotó contra la tierra dura. El mundo se volvió un borrón de luces y pitidos agudos. Sintió el sabor metálico de la sangre llenándole la boca, ahogándola.
Editado: 19.01.2026