La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 11: El Juicio de Anubis

El corazón de la ciudad subterránea no olía a polvo, sino a ozono y a carne quemada hace milenios. Neferet se detuvo ante un arco de obsidiana que vibraba con una frecuencia tan baja que le hacía castañear los dientes. En el dintel, la figura de un hombre con cabeza de chacal sostenía una balanza.

—Para pasar —dijo Sethos, que se había quedado atrás en las sombras—, no debes ser pura. Debes ser verdadera. Anubis no busca santos, busca corazones que no se rompan bajo el peso de la verdad.

Neferet entró sola. El espacio interior era una esfera de oscuridad absoluta donde el suelo parecía flotar sobre un abismo de estrellas. En el centro, una figura colosal de luz negra se materializó. No era un dios de madera y oro como los de los templos de la superficie; era una presencia que devoraba la luz.

—Hija de la Ciudad del Silencio —la voz de la entidad no entró por sus oídos, sino que retumbó en su médula espinal—. Traes las manos manchadas de la sangre de los guardias y el alma cargada de la ceniza de tus hermanos. ¿Vienes a pedir justicia o vienes a pedir venganza?

—Vengo por lo que es mío —respondió Neferet, aunque sus piernas temblaban—. Vengo a reclamar el hierro para matar a un Faraón.

—La venganza es un fuego que consume al que lo porta —la balanza apareció frente a ella. En un plato, una pluma de luz blanca. El otro plato esperaba—. Pon tu corazón en la balanza, Neferet. Muéstrame qué es lo que más deseas.

Neferet cerró los ojos. Por un instante, quiso desear que su aldea volviera. Quiso desear que Tahar estuviera vivo. Pero la voz de Kaelen resonó en su mente: “La rabia es para quemar chozas, el hielo es para ganar guerras”.

Ella extendió su mano dorada y, en lugar de un órgano físico, una llama ámbar se desprendió de su pecho y se posó en la balanza.

La balanza osciló violentamente. Neferet vio visiones de lo que sería si ganara: se vio a sí misma sentada en un trono de sombras, con Malok encadenado a sus pies, ejecutando a cada hombre que alguna vez la miró con desprecio. Vio el Nilo teñido de rojo.

—Eso es lo que temes ser —dijo la entidad—. Ahora muéstrame quién elijes ser.

Neferet apretó los dientes. Recordó a los mineros olvidados, a los esclavos que morían de sed mientras el oro viajaba a Tebas. Recordó que ella no era una reina, sino una superviviente.

—No deseo un trono —susurró ella, y la llama en el plato de la balanza cambió de un rojo furioso a un blanco cegador—. Deseo ser el fin de las cadenas. Deseo que el sol no pertenezca a un solo hombre.

La balanza se detuvo. El equilibrio perfecto.

La entidad de Anubis se disolvió en una neblina de arena negra. El suelo de la esfera se abrió, revelando un altar de piedra blanca. Sobre él descansaba un khopesh hecho de un metal que no era de la tierra; era negro, veteado de líneas plateadas que pulsaban como relámpagos atrapados. El Hierro del Cielo. Junto a él, una pechera de escamas de bronce antiguo que brillaba con una luz propia.

—Has pesado tu propósito y no has sido hallada falta de peso —la voz de la entidad se desvanecía—. Toma el acero, Caminante de Sombras. Pero recuerda: el hierro que no se dobla, se rompe.

Neferet caminó hacia el altar. Al cerrar los dedos sobre la empuñadura del arma, una descarga de energía recorrió sus brazos, soldando su voluntad al acero. Ya no sentía cansancio. Ya no sentía miedo.

Salió de la cámara con el arma en la mano. Sethos la esperaba, su rostro ciego iluminado por el fulgor del arma negra.

—Lo has logrado —dijo el escriba—. Pero el juicio no ha terminado. Kaelen ha caído en el flanco norte. La Guardia lo tiene. Malok sabe que estás aquí, Neferet. Y lo usará a él para que tú misma le entregues la llave.

Neferet alzó el khopesh negro. La luz del arma se reflejó en sus ojos, que ahora eran puramente dorados. —Malok cree que Kaelen es mi debilidad —dijo ella, y su voz tenía el filo del metal nuevo—. Pero ahora soy yo quien tiene el juicio en mis manos.

El capítulo terminó con el sonido de los tambores de la Guardia de Marfil resonando en las bóvedas de la ciudad perdida. La cacería se había invertido.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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