La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 6: Pactos de Sangre

El "Camino de los Muertos" no era un nombre poético. Era una advertencia.

Los túneles, excavados bajo los cimientos más profundos de Tebas, no olían a tierra húmeda, sino a natrón, a resina de cedro rancia y a esa dulzura empalagosa de la carne preservada que se niega a convertirse en polvo. Era el alcantarillado espiritual de la ciudad, por donde sacaban los cuerpos de los apestados y los traidores que no merecían un funeral público.

Kaelen iba en vanguardia con la antorcha en alto, su otra mano blanca por la fuerza con la que apretaba la empuñadura de su espada. —Si nos detenemos, nos alcanzan —dijo, sin mirar atrás—. Y si corremos a ciegas, caeremos en un pozo de cal viva. Maldita sea tu suerte, viejo.

Sethos caminaba detrás de él, con una seguridad irritante para alguien que no tenía ojos. Golpeaba el suelo con su bastón negro en un ritmo constante: tac, tac, tac. —La suerte es para los necios, Kaelen. Esto es destino. Los túneles nos protegen porque los vivos les tienen miedo.

Neferet iba en medio, tiritando a pesar de que el aire era pesado y caliente. Se sentía sucia, cubierta del limo del río y del hollín del fumadero. —¿Qué buscan aquí abajo? —preguntó, su voz apenas un susurro que rebotó en las paredes estrechas—. ¿Por qué la Guardia no nos siguió de inmediato?

—Porque aquí abajo viven las mascotas fallidas de los sacerdotes —respondió Kaelen, deteniéndose ante una bifurcación—. Y porque saben que el hambre mata más despacio que el acero.

Kaelen se giró, clavando la antorcha en una grieta de la pared. Miró a Neferet y luego a Sethos. —Escuchadme bien. Estamos atrapados. Mis contactos en la superficie están quemados. No tengo comida, mi espada está mellada y cargo con un ciego y una niña que brilla en la oscuridad.

Se acercó a Neferet, invadiendo su espacio personal. Olía a sudor ácido y miedo reprimido. —Dame una razón para no dejaros aquí y buscar mi propia salida. Una sola razón que no sea "por favor".

Neferet tragó saliva. Quiso retroceder, pero la pared estaba fría contra su espalda. Recordó lo que Kaelen le había dicho en la posada: él no era un héroe. Era un inversor. —Porque sin mí, eres solo un desertor —dijo ella, encontrando una fuerza inesperada en su voz—. Conmigo... tienes la llave que el Faraón quiere. Si me entregas, te matarán para silenciarte. Si me ayudas a sobrevivir... puedes tener lo que sea que odias de ellos.

Kaelen entornó los ojos. Una sonrisa torcida, carente de humor, cruzó su rostro. —Venganza. Es una moneda mejor que el oro.

Sethos interrumpió el momento, golpeando el suelo con fuerza. —Guarden sus negociaciones para cuando estemos vivos. Algo viene. Y tiene muchas patas... o demasiados dientes.

Un chapoteo pesado resonó en la oscuridad del túnel derecho. Luego el sonido de garras raspando piedra, como cuchillos afilándose. Un gruñido bajo, gutural y húmedo, hizo vibrar el suelo.

Sebek-ka —masculló Sethos, retrocediendo—. Un Devorador del Nilo. Mitad hombre, mitad cocodrilo, todo hambre. La magia de los sacerdotes los hizo inmortales, pero les quitó el cerebro.

—¿Se puede matar? —preguntó Kaelen, poniéndose en guardia.

—No con ese mondadientes que llamas espada —dijo el escriba—. Su piel es más dura que el bronce. Si intentas cortarlo, te arrancará el brazo. Tenemos que aplastarlo.

—¿Aplastarlo con qué? —Kaelen miró el techo bajo de piedra—. No soy un gigante.

—Con la arquitectura —dijo Sethos, señalando el arco de piedra sobre sus cabezas. Tenía grietas profundas y antiguas—. Kaelen, eres el cebo. Neferet... tú eres el martillo.

—¿Yo? —Neferet miró sus manos vacías—. No sé cómo...

—¡No hay tiempo! —La bestia emergió de la sombras.

Era una pesadilla de escamas verdes y negras, de dos metros de altura, caminando sobre dos patas musculosas. Su hocico alargado goteaba saliva y restos de algo que Neferet prefirió no identificar. Al ver la luz de la antorcha, la criatura rugió, un sonido que era mitad bramido, mitad silbido.

—¡Hey, saco de escamas! —gritó Kaelen, golpeando su escudo contra la pared para hacer ruido—. ¡Aquí!

El Sebek-ka cargó. Era rápido, terriblemente rápido para su tamaño.

Kaelen esperó hasta el último segundo y rodó por el suelo, pasando entre las piernas de la bestia. La cola del monstruo golpeó el aire donde había estado su cabeza, rompiendo la piedra de la pared.

—¡Ahora, niña! —gritó Sethos—. ¡Empuja la piedra angular! ¡Con tu mente, con tu miedo, con lo que sea!

Neferet miró la piedra clave del arco, justo encima de la bestia. El miedo la paralizaba, pero la imagen de la criatura despedazando a Kaelen fue más fuerte. Cerró los ojos y buscó ese calor en su hombro. No pidió. Gritó en silencio.

¡Cae!

Sintió el tirón en su estómago. Un pulso invisible salió de ella, golpeando la piedra agrietada.

El arco cedió.

Toneladas de roca caliza se desplomaron sobre el Sebek-ka con un estruendo ensordecedor. El polvo llenó el túnel al instante, asfixiándolos.

Cuando el polvo se asentó, solo se veía una garra escamosa sobresaliendo de la pila de escombros, contrayéndose una última vez antes de quedar inmóvil.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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