El túnel escupió a Neferet y Kaelen dos días después, no en el desierto abierto, sino en la ribera fangosa del Nilo, millas al sur de la ciudad. Salieron cubiertos de polvo de tumba y telarañas antiguas, parpadeando ante la luz grisácea del amanecer como topos desorientados.
Kaelen no dejó que Neferet descansara. La empujó hacia los cañaverales altos cuando vio pasar una patrulla fluvial. —Si te ven así, te degüellan —susurró, señalando su túnica hecha jirones—. Pareces una esclava fugada o una bruja del desierto. Ninguna de las dos cosas vive mucho tiempo en la orilla oeste.
Esperaron hasta la noche, tiritando en el barro, comiendo raíces de papiro crudas que sabían a tierra amarga. Cuando la luna se ocultó tras las nubes, Kaelen divisó su billete de entrada: una barcaza de carga, pesada y lenta, que transportaba bloques de caliza y pescado salado hacia la capital.
Nadaron en silencio. El agua del Nilo estaba fría y llena de corrientes traicioneras. Neferet casi se soltó de la borda dos veces, sus brazos agotados por la falta de comida, pero Kaelen la izó por el cuello de la túnica y la lanzó sobre los barriles de pescado podrido.
—No te quejes —le advirtió él antes de que ella pudiera abrir la boca—. El olor tapará tu rastro.
Tebas no era una ciudad; era una bestia de mil cabezas.
Desde la cubierta, escondida entre redes apestosas, Neferet vio los muros colosales. A la luz de las antorchas, los templos de los nobles brillaban con oro y lapislázuli, inmaculados. Pero a medida que la barcaza se adentraba en los canales del puerto comercial, el oro desaparecía.
El "Barrio de las Sombras", donde atracaron, era un laberinto de callejones estrechos donde los balcones de madera podrida casi se tocaban sobre las cabezas de los transeúntes. Aquí no olía a incienso sagrado; olía a orina, a especias quemadas y a desesperación.
Kaelen se movía por las calles con una familiaridad inquietante. Robó dos capas con capuchas de un tendedero sin romper el paso y le lanzó una a Neferet. —Cúbrete la cara. Y sobre todo, cúbrete los ojos. Si alguien ve ese color ámbar, te venderán al templo más cercano por tres monedas de cobre.
Neferet obedeció, pegándose a su sombra. —¿A dónde vamos? —susurró, esquivando a un mendigo que mostraba sus muñones.
—A buscar a alguien que no quiere ser encontrado —respondió Kaelen.
Se detuvieron frente a una puerta baja, reforzada con hierro, en un callejón sin salida detrás de un taller de curtidores. Kaelen no llamó. Dio una patada rítmica: dos golpes secos, una pausa, un golpe fuerte.
Una ventanilla se abrió, revelando un par de ojos inyectados en sangre. —La curtiduría está cerrada.
—Busco tinta fresca para un pergamino viejo —dijo Kaelen. Era un código. Neferet vio cómo los hombros del mercenario se tensaban, listo para sacar la daga.
La puerta se abrió con un chirrido.
El interior era un fumadero de opio, denso y sofocante. Hombres y mujeres yacían en esteras, perdidos en sueños inducidos por el humo dulce. Kaelen pasó por encima de ellos sin mirarlos, dirigiéndose hacia una escalera de caracol que descendía hacia la oscuridad, más allá de los cimientos de la ciudad.
—¿Quién vive ahí abajo? —preguntó Neferet, sintiendo que el aire se volvía más frío y húmedo.
—Un hombre que vio demasiado —dijo Kaelen—. Sethos fue el Sumo Escriba del Faraón anterior. Hasta que leyó el libro equivocado y el Faraón le arrancó los ojos para que no pudiera leer nunca más.
Llegaron a una cámara circular, excavada en la roca madre bajo el nivel del río. No había lujos. Solo estanterías infinitas talladas en la piedra, llenas de rollos de papiro que se deshacían con el tiempo, y un olor penetrante a moho y cera.
En el centro, sentado ante una mesa de piedra cubierta de mapas táctiles hechos con hilos y nudos, estaba él.
Sethos era un esqueleto envuelto en túnicas grises. Una venda de lino sucio cubría donde debían estar sus ojos. No se movió cuando entraron, pero su cabeza se inclinó ligeramente, como un pájaro escuchando a un gusano bajo la tierra.
—Pasos pesados de soldado... y pasos ligeros de alguien que camina con miedo —la voz de Sethos era rasposa, como papiro seco—. Kaelen. Hacía años que no traías tu peste a mi santuario.
—Necesito respuestas, viejo —dijo Kaelen, dejando caer su bolsa de viaje sobre la mesa—. Y necesito que sean rápidas.
—El tiempo es lo único que me sobra —Sethos sonrió, mostrando dientes amarillentos—. Pero a ti te queda poco. Hueles a sangre seca y a magia quemada.
El ciego giró la cabeza directamente hacia Neferet, aunque no podía verla. —Y traes contigo a algo que no debería existir. La chica... su corazón late con el ritmo de las piedras.
Neferet dio un paso atrás, instintivamente llevándose la mano al hombro. —¿Cómo...?
—La ceguera tiene sus ventajas, niña —Sethos se puso en pie, apoyándose en un bastón de madera negra—. Veo las vibraciones que el ojo ignora. Y tú vibras como una campana rajada.
Kaelen empujó a Neferet hacia la luz de la única vela. —Casi nos mata en las montañas. Hizo que un templo se derrumbara con un grito. Necesito saber qué es, Sethos. Y necesito saber cómo apagarlo antes de que nos entierre a todos.
Editado: 19.01.2026