La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 13: La Traición de los Humildes

La libertad olía a pescado podrido y desesperación.

El asentamiento de Heryshaf no era más que una costra de barro seco aferrada a la orilla del Nilo, a dos leguas de las montañas donde habían escapado. Neferet, Kaelen y Sethos llegaron al amparo de la noche, arrastrándose como espectros. No había muros, solo chozas de adobe que se deshacían y redes de pesca remendadas mil veces secándose al viento.

Neferet dejó caer a Kaelen bajo la sombra de un bote varado. El guerrero estaba ardiendo de fiebre; sus heridas, aunque vendadas con tiras de túnica sucia, supuraban.

—Necesita un techo —dijo Sethos, temblando de frío. El anciano se abrazaba a sí mismo, su túnica manchada de sangre seca—. Y agua limpia. Si pasa otra noche al sereno, el desierto reclamará lo que la Guardia no pudo.

Neferet miró el pueblo. Solo veía sombras y pobreza. Pero no tenían opción. —Espera aquí —le dijo, desabrochando el khopesh negro de su cintura y envolviéndolo en los restos de su capa para ocultarlo. Parecía un bulto de leña, no un arma divina.

Caminó hacia la choza más cercana, donde una luz tenue parpadeaba. Golpeó la madera podrida de la puerta.

Un hombre mayor abrió. Tenía el rostro surcado por arrugas profundas, como el lecho de un río seco, y los ojos nublados por cataratas incipientes. —No tenemos nada —dijo el hombre antes de que Neferet hablara—. El recaudador se llevó el último saco de grano ayer.

—No busco grano —dijo Neferet, mostrando una pequeña moneda de oro que había encontrado en el bolsillo de Kaelen—. Busco silencio. Y un rincón donde un hombre herido pueda morir o sanar sin que nadie haga preguntas.

El hombre, Omari, miró la moneda. Sus ojos brillaron con una mezcla de codicia y terror. En Heryshaf, esa moneda compraba un año de vida. O una garganta cortada. —Entrad rápido —susurró, abriendo la puerta—. Antes de que los vecinos vean vuestra suerte.

La choza olía a humo y a humedad. Omari les dio esteras de paja y un cuenco de gachas de mijo aguadas. Neferet alimentó a Kaelen a la fuerza, gota a gota, mientras Sethos se acurrucaba en un rincón, murmurando oraciones.

—Sois fugitivos —dijo Omari, observando la armadura destrozada de Kaelen—. La Guardia ha estado patrullando el río. Dicen que buscan demonios que salieron de la montaña.

—Solo somos viajeros con mala suerte —mintió Neferet, pero sabía que no engañaba a nadie. Sus ojos, aunque ya no brillaban, tenían una intensidad que inquietaba al anciano.

Se turnaron para vigilar. Neferet tomó la primera guardia. El cansancio era un peso físico, una losa sobre sus párpados. Miró a Kaelen, respirando con dificultad, y a Sethos, durmiendo el sueño de los justos. Por primera vez en días, se permitió relajarse un poco. El sonido del río era hipnótico.

Cerró los ojos un segundo. Solo un segundo.

Se despertó con el sonido de la puerta abriéndose.

No fue un golpe. Fue el chirrido suave de los goznes de cuero. Neferet se incorporó de un salto, buscando la empuñadura del khopesh entre los trapos.

Omari estaba en la puerta. Pero no estaba solo. Detrás de él, el brillo blanco de las armaduras de escamas iluminó la noche. Y en sus manos, el anciano no tenía la moneda de oro. Tenía dos sacos de grano con el sello real.

—Lo siento... —lloró el anciano, sin atreverse a mirarla—. Mis nietos... tienen hambre. Dijeron que me darían comida para todo el invierno.

Neferet sintió un frío que no venía del aire. No era miedo. Era una decepción tan profunda que le revolvió el estómago. —Nos vendiste por mijo —susurró ella.

—¡Ahí están! —gritó un oficial de la Guardia, empujando a Omari al barro y entrando en la choza con la espada en alto.

—¡Kaelen, despierta! —gritó Neferet.

El khopesh negro salió de su envoltorio. A pesar de su agotamiento, el arma respondió a su adrenalina, encendiéndose con un fulgor rojizo, no dorado. Era un fuego sucio, alimentado por la rabia.

El primer guardia dudó al ver la hoja brillante. Fue su último error. Neferet atacó, pero no con la gracia del templo. Atacó con desesperación. El tajo fue torpe, pero el acero divino cortó la espada del guardia y le abrió el pecho.

—¡Sacadlos de ahí! ¡Quemad la choza si es necesario! —ordenó el oficial desde fuera.

Una antorcha voló por la ventana, aterrizando en las esteras de paja seca. El fuego prendió al instante.

Kaelen se despertó tosiendo, rodando lejos de las llamas. Estaba débil, pero el instinto de soldado lo puso en pie, desenvainando su daga. —¡La pared trasera! —gritó Sethos, golpeando el adobe con su bastón—. ¡Es débil!

Neferet no lo pensó. Se giró y lanzó una patada contra el muro de barro seco. La estructura, debilitada por la humedad del río, cedió. Salieron al exterior, tosiendo, justo cuando el techo de la choza colapsaba.

Pero no estaban a salvo. Estaban rodeados.

Doce guardias formaban un semicírculo. Y detrás de ellos, los aldeanos miraban con horror. Omari estaba de rodillas, abrazando sus sacos de grano mientras su casa ardía.

—Ríndete, bruja —dijo el oficial—. No tienes a dónde ir. El río es profundo y nosotros somos muchos.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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