La respuesta de Kaelen no fue una invitación a la charla, sino una distracción. Antes de que el oficial pudiera procesar la insolencia, Kaelen pateó la mesa pesada de madera, lanzándola contra las piernas del guardia. El sonido de huesos crujiendo se mezcló con el vuelco de las jarras de barro.
—¡Corre hacia los establos! —rugió Kaelen, desenvainando su espada con un movimiento fluido que decapitó la lámpara de aceite más cercana, sumiendo la entrada en penumbra y fuego.
Neferet no necesitó que se lo dijeran dos veces. El dolor de sus pies se convirtió en un eco lejano frente al terror inmediato. Salió disparada por la puerta trasera, tropezando con barriles de cerveza rancia, hacia el corral improvisado donde un caballo negro, nervioso por el olor a humo, pateaba el suelo.
Kaelen apareció segundos después, limpiándose sangre ajena de la mejilla. Cortó la cuerda del animal y montó de un salto, tendiéndole la mano a Neferet con impaciencia. —¡Sube o te quedas!
Ella agarró su antebrazo y él la izó con fuerza bruta, sentándola detrás de él en la silla de montar. Neferet se aferró a su cintura, sintiendo el metal frío de su cota de malla y el olor a sudor rancio.
El caballo salió al galope hacia la noche, justo cuando las flechas de la Guardia de Marfil comenzaban a silbar a su alrededor.
La huida no fue heroica. Fue una tortura.
El caballo, cargando con dos personas, resoplaba espuma blanca mientras Kaelen lo obligaba a subir por las laderas pedregosas de los Montes del Silencio. El terreno era un rompecabezas de granito afilado y esquisto que destrozaba los cascos.
Atrás, en el valle plano, las antorchas de los tres carros de guerra se movían como luciérnagas furiosas. No podían subir, pero sus arqueros sí podían desmontar y rastrear.
—No vamos a lograrlo —jadeó Neferet. Cada zancada del animal enviaba una descarga de dolor a través de su cuerpo magullado. Su hombro ardía.
—Cállate y sujétate —gruñó Kaelen, mirando hacia atrás—. Los carros no pueden seguirnos aquí. Si llegamos al Desfiladero del Chacal, perderán el rastro en la roca viva.
—El caballo está cojeando —insistió ella.
Kaelen ignoró la advertencia, pero Neferet sintió cómo el ritmo del galope se rompía. El animal estaba al límite.
Llegaron a una bifurcación en el cañón. A la izquierda, el camino parecía subir hacia una cresta expuesta. A la derecha, una garganta estrecha se hundía en la oscuridad.
Kaelen tiró de las riendas, deteniéndose. El caballo temblaba violentamente. —Maldición —masculló el mercenario—. El mapa en mi cabeza decía que había un paso aquí. Esto es un callejón sin salida.
—Se acercan —susurró Neferet. El sonido de botas militares marchando sobre la piedra resonaba abajo, amplificado por la acústica del cañón.
Kaelen desmontó y sacó su espada. Miró a Neferet con esa frialdad calculadora del primer encuentro. —El caballo no puede más. Y tú me estás ralentizando.
Neferet vio en sus ojos que estaba considerando dejarla allí como señuelo. Retrocedió hasta tocar la pared fría del cañón. Su espalda rozó la piedra arenisca.
Y entonces, sucedió.
No fue una voz. Fue una vibración que le subió por la columna vertebral, un zumbido grave que le hizo castañear los dientes. La piedra no estaba muerta. Estaba recordando.
Aquí no, sintió Neferet. La sensación no eran palabras, sino impulsos. El camino está cerrado arriba. El refugio duerme abajo.
Miró hacia la pared de roca sólida a su derecha. A simple vista, era una superficie lisa. Pero el "calor" en su hombro tiraba hacia allí, como un imán.
—No subas —dijo Neferet. Su voz sonó extraña, resonante—. Nos verán en la cresta.
—¿Y qué sugieres? —espetó Kaelen, girándose hacia ella con impaciencia—. ¿Que volemos?
Neferet se separó de la pared y caminó hacia una grieta cubierta de espinos secos y sombras, a unos metros de donde estaban. —Aquí —señaló—. Hay aire saliendo de aquí. Aire frío.
Kaelen frunció el ceño y se acercó. Apartó los espinos con su espada. Detrás de la maleza, una fisura apenas lo suficientemente ancha para un hombre delgado se abría en la roca. No figuraba en ningún mapa que él conociera.
—¿Cómo sabías que esto estaba aquí? —preguntó, mirándola con sospecha.
—La piedra me lo dijo —respondió ella, sin pensar.
Kaelen la miró un segundo, evaluando su locura o su utilidad. El sonido de los guardias estaba ya en la curva anterior. —Adentro —ordenó, empujándola hacia la grieta—. Y olvídate del caballo. Él es su premio de consolación.
Se deslizaron por la fisura, raspándose la piel contra la roca áspera. El pasadizo descendía en espiral hacia las entrañas de la montaña. A medida que bajaban, el aire se volvía gélido y el ruido del exterior desaparecía, reemplazado por un silencio absoluto y pesado.
Desembocaron en una antecámara natural. Kaelen encendió una antorcha con un pedernal y un trozo de tela aceitada. La luz reveló que no era una cueva natural.
Estaban en un atrio. Columnas colosales, talladas directamente en la roca madre, sostenían un techo que se perdía en la oscuridad. Las estatuas no tenían rostros, habían sido borrados a cincel hace milenios, pero sus cuerpos eran humanoides, altos y delgados.
Editado: 19.01.2026