El sonido que siguió no fue un rugido, sino el siseo seco de piedra rozando contra piedra, amplificado por la acústica de la bóveda. De las vigas oscuras descendieron formas sinuosas, serpientes talladas en granito negro que se movían con una fluidez antinatural, como si la roca se hubiera vuelto líquida.
—Uraeus... —masculló Kaelen, retrocediendo paso a paso, con la espada en alto—. Se supone que son mitos para asustar a los ladrones de tumbas.
—Están despertando —susurró Neferet. Su hombro ardía tanto que sentía náuseas. No era solo calor; era una conexión. Sentía el hambre de las criaturas. Hambre de intrusos. Hambre de sangre—. Kaelen, no distinguen... ¡nos ven como enemigos!
Una de las serpientes de piedra se lanzó desde una columna. Kaelen rodó por el suelo, esquivando el impacto que pulverizó las losas donde había estado parado un segundo antes. El mercenario se puso en pie y lanzó un tajo contra el flanco de la criatura. El acero soltó chispas al chocar contra el granito, dejando apenas un rasguño blanco.
—¡A la salida! —gritó Kaelen—. ¡Mi acero no sirve aquí!
Pero la salida ya no era segura.
Voces humanas resonaron en la antecámara por donde habían entrado. El resplandor de antorchas blancas inundó el pasillo, proyectando sombras largas y deformes.
—¡Ahí están! —una voz autoritaria cortó el aire.
Tres guardias de marfil irrumpieron en el atrio, liderados por un sacerdote con una máscara de chacal más elaborada, adornada con hilos de oro. Malok.
El sacerdote se detuvo al ver la escena: el mercenario sucio, la chica acorralada y las bestias de piedra que se retorcían en las sombras. —Kaelen el Renegado —dijo Malok. Su voz era tranquila, aterradora en medio del caos—. Veo que has encontrado la entrada que mis mapas no mostraban. Siempre fuiste bueno encontrando ratoneras.
—Y tú siempre fuiste bueno enviando a otros a morir en ellas, Malok —respondió Kaelen, jadeando, manteniendo a una serpiente a raya con la antorcha.
—La chica —ordenó Malok, ignorando al mercenario—. Cogedla. Si las bestias de piedra se interponen, rompedlas. La magia del Faraón es más fuerte que estas reliquias olvidadas.
Los guardias avanzaron. Sus espadas brillaban con esa luz lechosa y mágica que Neferet había visto en la aldea. Cuando uno de los Uraeus atacó, el guardia no esquivó; golpeó. Su hoja cortó la piedra como si fuera arcilla húmeda, decapitando a la estatua viviente.
Neferet retrocedió hasta chocar contra un altar frío. Estaba atrapada. A su izquierda, Kaelen luchaba por mantener su posición. A su derecha, los guardias de marfil avanzaban, matando a los guardianes del templo con una facilidad insultante.
—Ven, pequeña chispa —dijo Malok, extendiendo una mano enguantada—. Tu sangre no pertenece a la tierra. Pertenece al cielo que vamos a construir.
El terror de Neferet se convirtió en pánico absoluto. Vio cómo un guardia derribaba a Kaelen de una patada y le ponía la espada en la garganta. Vio a Malok acercándose a ella.
No, gritó su mente. ¡NO!
No fue un hechizo consciente. Fue un estallido de rechazo. Neferet cerró los ojos y gritó, pero no con su voz. Gritó con su sangre.
La cicatriz de su hombro emitió un pulso de luz ámbar que iluminó la sala como un relámpago subterráneo.
La reacción fue catastrófica.
El templo no atacó a los guardias. El templo colapsó sobre todos.
Las columnas comenzaron a vibrar con una frecuencia que hacía sangrar los oídos. El techo, que había aguantado milenios, se agrietó. Las sombras de la sala se despegaron de las paredes, volviéndose sólidas, garras de oscuridad pura que barrían indistintamente a sacerdotes y escombros.
—¡¿Qué has hecho?! —rugió Kaelen, aprovechando la distracción para clavar su daga en la bota del guardia que lo amenazaba y rodar lejos.
Neferet cayó de rodillas, con las manos en la cabeza. Sangre caliente le goteaba de la nariz y de los oídos. El zumbido en su cabeza era ensordecedor. —¡No puedo pararlo! —gimió—. ¡Gritan demasiado fuerte!
Un bloque de techo del tamaño de un carro cayó justo donde había estado Malok, separando a los grupos con una cortina de polvo y roca.
—¡Vámonos! —Kaelen apareció a su lado, agarrándola por la túnica y levantándola en vilo. Tenía un corte feo en la frente que le cegaba un ojo con sangre—. ¡Si nos quedamos, nos entierras a todos!
Corrieron hacia la oscuridad, alejándose de la entrada, adentrándose más en las profundidades del complejo. Detrás de ellos, el estruendo del derrumbe selló el atrio. Los gritos de los guardias de marfil fueron silenciados por toneladas de roca.
Kaelen no se detuvo hasta que estuvieron en un pasillo estrecho y silencioso, lejos del polvo. Soltó a Neferet, y ella se desplomó contra la pared, temblando incontrolablemente, limpiándose la sangre de la cara.
El mercenario se dejó caer enfrente, respirando como un fuelle roto. La miró, pero no con admiración. La miró con miedo. —Casi nos matas —dijo Kaelen, tocándose la herida de la frente—. Eso no fue defensa, Neferet. Eso fue un suicidio masivo.
Editado: 19.01.2026