La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 9: El Espejismo de la Esperanza

La oscuridad en Irem no era simplemente la ausencia de luz; era una entidad física, pesada y pegajosa como el alquitrán.

Neferet rasgó una tira de su propia túnica para atar la tablilla improvisada —un trozo de basalto plano— a la pierna de Sethos. El anciano siseó de dolor entre dientes apretados, con la frente perlada de sudor frío. El hueso de su espinilla no había perforado la piel, pero el ángulo era incorrecto, hinchado y amoratado bajo la venda sucia.

—Si gritas, te dejo aquí —dijo Neferet, repitiendo las palabras que Kaelen le había dicho días atrás. Pero su tono carecía de la crueldad del mercenario; solo había miedo y urgencia.

—Si grito... —jadeó Sethos, con una sonrisa mueca— es porque estoy vivo. Preocúpate cuando deje de quejarme, niña.

Neferet lo ayudó a ponerse en pie. Sethos se apoyó pesadamente en ella, usando su hombro como muleta humana, mientras su mano libre tanteaba el aire con la daga de Kaelen, que Neferet le había dado para defenderse.

—¿Hacia dónde? —preguntó ella. La luz dorada que emanaba de su piel apenas iluminaba tres metros a su alrededor. Más allá, las columnas colosales se perdían en una negrura absoluta.

Sethos inclinó la cabeza, escuchando el silencio. —El aire se mueve hacia el sur. Hay una corriente. Donde hay aire, hay salida... o al menos, hay pulmones respirando. Vamos hacia el sur.

Caminaron durante horas. O quizás días. En la ciudad subterránea, el tiempo no existía. Solo existía el sonido de sus pasos arrastrados y el eco distante de piedras cayendo en algún lugar lejano, recordándoles que tenían toneladas de desierto sobre sus cabezas.

La arquitectura de la ciudad era opresiva. No había puertas ni ventanas, solo arcos geométricos imposibles y superficies lisas de obsidiana que parecían absorber el sonido. Neferet sentía que las estatuas sin rostro la miraban. Sentía ojos en su nuca, dedos fríos rozando su pelo.

Entonces, el olor la golpeó.

No olía a polvo ni a tumba. Olía a pan. Pan caliente, recién horneado con miel y dátiles. Y humo de madera de acacia. Y el aroma inconfundible del guiso de lentejas que su madre solía hacer.

Neferet se detuvo en seco, sus fosas nasales dilatándose. —¿Hueles eso? —susurró.

Sethos se tensó a su lado. —Huelo ozono y piedra mojada. ¿Qué hueles tú?

—Comida... —el estómago de Neferet rugió violentamente, un espasmo doloroso—. Huelo mi casa.

—Neferet, detente —advirtió Sethos, clavando sus dedos en el brazo de ella—. No es real. Aquí abajo no hay cocinas.

Pero Neferet ya no lo escuchaba. Delante de ellos, en la oscuridad, una luz cálida y naranja parpadeó. No era el brillo frío de su magia, ni el fuego de una antorcha. Era la luz de un hogar.

—Tahar... —murmuró ella.

Soltó a Sethos, dejándolo tambalearse, y caminó hacia la luz.

Al cruzar un arco de piedra, el mundo cambió. La ciudad de basalto desapareció. De repente, estaba de pie en la plaza de su aldea. El sol brillaba alto y claro. Los niños corrían entre las chozas intactas. Vio a su vecino, el viejo Hori, tejiendo cestas.

Y allí, sentado frente a su choza, estaba Tahar. Estaba sano. Sus mejillas estaban llenas, no hundidas por el hambre. Reía mientras jugaba con una figura de madera.

—¡Tahar! —Neferet corrió hacia él. Las lágrimas brotaron de sus ojos, calientes y reales. El dolor de sus pies desapareció. La sed desapareció.

—¡Neferet! —El niño levantó la vista y sonrió. Una sonrisa perfecta, sin miedo—. Llegas tarde a comer. Mamá ha hecho pan dulce.

Ella cayó de rodillas frente a él, extendiendo las manos para tocar su cara. Todo era tan vívido: el calor del sol en su espalda, el grano de la madera en la puerta, el olor a vida.

—Pensé que te había perdido... —sollozó ella—. Pensé que habíais muerto en el fuego.

—Nadie muere aquí —dijo Tahar, tomando su mano. Su piel era suave—. Quédate, Neferet. Deja la espada. Deja el dolor. Si te quedas, el sol nunca se pone.

Neferet sintió una paz abrumadora. Podía quedarse. Podía sentarse allí y olvidar a Kaelen, al Faraón, a la sangre dorada. Podía ser solo una chica otra vez.

—¡NEFERET! —La voz de Sethos irrumpió en el paraíso como un trueno discordante.

Neferet giró la cabeza. No vio a Sethos. Vio una sombra borrosa en el borde de la aldea, una mancha de tinta en el cuadro perfecto.

—¡Cierra los ojos! —gritaba la voz del escriba, lejana y distorsionada—. ¡Te están digiriendo!

—No lo escuches —dijo Tahar, apretando su mano con fuerza. Demasiada fuerza para un niño—. Él quiere que vuelvas a la oscuridad. Él quiere que sufras.

Neferet miró a su hermano. Sus ojos... había algo mal en sus ojos. Eran demasiado brillantes. No tenían profundidad. Eran espejos planos.

El Ojo del Halcón, pensó ella. Kaelen le había dicho que viera la intención, no la imagen.

Cerró los ojos con fuerza, luchando contra la seducción de la felicidad.

—¡Abre los ojos, hermana! —chilló la voz de Tahar, que de repente sonó como dos piedras frotándose.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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