La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 12: Acero y Magia

El estruendo del colapso de la estatua de Anubis dejó un silencio antinatural, roto solo por el siseo del polvo asentándose y los quejidos ahogados de los hombres sepultados. La nube de piedra caliza era tan densa que Neferet no podía ver sus propias manos, pero sentía el peso del aire como si tuviera el Nilo sobre sus pulmones.

Intentó ponerse en pie, pero sus piernas cedieron. El khopesh negro, que hace un momento vibraba con una ligereza divina, ahora pesaba cien libras. Un dolor punzante, como agujas de cristal, le recorrió los nervios desde la muñeca hasta el hombro.

—Neferet... —la voz de Sethos llegó desde la oscuridad, cargada de una urgencia que ella nunca le había oído—. ¡Levántate! La montaña ha despertado y los que vienen no se detendrán a rezar ante los muertos.

Neferet se obligó a gatear hacia donde Kaelen yacía. Sus ojos le ardían; al limpiarse el rostro, vio que sus dedos estaban manchados de una sangre oscura y espesa que le brotaba de los lagrimales. El precio del "Hierro del Cielo" se cobraba en carne.

—Kaelen... —susurró, alcanzando el cuerpo del guerrero.

Él estaba vivo, pero apenas. La tortura de Malok y el impacto de la caída lo habían dejado en un estado de shock semiconsciente. Sus ojos azules estaban fijos en el techo, desenfocados, y su respiración era un silbido corto y húmedo.

—Déjame... —logró articular Kaelen. Su mano buscó la de ella, pero no para sostenerla, sino para empujarla—. No... puedes cargar conmigo... y con esa espada. Vete.

—Hicimos un pacto —respondió ella, apretando los dientes mientras pasaba el brazo del guerrero por encima de sus hombros.

El esfuerzo le arrancó un grito de dolor. Sentía que su columna se iba a partir. Cada centímetro de su piel, donde la luz dorada había brillado, ahora se sentía como una quemadura de sol en carne viva.

—¡Por aquí! —Sethos golpeaba su bastón contra una pared de roca que parecía sólida—. El aire se mueve. Hay una grieta de ventilación que sube hacia los acantilados del este. Es estrecha, Neferet. Si la Guardia nos alcanza allí, moriremos como ratas en un agujero.

Empezaron a moverse. Fue una procesión lamentable. Neferet arrastraba a Kaelen, cuya bota muerta raspaba el suelo con un sonido rítmico que parecía gritar su ubicación a los perseguidores. Sethos abría camino, usando su oído para evitar los escombros más grandes.

Detrás de ellos, el eco de botas metálicas resonó en la antecámara. Los refuerzos de la Guardia de Marfil habían llegado. No eran dos o tres; eran docenas.

—¡Ahí están! ¡Matad a la bruja! —el grito de un oficial rebotó en las paredes.

Una flecha silbó en la oscuridad y se clavó en el hombro de la estatua caída, a centímetros de la cabeza de Neferet.

—¡Corre! —rugió Sethos.

Neferet intentó invocar de nuevo la luz del khopesh, pero su cuerpo se negó. Su sangre no respondió. Solo sintió un calambre violento que la hizo vomitar bilis amarga. La magia la había abandonado, dejándola con nada más que sus músculos humanos y su voluntad.

Se internaron en la grieta. Era un pasadizo asfixiante, apenas lo suficientemente ancho para que Neferet pasara cargando a Kaelen de costado. El roce de la roca contra sus heridas hacía que el guerrero soltara gemidos de agonía que desgarraban el corazón de Neferet.

—Un poco más... —se decía a sí misma, con la visión nublada por las lágrimas y el sudor—. Solo un paso más.

El oficial de la Guardia llegó a la entrada de la grieta. Era un hombre joven, con los ojos encendidos por el fanatismo. Al ver que no podía entrar con su armadura pesada, se despojó del pectoral de bronce y se lanzó al túnel solo con su espada corta.

—¡No escaparás, simiente de sombras! —gritó el guardia, acortando distancias. Estaba a solo tres metros de ellos.

Sethos se detuvo y se giró, interponiéndose entre Neferet y el perseguidor. —Sigue avanzando, niña. Saca al guerrero a la luz.

—¡Sethos, no!

—¡Vete! —el ciego alzó su bastón de madera oscura. No usó hechizos espectaculares. Simplemente bloqueó el túnel con su cuerpo frágil, convirtiéndose en un obstáculo de carne y hueso.

Neferet no miró atrás. No podía permitirse el lujo de la piedad o el sacrificio. Arrastró a Kaelen por la pendiente ascendente, sintiendo cómo el aire se volvía más fresco, más limpio. El olor a ozono fue reemplazado por el aroma de la arena caliente y la noche del desierto.

Finalmente, la grieta se abrió a una cornisa rocosa, alta sobre el cañón. Neferet colapsó sobre la piedra fría, soltando a Kaelen. Sus pulmones ardían y su corazón latía con una arritmia aterradora.

Miró hacia la grieta. Segundos después, Sethos emergió, tambaleándose. Tenía un corte sangriento en el brazo y su venda blanca estaba desgarrada, pero seguía vivo. Había usado la estrechez del túnel para golpear al guardia en la oscuridad, aprovechando que para él, la falta de luz no era una desventaja.

—No vendrán más por ahora —dijo Sethos, dejándose caer al suelo. Su voz era un hilo—. Tienen miedo de este lado de la montaña. Dicen que es tierra de demonios.

Neferet se arrastró hacia Kaelen. El guerrero estaba pálido como el mármol, su respiración apenas perceptible. La luz de la luna llena bañaba la cornisa, revelando la magnitud del desastre. Estaban en medio de la nada, heridos, perseguidos y con el arma más poderosa del mundo convertida en un pedazo de hierro inerte en sus manos.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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