La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 12: Acero y Magia

El eco de los tambores los guio como un hilo en la oscuridad. Sethos, apoyado en su bastón, olfateaba el aire con la cabeza inclinada hacia el techo de la ciudad muerta. —Al norte. Bajo la vieja fragua. Oigo los goznes de una jaula, y el aliento de demasiados hombres respirando con miedo.

Neferet no necesitó más indicaciones. El khopesh negro tiraba de su brazo con una voluntad propia, como si el metal también hubiera oído los tambores y quisiera responder a ellos.

Encontraron a Kaelen en una cámara secundaria, encadenado a un pilar de basalto. Una docena de Guardias de Marfil custodiaba la entrada mientras dos sacerdotes menores le arrancaban tiras de piel del antebrazo, buscando bajo la carne la esquirla de marfil que probaría su iniciación en alguna orden que ya no existía. Kaelen no gritaba. Tenía los dientes apretados y los ojos cerrados, la sangre corriéndole por la muñeca hasta el codo.

—Doce —contó Sethos en un susurro, con la cabeza ladeada—. Trece, contando al que vigila la puerta.

—Es suficiente —dijo Neferet.

No hubo plan. No hubo estrategia susurrada entre las sombras. Caminó hacia la luz de las antorchas y dejó que la vieran.

—¡La bruja! —gritó el guardia de la puerta, desenvainando.

Neferet levantó el khopesh. Por primera vez desde que lo había reclamado en la Armería del Cielo, dejó de contenerlo. El Hierro del Cielo respondió con un aullido de luz dorada que llenó la cámara como un segundo sol encendiéndose bajo tierra.

Los primeros tres guardias no llegaron a levantar sus armas. El arco de la hoja negra los atravesó como si fueran humo, y donde tocaba la carne, la carne ardía con un fuego que no dejaba ceniza, solo silencio. Neferet se movía distinto a como lo hacía en el entrenamiento con Kaelen: ya no anticipaba los golpes con el Ojo del Halcón, los recibía y respondía en el mismo instante, como si el tiempo se hubiera vuelto negociable para ella y solo para ella.

—¡Formación! —gritó uno de los sacerdotes menores, retrocediendo hacia los sacos de grano apilados contra la pared—. ¡Es solo una chica!

—Ya no —dijo Sethos desde las sombras, con una sonrisa amarga que nadie pudo ver.

Un guardia logró clavarle una lanza en el costado. Neferet sintió el impacto, pero el dolor llegó tarde, amortiguado, como si su cuerpo hubiera decidido posponerlo para más tarde. Giró, cortó, y el hombre cayó junto a sus compañeros. El khopesh cantaba con cada golpe, y con cada golpe, Neferet sentía que algo en su interior se vaciaba un poco más, un pozo del que estaba sacando agua más rápido de lo que se llenaba.

El último guardia, el que sostenía las cadenas de Kaelen, dudó entre luchar o huir. Eligió mal.

Cuando cayó, Neferet se giró hacia el pilar de basalto y de un solo tajo cortó las cadenas como si fueran hilo de coser. Kaelen se derrumbó hacia adelante, y ella lo sostuvo, sintiendo por primera vez el peso completo de lo que le estaba costando mantenerse en pie.

—Tarde… —masculló Kaelen, con la voz rota, mirándola con una mezcla de alivio y terror—. Como siempre.

—Cállate —dijo ella, sin poder evitar una sonrisa temblorosa—. Te estoy salvando.

Fue entonces cuando una de las estatuas humanoides y alargadas que flanqueaban la vieja fragua —testigos mudos desde antes de que existiera el primer faraón— comenzó a agrietarse. El eco del combate, sumado al pulso descontrolado del khopesh, había resquebrajado los cimientos milenarios de la sala.

—¡Sethos, el techo! —gritó Neferet, cargando el peso de Kaelen sobre sus hombros.

—¡Ya lo veo, niña, no hace falta que grites! —el escriba ciego ya corría hacia la salida, con una agilidad que desmentía su edad y su pierna mal curada.

La estatua se desplomó con el estruendo de una montaña partiéndose, sepultando a los últimos guardias supervivientes bajo toneladas de piedra sagrada.

El estruendo del colapso dejó un silencio antinatural, roto solo por el siseo del polvo asentándose y los quejidos ahogados de los hombres sepultados. La nube de piedra caliza era tan densa que Neferet no podía ver sus propias manos, pero sentía el peso del aire como si tuviera el Iteru sobre sus pulmones.

Intentó ponerse en pie, pero sus piernas cedieron. El khopesh negro, que hace un momento vibraba con una ligereza divina, ahora pesaba cien libras. Un dolor punzante, como agujas de cristal, le recorrió los nervios desde la muñeca hasta el hombro.

—Neferet… —la voz de Sethos llegó desde la oscuridad, cargada de una urgencia que ella nunca le había oído—. ¡Levántate! La montaña ha despertado y los que vienen no se detendrán a rezar ante los muertos.

Neferet se obligó a gatear hacia donde Kaelen yacía. Sus ojos le ardían; al limpiarse el rostro, vio que sus dedos estaban manchados de una sangre oscura y espesa que le brotaba de los lagrimales. El precio del “Hierro del Cielo” se cobraba en carne.

—Kaelen… —susurró, alcanzando el cuerpo del guerrero.

Él estaba vivo, pero apenas. La tortura de Malok y el impacto de la caída lo habían dejado en un estado de shock semiconsciente. Sus ojos azules estaban fijos en el techo, desenfocados, y su respiración era un silbido corto y húmedo.

—Déjame… —logró articular Kaelen. Su mano buscó la de ella, pero no para sostenerla, sino para empujarla—. No… puedes cargar conmigo… y con esa espada. Vete.

—Hicimos un pacto —respondió ella, apretando los dientes mientras pasaba el brazo del guerrero por encima de sus hombros.

El esfuerzo le arrancó un grito de dolor. Sentía que su columna se iba a partir. Cada centímetro de su piel, donde la luz dorada había brillado, ahora se sentía como una quemadura de sol en carne viva.

—¡Por aquí! —Sethos golpeaba su bastón contra una pared de roca que parecía sólida—. El aire se mueve. Hay una grieta de ventilación que sube hacia los acantilados del este. Es estrecha, Neferet. Si la Guardia nos alcanza allí, moriremos como ratas en un agujero.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 21.07.2026

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