La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 8: Arenas Movedizas

El Desierto Rojo no se llamaba así por la poesía. Se llamaba así por el óxido de hierro que teñía la arena, dándole el aspecto de carne seca molida bajo un sol implacable.

Llevaban medio día caminando cuando el cielo cambió. No hubo nubes de tormenta progresivas. El azul pálido simplemente se rompió, volviéndose de un ocre enfermo en cuestión de minutos. El viento, que hasta entonces había sido un soplido constante, se detuvo en seco.

El silencio fue lo peor. Era un vacío acústico que presionaba los tímpanos.

—Mala señal —masculló Kaelen, deteniéndose y olfateando el aire. Se ajustó el pañuelo sucio sobre la nariz—. El aire huele a ozono. Y a tumba abierta.

Sethos, que iba agarrado al hombro de Neferet para no tropezar, levantó la cabeza bruscamente. —No es el clima, mercenario. Es un heka. Un hechizo de largo alcance. Nos han encontrado.

Antes de que Kaelen pudiera ordenar correr, el horizonte desapareció. Una pared de arena, más alta que las pirámides de Giza, se alzó frente a ellos, avanzando con un rugido que no sonaba a viento, sino a miles de voces gritando al unísono.

—¡Ataos! —gritó Kaelen, sacando una cuerda de fibra de palma de su mochila—. ¡Si nos separamos, morimos!

Intentó atar un extremo a su cintura y lanzar el otro a Neferet, pero la tormenta los golpeó antes de que pudiera hacer el nudo.

No fue solo viento. Fue un impacto físico, como si un gigante invisible les hubiera dado un empujón. La arena golpeaba con la fuerza de perdigones. Neferet cayó de rodillas, cegada al instante.

—¡Sethos! —gritó ella, tanteando a su alrededor. Sintió la tela basta de la túnica del escriba y se aferró a ella con desesperación.

—¡El suelo! —la voz de Kaelen apenas se oía sobre el estruendo—. ¡El suelo se está abriendo!

Neferet activó el "Ojo del Halcón" por puro reflejo de pánico. El mundo se tiñó de ámbar y líneas rojas. Lo que vio la heló más que el viento.

Bajo sus pies, la estructura de la realidad se estaba deshaciendo. La arena no se movía por el viento; estaba siendo succionada hacia abajo. Un vórtice de arenas movedizas, provocado mágicamente, se abría justo debajo de ellos, una boca negra hambrienta de tres metros de ancho.

—¡Salta! —gritó ella, intentando empujar a Sethos hacia terreno firme.

Pero el anciano era lento, y la arena era traicionera. El borde del vórtice cedió bajo los pies del escriba. Sethos resbaló sin un grito, desapareciendo en el remolino de tierra.

—¡NO! —Neferet se lanzó hacia adelante, agarrando la mano huesuda del anciano en el último segundo.

El peso de Sethos tiró de ella. Neferet clavó los pies, pero la arena fluía como agua. Se estaba deslizando hacia el abismo.

—¡Suéltalo! —La mano de Kaelen se cerró sobre el tobillo de Neferet. El mercenario estaba clavado en una roca sólida que asomaba en la arena, usando su propio cuerpo como ancla—. ¡Neferet, suéltalo o te arrastrará! ¡No puedes salvarlo!

Neferet miró hacia abajo, al rostro vendado de Sethos, que colgaba sobre la oscuridad. Y luego miró a Kaelen, que la sostenía con los dientes apretados, sus músculos tensos al límite.

Era la elección del soldado: salvarse a uno mismo o arriesgarlo todo.

—Hicimos un pacto —susurró ella entre la arena y el viento.

En lugar de soltar a Sethos, Neferet usó su otra mano para intentar agarrarse a la roca, pero el vórtice rugió con una nueva oleada de poder. La roca donde Kaelen se apoyaba se resquebrajó.

Kaelen maldijo y tiró con todas sus fuerzas, pero la física era implacable. El suelo entero bajo Neferet colapsó.

—¡Kaelen, suéltame! —gritó ella, dándose cuenta de que lo iba a arrastrar a él también.

El mercenario la miró a los ojos un segundo eterno. Vio su determinación. Y por primera vez, hizo algo que iba en contra de todos sus instintos de supervivencia. No la soltó. Fue el suelo el que lo traicionó. La roca se partió y el ancla desapareció.

Pero en el último segundo, una ráfaga de viento ascendente, o quizás un último reflejo del guerrero, lo lanzó hacia un lado, fuera del radio del pozo, mientras su mano resbalaba del tobillo de Neferet.

—¡NEFERET!

El grito de Kaelen fue lo último que escuchó antes de que la oscuridad se la tragara. Ella y Sethos cayeron juntos, girando en un torbellino de arena y piedras, hacia las entrañas de un mundo olvidado.

La caída pareció durar horas, aunque fueron segundos. Golpearon una pendiente de arena acumulada que amortiguó el impacto final, haciéndolos rodar hasta detenerse en un suelo de piedra fría.

El silencio que siguió fue absoluto.

Neferet tosió, escupiendo tierra, y se incorporó dolorida. Todo estaba negro como la brea. —¿Sethos? —su voz temblaba.

Unos metros más allá, escuchó el sonido de alguien arrastrándose y el clac de un hueso encajándose o rompiéndose. —Estoy... aquí —la voz del escriba era un gemido de dolor—. Vivo. Sorprendentemente.

Neferet tanteó en su cinturón. Había perdido su odre de agua. Había perdido la capa. Pero la daga de Kaelen seguía allí. Y, más importante aún, su sangre seguía ardiendo.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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