El "Oasis de las Almas Perdidas" era una broma cruel de la geografía.
No había palmeras frondosas ni aguas cristalinas. Era una depresión de roca calcárea en medio de las dunas, donde un acuífero moribundo supuraba un agua salobre y llena de insectos. Las pocas plantas que crecían allí eran espinosas y grises, aferrándose a la vida con la misma desesperación que los tres fugitivos.
Neferet cayó de espaldas sobre la arena caliente, escupiendo sangre y polvo. El impacto le sacó el aire de los pulmones. Antes de que pudiera rodar para protegerse, la punta de la espada de madera —una rama de acacia endurecida al fuego— se detuvo a un centímetro de su garganta.
—Muerta —dijo Kaelen. No estaba jadeando. No estaba sudando. La miraba con una frialdad que dolía más que los golpes—. Otra vez.
—No puedo... —gimió Neferet, tocándose las costillas. Llevaban dos días en aquel agujero, y Kaelen no le había dado un momento de paz. Sus brazos pesaban como plomo y sus manos estaban llenas de ampollas reventadas por el mango del khopesh de práctica.
—¿Crees que a Malok le importa que estés cansada? —Kaelen retiró la espada y le dio una patada en la bota para que se levantara—. ¿Crees que el Faraón detendrá el ritual porque te duelen los pies? ¡Levántate!
Neferet se puso en pie tambaleándose. Odiaba a Kaelen en ese momento. Lo odiaba con una furia pura y caliente. —No soy un soldado —escupió ella, levantando su arma torpemente—. Soy minera. Sé picar piedra, no bailar con espadas.
—No quiero que seas un soldado. Los soldados mueren cumpliendo órdenes —Kaelen se puso en guardia, girando la muñeca con una soltura letal—. Quiero que seas una asesina. Los asesinos sobreviven.
Desde la sombra raquítica de un arbusto, Sethos escuchaba. Estaba machacando raíces amargas en un cuenco de piedra para hacer una pasta comestible. —La estás rompiendo, Kaelen —dijo el ciego sin levantar la cabeza—. Un arco demasiado tenso se parte antes de disparar la flecha.
—Si se rompe aquí, entonces no servía para lo que viene —respondió el mercenario sin apartar la vista de Neferet—. ¡Ataca!
Neferet gritó y se lanzó hacia adelante, descargando un golpe vertical con toda su fuerza. Era un golpe de ira, predecible y lento.
Kaelen ni siquiera parpadeó. Dio medio paso a la izquierda, dejó que el arma de ella pasara de largo y golpeó con el pomo de su espada en el riñón de Neferet. Ella cayó de rodillas con un grito ahogado.
—Predecible —dijo él, caminando alrededor de ella como un lobo—. Luchas con los ojos, Neferet. Miras mi espada, miras mis pies. Pero para cuando tus ojos le dicen a tu cerebro qué hacer, ya estás muerta.
—¡Entonces enséñame! —gritó ella, golpeando la arena con el puño—. ¡Deja de golpearme y enséñame!
Kaelen se detuvo frente a ella. Su sombra la cubrió. —Los Semsu Hor no aprendían. Ellos veían. Sethos me dijo que tu gente tenía el Ojo del Halcón. Podían ver el flujo del tiempo un segundo antes de que ocurriera.
Se agachó para quedar a su altura. —Voy a atacarte, Neferet. Y esta vez no voy a detenerme en tu garganta. Voy a golpearte hasta que te desmayes o hasta que veas.
—Estás loco...
—Estoy desesperado —Kaelen se levantó y retrocedió tres pasos—. Cierra los ojos.
—¿Qué?
—¡Cierra los malditos ojos! —rugió—. Tus ojos humanos te mienten. El miedo te ciega. ¡Escucha el aire! ¡Siente la intención!
Neferet cerró los ojos, temblando. Su corazón latía tan fuerte que resonaba en sus oídos. Escuchó el crujido de la arena bajo las botas de Kaelen. Escuchó el zumbido de una mosca. Y escuchó el silencio repentino cuando él se preparó para atacar.
Va a doler, pensó. El pánico subió por su garganta.
Y entonces, el calor en su hombro explotó.
No fue dolor esta vez. Fue como si alguien hubiera encendido una antorcha dentro de su cráneo. La oscuridad detrás de sus párpados se tiñó de ámbar. El sonido del viento se detuvo. El tiempo se volvió espeso, como melaza.
En su mente, vio una línea de luz roja dibujarse en el aire. Una trayectoria. Iba dirigida a su sien izquierda.
Agáchate, susurró su sangre.
Neferet se dejó caer al suelo medio segundo antes de que el aire silbara sobre su cabeza. La espada de Kaelen cortó el espacio vacío donde había estado su oreja.
Kaelen no se detuvo. Neferet vio otra línea roja. Una estocada al estómago.
Giró el torso. La madera rozó su túnica.
Otra línea. Un barrido a las piernas.
Saltó.
Abrió los ojos. El mundo volvió a su velocidad normal, golpeándola con el vértigo. Kaelen estaba parado frente a ella, con la espada bajada y la boca ligeramente abierta. Había fallado tres golpes seguidos contra una novata.
Neferet jadeaba, con las manos extendidas, viendo cómo el brillo dorado de sus palmas se desvanecía lentamente. —Lo vi... —susurró, mirando sus propias manos—. Vi dónde ibas a estar.
Sethos soltó una risa seca desde su rincón. —El Ojo del Halcón. La anticipación divina. No es magia, niña. Es memoria. Tu sangre recuerda cómo se mueve el mundo antes de que el mundo se mueva.
Editado: 19.01.2026