La corriente de aire los guio fuera del laberinto de obsidiana hasta una cornisa natural que colgaba sobre el vacío.
Neferet se detuvo, sintiendo que el aliento se le congelaba en la garganta. Ante ella, iluminada por el resplandor fosforescente de hongos gigantes que crecían en las paredes de la caverna, se extendía la metrópolis muerta.
Irem no había sido construida bloque a bloque como Tebas o Menfis. Había sido tallada. Torres en espiral, unidas por puentes de cristal fracturado, colgaban de estalactitas colosales como nidos de avispas petrificados. No había estatuas de dioses con cabezas de animales. Las figuras talladas aquí eran humanoides, pero alargadas, con rostros serenos y terribles que miraban hacia el abismo sin fondo sobre el que flotaba la ciudad.
—Descríbelo —pidió Sethos, apoyándose pesadamente en su hombro. Su respiración era superficial; la fiebre de la pierna rota empezaba a quemarlo.
—Es... imposible —susurró Neferet—. Edificios que cuelgan del techo. Puentes de cristal negro. Y silencio. Un silencio que pesa.
Sethos asintió, una sonrisa triste curvando sus labios agrietados. —Zep Tepi. El Primer Tiempo. Estás viendo la cuna de tu sangre, Neferet. Y también su tumba.
Descendieron por una rampa de caracol, ancha lo suficiente para que marcharan diez hombres en fila. Neferet mantenía la daga de Kaelen en la mano, pero la ciudad parecía desierta. No había guardias, ni sombras devoradoras, solo el polvo de milenios cubriendo el suelo como nieve gris.
Llegaron a una plaza central dominada por una estructura que no era un templo, sino una fragua. Yunques de un metal que no se había oxidado en cinco mil años se alineaban bajo arcos de piedra.
Neferet se acercó a un relieve en la pared. A diferencia de los jeroglíficos egipcios, estos no estaban pintados. Estaban grabados con una precisión láser. Mostraban a hombres y mujeres —los Semsu Hor— vertiendo su propia sangre en moldes, creando herramientas, luces y estructuras.
Y luego, el siguiente panel mostraba la traición.
Hombres más pequeños, armados con lanzas de cobre y piedras, degollando a los gigantes mientras dormían. Bebiendo su sangre. Robando sus secretos.
—Nos mataron... —dijo Neferet, pasando los dedos por la piedra fría—. No en una guerra. Nos asesinaron en nuestras camas.
—La envidia es el veneno más antiguo —dijo Sethos, sentándose en un bloque de piedra para aliviar su pierna—. Los hombres querían el poder de los Semsu Hor, pero no querían su sabiduría. Robaron la magia, pero no pudieron controlarla. Por eso tu sangre es inestable, Neferet. Porque el mundo olvidó cómo contenerla.
—¿Y para qué sirve esta sangre entonces? —preguntó ella con amargura, mirando el brillo tenue de su piel—. ¿Solo para destruir templos y atraer monstruos?
—Sirve para abrir lo que fue cerrado —Sethos señaló con su bastón hacia una puerta inmensa al fondo de la fragua. Estaba sellada con un metal negro, veteado de líneas plateadas—. Esa es la Armería del Cielo. El Faraón ha enviado expediciones aquí durante siglos. Han intentado abrir esa puerta con picos, con fuego, con magia negra. Pero el metal no cede ante ladrones.
Neferet caminó hacia la puerta. Sentía el zumbido en sus dientes. El metal la llamaba. No era una voz, era una resonancia magnética.
—¿Qué hay dentro?
—El Hierro del Cielo —respondió Sethos—. Metal forjado con la sangre de tus ancestros y meteorito frío. Metal que puede cortar la magia como si fuera seda. Si vas a enfrentarte al Faraón, Neferet, necesitas algo más que una daga robada. Necesitas tu herencia.
Neferet puso la mano sobre la puerta. El metal estaba helado, pero al contacto con su palma, se calentó instantáneamente. Las líneas plateadas se encendieron, brillando con el mismo tono ámbar que sus ojos.
Un mecanismo profundo, enterrado en la roca, giró con un estruendo que sacudió el polvo del techo.
La puerta se abrió.
El interior no era una sala del tesoro llena de oro. Era funcional, espartana. Estanterías vacías se alineaban en las paredes. Los saqueadores debían haber entrado por otros medios en el pasado, o quizás el tiempo lo había corroído todo.
Pero en el centro, sobre un pedestal de obsidiana intacto, quedaba una sola arma.
No era una espada recta. Era un khopesh, una espada hoz, pero de un diseño brutal y elegante. La hoja era negra como la noche sin luna, con un filo que parecía atrapar la poca luz que había y no soltarla. No tenía joyas. No tenía adornos. Era una herramienta para matar dioses.
Neferet se acercó. Al agarrar la empuñadura, no sintió el peso del metal. Sintió que el arma se convertía en una extensión de su brazo. Un pulso de energía recorrió su cuerpo, limpiando el cansancio, aclarando su mente. El dolor de sus pies desapareció.
—Está... viva —susurró, dando un tajo al aire. El arma emitió un zumbido grave, cortando el silencio.
—Es un conductor —dijo Sethos desde la entrada—. Tu sangre es la energía. Esa espada es el cable. Con ella, no tendrás que gritar para derrumbar muros. Podrás dirigir el golpe.
Neferet envainó el khopesh en un tahalí de cuero podrido que encontró en el suelo, ajustándolo a su cintura. Se sentía diferente. Más pesada, pero más sólida. Ya no era una víctima huyendo.
Editado: 19.01.2026