La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 2: La Sed del Nilo

El desierto no perdona a los necios ni a los desesperados. El desierto cobra peaje por cada paso, y la moneda es siempre líquida.

Neferet llevaba tres días caminando hacia el norte, guiándose por la posición de un sol que parecía odiarla personalmente. Sus sandalias de cuero barato se habían desintegrado el primer día, dejando que la roca calcinada le abriera cortes profundos en las plantas de los pies. Ahora, cada paso dejaba una huella tenue y sanguinolenta sobre la arena.

Su lengua era un trozo de madera hinchada dentro de su boca. Había dejado de sudar hacía horas, una señal peligrosa de que su cuerpo ya no tenía nada más que ofrecer al calor.

—Mira, Neferet... agua —la voz de Tahar sonó clara a su izquierda.

Neferet giró la cabeza, con el cuello crujiendo por la rigidez. Vio a su hermano, impoluto, señalando un charco azul brillante entre dos dunas.

—No es real —graznó ella. Su voz sonaba como papel de lija rozando piedra—. Estás muerto, Tahar.

El niño parpadeó y su piel se convirtió en ceniza, desmoronándose con el viento. Neferet cerró los ojos y siguió caminando, tropezando con sus propios pies. Había sobrevivido chupando guijarros para generar saliva y bebiendo el rocío escaso que se acumulaba bajo las rocas al amanecer. Incluso había considerado beber su propia orina, pero su cuerpo estaba tan seco que no producía nada.

Al atardecer del tercer día, el olor a estiércol de camello golpeó su nariz antes de que sus ojos registraran la estructura.

No era un oasis. Era una "Casa de Postas" ilegal, un agujero excavado en la pared de un cañón seco, utilizado por contrabandistas de sal y esclavistas que querían evitar los impuestos del Nilo. Para Neferet, sin embargo, era el palacio más hermoso de la tierra.

Entró tambaleándose, envuelta en los jirones de su túnica minera, con el rostro cubierto de costras de sangre y polvo.

El interior estaba en penumbra, iluminado por lámparas de aceite que olían a grasa rancia. Hombres con cicatrices y miradas turbias bebían en silencio alrededor de mesas bajas. El aire era denso, pero más fresco que afuera.

Nadie se levantó para ayudarla. La miraron con la indiferencia con la que se mira a un perro sarnoso que entra a morir bajo techo.

Neferet se dejó caer cerca de la entrada, incapaz de dar un paso más. Sus rodillas golpearon el suelo de tierra batida. —Agua... —suplicó.

Un hombre sentado en una mesa cercana, solo, limpiándose las uñas con una daga de hoja ancha, la miró de reojo. Tenía el pelo castaño sucio y una barba de varios días, pero sus botas eran de cuero bueno, militar, y la forma en que estaba sentado —de espaldas a la pared, con vista a la puerta— delataba entrenamiento, no pereza.

—Lárgate a morir fuera, chica —dijo el hombre sin levantar la vista—. Apestas a carne quemada y vas a espantar a las moscas, que son los únicos clientes decentes de este lugar.

Neferet intentó levantarse, impulsada por la rabia, pero su cuerpo falló. Al caer de costado, la tela podrida de su túnica se deslizó por su hombro izquierdo, revelando la quemadura reciente del incendio y, justo en el centro, la cicatriz de nacimiento en forma de media luna.

El movimiento del hombre se detuvo.

Sus ojos, de un azul grisáceo frío y calculador, se clavaron en la marca. No hubo compasión en su mirada, sino un reconocimiento agudo, como el de un mercader que encuentra una moneda de oro en el barro.

Se levantó despacio, envainando la daga, y caminó hacia ella. Se agachó, agarrándola por el brazo sano con un agarre de hierro, y tiró de ella hacia arriba con brusquedad. —Esa marca... —murmuró cerca de su oído. Olía a vino barato y a acero viejo—. Sé lo que significa. Y sé quiénes la están buscando.

—Ayúdame... —susurró Neferet, aferrándose a su brazo para no caer—. Me persiguen...

El hombre soltó una risa breve y sin humor. —Si te persiguen, eres un problema. Los problemas traen a la Guardia, y la Guardia hace preguntas que no quiero responder.

La arrastró casi a la fuerza hacia su mesa y la empujó sobre un banco de madera. Llenó una copa de barro con agua de una jarra y la golpeó contra la mesa frente a ella. —Bebe. Rápido.

Neferet no esperó. Agarró la copa con ambas manos temblorosas y bebió con desesperación. El agua estaba tibia y sabía a limo, pero sintió cómo la vida volvía a sus venas. Tosió cuando el líquido golpeó su estómago vacío, pero siguió bebiendo hasta la última gota.

Cuando terminó, levantó la vista. El hombre la observaba, tamborileando los dedos sobre la empuñadura de su espada. —¿Por qué? —preguntó ella, limpiándose la boca con el brazo.

—Porque si te mueres aquí, la Guardia encontrará tu cadáver y quemará este lugar con todos nosotros dentro para borrar el rastro —respondió él con frialdad—. Me llamo Kaelen. Y tú eres un escudo humano o una moneda de cambio. Todavía no he decidido cuál me sale más rentable.

Neferet sintió un escalofrío. Este hombre no era un salvador. Era otro depredador en un desierto lleno de ellos. —No tengo nada —dijo ella, tensando los músculos, preparándose para correr si era necesario.

—Tienes una diana en la espalda —Kaelen se inclinó hacia adelante—. Y acabo de escuchar cascos a media legua. Tres carros. Doce hombres. Vienen rápido.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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