El Nilo no fue un salvador amable. Fue una bestia fría y turbulenta que los arrastró lejos del fuego de Heryshaf, golpeándolos contra troncos sumergidos y bancos de limo.
Cuando finalmente la corriente los escupió en una lengua de arena kilómetros al norte, Neferet estaba tan exhausta que tuvo que clavar los dedos en la orilla para no ser arrastrada de vuelta al agua. Emergió tosiendo lodo, arrastrando el peso muerto de Kaelen por el cuello de su armadura.
—Sethos... —graznó, mirando a la oscuridad del río.
—Aquí... —la voz del escriba llegó desde unos metros más abajo. Había perdido una sandalia y tiritaba violentamente, pero aún aferraba su bastón de madera negra como si fuera su propia columna vertebral.
Encontraron refugio en las ruinas de una capilla funeraria saqueada, una estructura de piedra caliza con tres paredes y medio techo, medio devorada por las dunas. No había fuego. Encender uno sería una baliza para las patrullas fluviales. Solo tenían la luz de la luna llena, que bañaba el desierto en un tono plateado espectral, convirtiendo la sangre en manchas negras.
Neferet dejó a Kaelen sobre la arena fría. El guerrero estaba ardiendo. La herida de su costado, empapada en agua sucia del río, tenía un aspecto furioso, con los bordes hinchados y rojos.
—Se está muriendo —dijo Sethos, sentándose en la entrada para hacer guardia con sus oídos—. La fiebre del río es rápida. Si no bajamos ese calor, no verá el amanecer.
Neferet se arrodilló junto a él. Rasgó lo que quedaba de su túnica seca (la capa interior) para hacer compresas. No tenía agua limpia, así que usó su propia saliva y un poco de vino agrio que quedaba en el odre de Kaelen para limpiar la herida.
Cuando el alcohol tocó la carne viva, Kaelen se arqueó con un gemido, abriendo los ojos de golpe. Estaban vidriosos, desenfocados por el delirio. Su mano buscó instintivamente la daga que ya no tenía.
—Quieto... —susurró Neferet, sujetándole las muñecas—. Soy yo. Estás a salvo.
Kaelen parpadeó, tratando de enfocar su rostro bajo la luz de la luna. —¿Neferet? —su voz era un raspado—. ¿Por qué... por qué no lo mataste? Al viejo traidor.
Neferet se detuvo un momento, con el paño ensangrentado en la mano. —Porque tenía nietos. Y porque si empiezo a matar por lo que podría pasar, no me detendré nunca.
Kaelen soltó una risa que terminó en una tos húmeda. —La piedad... es un lujo de los dioses, niña. Los hombres no pueden permitírselo. Yo lo intenté una vez. En Siwa.
Neferet se inclinó más cerca. Sabía que la fiebre le estaba soltando la lengua, sacando los fantasmas que habitualmente guardaba bajo su cinismo. —Cuéntame —le pidió, limpiándole el sudor de la frente—. Cuéntame por qué te llaman Renegado.
Kaelen miró hacia el techo roto, hacia las estrellas frías. —Nos enviaron a sofocar una rebelión. Dijeron que un culto estaba criando hechiceros para derrocar al Faraón. Cuando llegamos... no había ejército. Había un orfanato. Niños con la sangre antigua, como tú.
Una lágrima solitaria se deslizó por la sien del guerrero, perdiéndose en su pelo sucio. —El oráculo dijo que eran una amenaza. Mi teniente ordenó pasarlos a cuchillo. Yo me negué. Me puse delante de la puerta y dije "no".
—Los salvaste —dijo Neferet suavemente.
—No —Kaelen cerró los ojos con fuerza—. Maté a mis propios hombres para defenderlos. Pero éramos pocos. La Guardia envió refuerzos. Tuvimos que huir al desierto con tres de los niños. Solo tres. Los demás...
Su voz se quebró. —Se murieron de sed, Neferet. Dos días después. No tenía agua. No sabía a dónde ir. Murieron en mis brazos, pidiendo a sus madres. Los salvé del acero para dárselos al sol. Eso es lo que consigue la piedad. Tumbas pequeñas en la arena.
Kaelen giró la cabeza y la miró. Había terror en sus ojos. —Te veo a ti y veo lo mismo. Veo poder, veo luz... y veo el desastre que viene detrás. Tengo miedo, Neferet. No de morir. Tengo miedo de lo que vas a tener que hacer para ganar. Tengo miedo de que te conviertas en el Faraón para derrotar al Faraón.
Neferet sintió un nudo en la garganta. Entendió entonces la frialdad de Kaelen, su brutalidad en el entrenamiento. No quería convertirla en un soldado; quería endurecerla para que no se rompiera como él.
—No soy ellos —susurró ella. Tomó la mano áspera del guerrero y la puso sobre su propio pecho, sobre su corazón—. Siente eso. Late. Tengo miedo. Tengo frío. Sigo siendo humana, Kaelen.
—Por ahora —murmuró él.
La distancia entre ellos se borró. No fue un acto de seducción. Fue una necesidad gravitacional. Kaelen levantó la mano y le acarició la mejilla, rozando la cicatriz nueva con el pulgar. Neferet se inclinó y lo besó.
No fue un beso de cuento. Sabía a sangre, a río podrido y a fiebre. Fue desesperado, torpe y doloroso. Fue el beso de dos personas que están al borde del abismo y necesitan aferrarse a algo sólido antes de caer.
Kaelen respondió con la poca fuerza que le quedaba, atrayéndola hacia sí como si ella fuera el aire que le faltaba. Por un momento, en esa capilla en ruinas, no había dioses, ni magia, ni profecías. Solo dos cuerpos rotos buscando calor.
Cuando se separaron, Neferet apoyó la frente contra la de él. —No voy a morir en la arena —le prometió—. Y tú tampoco. Vamos a ir a Giza. Y vamos a terminar lo que empezaste en Siwa. Esta vez, nadie morirá de sed.
Editado: 19.01.2026