La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 15: Hacia la Gran Pirámide

La meseta de Giza no brillaba bajo el sol. Supuraba.

Desde la cresta de una duna lejana, Neferet vio lo que el Faraón había hecho con el corazón de Egipto. Las tres Grandes Pirámides ya no eran tumbas silenciosas de piedra caliza blanca. Estaban rodeadas de andamios de madera negra que parecían costras sobre una herida. El aire sobre la meseta era denso, una neblina aceitosa de color gris y violeta que se negaba a disiparse con el viento.

—Huele a matadero —masculló Kaelen, ajustándose los harapos que habían robado de un carro de lavandería abandonado en la ribera. Caminaba encorvado, no solo para ocultar su altura, sino porque la fiebre, aunque había bajado, le había dejado los huesos frágiles como el cristal.

—Y a magia podrida —añadió Sethos. El ciego se cubría la nariz con un trapo. Llevaba una cesta de mimbre vacía a la espalda para pasar por cargador—. Los cánticos... ¿los oís? Son constantes. Un zumbido que hace doler los dientes. Están forzando la piedra para que acepte algo que no es natural.

Para entrar, no podían usar el acero. Tenían que usar la miseria.

La "Ciudad de los Trabajadores", el inmenso campamento al pie de la meseta, se había convertido en un purgatorio. Miles de personas —esclavos de Nubia, prisioneros de guerra, granjeros que no pudieron pagar el impuesto del grano— se movían en filas interminables como hormigas bajo el látigo.

Neferet escondió el khopesh negro envuelto en una estera vieja, cargándolo sobre el hombro como si fuera una herramienta de excavación. Su peso era un recordatorio constante de quién era, pero su postura era la de alguien que ha sido quebrado. Bajó la cabeza, encorvó los hombros y arrastró los pies.

Se unieron a una columna de transporte que llevaba jarrones de aceite hacia la entrada norte de la Gran Pirámide.

El calor era asfixiante. El polvo se pegaba al sudor, creando una segunda piel de barro. A su alrededor, hombres y mujeres tosían sangre, caían y eran levantados a latigazos o arrastrados a la cuneta si no podían levantarse.

—No mires a los guardias —susurró Kaelen cuando pasaron el primer puesto de control.

Un oficial de la Guardia de Marfil revisaba la carga, pinchando los sacos con una lanza. Neferet contuvo el aliento. Si descubrían el khopesh...

—¡Tú! —el oficial señaló a Sethos—. ¿Qué lleva el ciego?

—Solo su propia inutilidad, amo —intervino Kaelen rápidamente, adoptando un acento campesino arrastrado—. Lo usamos para tantear el terreno en los pozos. Si él cae, sabemos dónde está el agujero.

El oficial soltó una carcajada cruel. —Bien pensado. Que pase la basura.

Cruzaron el perímetro. Estaban dentro.

Pero estar dentro era peor que estar fuera. De cerca, Neferet vio la verdadera naturaleza de las obras. No estaban restaurando la pirámide; la estaban transformando en un motor.

Canales recién tallados bajaban desde la cúspide hasta la base, como venas abiertas en la roca. Y por esos canales no corría agua. Corría un líquido oscuro y viscoso que pulsaba al ritmo de los tambores que sonaban desde el interior.

—Es sangre... —Neferet sintió que las rodillas le fallaban. La náusea le subió por la garganta—. Están bañando la pirámide en sangre.

—Es un circuito —explicó Sethos en voz baja, con la cara pálida—. La sangre transporta vida. La piedra almacena energía. El Faraón está convirtiendo la tumba de Keops en una batería gigantesca. Quiere acumular suficiente poder vital para rasgar el cielo.

Pasaron junto a una fosa donde los cuerpos de los trabajadores muertos eran apilados como leña. Nadie los lloraba. Nadie tenía fuerzas para llorar.

La columna se detuvo ante la entrada de servicio, una grieta en la base de la pirámide por donde metían los suministros para el ritual. El aire que salía de allí era gélido, con olor a incienso rancio y ozono.

Un capataz con un látigo de piel de hipopótamo caminaba por la fila, golpeando al azar para mantener el ritmo. —¡Moveos, perros! ¡El Faraón exige vuestro sudor antes de que el sol se ponga!

El látigo chasqueó y golpeó la espalda de Kaelen. El guerrero tropezó, y por un segundo, su mano fue instintivamente a donde debería estar su espada. Neferet vio la tensión en su cuello, el instinto asesino despertando.

Lo agarró del brazo con fuerza. —No —susurró ella—. Todavía no.

Kaelen relajó los hombros, tragándose la furia. —Me la cobraré —masculló—. Esa me la cobraré.

Entraron en la oscuridad de la pirámide. El ruido del exterior se apagó, reemplazado por el eco opresivo de pasos y el goteo constante de los fluidos en los canales superiores.

Neferet apretó el bulto que contenía el khopesh. Sentía el arma vibrar contra su espalda, reaccionando a la magia oscura que impregnaba el lugar. El Hierro del Cielo sabía que estaba en territorio enemigo.

—Estamos en la garganta del monstruo —dijo Sethos, tanteando la pared fría—. Ahora solo nos queda subir hasta el cerebro y clavarle una estaca.

Neferet miró hacia el pasillo ascendente, iluminado por antorchas de luz violeta. Ya no tenía miedo. El horror de afuera, los cuerpos en la fosa, la sangre en los canales... todo eso había quemado su miedo, dejando solo una determinación fría y dura como el diamante.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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