La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 16: El Ritual de la Oscuridad

El interior de la Gran Pirámide no estaba diseñado para los vivos, y el Faraón se había asegurado de que tampoco lo estuviera para los muertos en paz.

El pasadizo ascendente era una garganta de piedra caliza que se cerraba sobre ellos. El aire era denso, casi líquido, cargado de una estática que erizaba el vello de los brazos y dejaba un sabor metálico en la lengua. No había silencio. La pirámide entera vibraba con un zumbido grave, un latido tectónico que subía desde los cimientos hasta la cúspide.

Neferet caminaba encorvada, con la barbilla pegada al pecho, intentando hacerse pequeña entre la fila de esclavos que cargaban urnas de aceites sagrados. El bulto en su espalda —el khopesh envuelto en trapos— había empezado a calentarse. No era el calor reconfortante de su magia; era un ardor febril, agresivo. El metal negro sabía que estaba en la casa de su enemigo.

—Mantened la cabeza baja —susurró Kaelen detrás de ella. Su voz era tensa. El guerrero tenía una mano oculta bajo sus harapos, aferrando una daga robada. Sus ojos azules escaneaban cada sombra, cada glifo corrupto pintado sobre la piedra antigua con sangre seca.

Desembocaron en la Gran Galería.

Neferet tuvo que morderse la lengua para no gritar. Había oído historias sobre la majestuosidad de este lugar, una rampa ceremonial hacia las estrellas. Pero lo que vio fue una abominación.

El techo escalonado, que se perdía en la oscuridad a ocho metros de altura, goteaba.

Los canales que habían visto fuera penetraban aquí las paredes, convirtiendo la galería en una catarata lenta de fluidos vitales. La sangre de miles de sacrificios no caía al suelo; desafiaba la gravedad. Flotaba en glóbulos oscuros que ascendían lentamente hacia la Cámara del Rey, atraídos por una fuerza magnética invisible.

—Es un intestino... —murmuró Sethos, pálido como la cera, apretando su bastón—. Están digiriendo a la gente para alimentar la piedra.

Al final de la rampa, donde debería estar el santuario, estaba Él.

El Faraón no estaba sentado en un trono. Era parte de él.

Cables de oro negro y tubos de cristal salían del sarcófago de granito y se clavaban en su espalda desnuda y grisácea. Su piel se había estirado, traslúcida, dejando ver venas negras que pulsaban al ritmo de la pirámide. No parecía un hombre; parecía una garrapata divina, hinchada de poder, fusionada con la arquitectura.

Sobre su cabeza, el "Devorador de Estrellas" —el orbe de obsidiana— giraba en silencio, absorbiendo los glóbulos de sangre que subían por la galería.

—¡Más! —la voz del Faraón no salió de su boca. Resonó directamente dentro de los cráneos de todos los presentes, un sonido húmedo y crujiente—. El Vacío sigue teniendo sed.

Un grupo de sacerdotes en los andamios laterales empujó a una fila de prisioneros nubios hacia el borde. Los degollaron con eficiencia industrial. La sangre voló hacia el orbe. Los cuerpos fueron arrojados a los lados como cáscaras vacías.

Neferet sintió una punzada de dolor agónico en la espalda.

El khopesh estaba ardiendo. Literalmente. El trapo que lo envolvía empezó a humear.

—Neferet... —siseó Kaelen, viendo el hilo de humo—. Tu espalda.

—No puedo... controlarlo... —jadeó ella. El metal vibraba contra su columna, chillando en una frecuencia que solo ella y el Faraón podían oír. El Hierro del Cielo quería salir. Quería pelear.

—¡Apágalo! —ordenó Kaelen, empujándola hacia la sombra de un pilar—. Si te ven ahora, estamos muertos.

Neferet se arrancó el bulto de la espalda, quemándose las manos. La tela se deshizo en cenizas, revelando el metal negro que pulsaba con una luz dorada furiosa, un faro en medio de la penumbra violeta.

El zumbido de la pirámide se detuvo un instante.

El Faraón giró la cabeza. Su cuello crujió, girando en un ángulo imposible. Sus ojos, dos pozos de negrura sin esclerótica, barrieron la galería llena de esclavos y sacerdotes hasta detenerse exactamente donde estaban ellos.

—Huelo... a ladrones —dijo el Faraón. Una sonrisa grotesca partió su rostro, revelando dientes de cristal negro—. Y huelo el miedo de una raza extinta.

El orbe sobre su cabeza dejó de girar y apuntó una cara plana hacia ellos.

—¡Nos han visto! —gritó Sethos—. ¡Kaelen, el escudo!

Kaelen reaccionó por instinto puro. Arrancó una tapa de alcantarilla de bronce de uno de los desagües cercanos y se interpuso entre Neferet y el trono.

Justo a tiempo.

El orbe disparó no un rayo, sino una onda de presión. Un martillazo de aire sólido.

El impacto golpeó el escudo improvisado de Kaelen con el sonido de una campana gigante rompiéndose. El guerrero salió despedido hacia atrás, arrastrando a Neferet y a Sethos con él. Rodaron por la rampa de piedra, entre los gritos de los esclavos que huían despavoridos.

—¡Matadlos! —ordenó el Faraón con desidia, volviendo su atención al flujo de sangre—. Que su carne alimente al orbe.

Cincuenta Guardias de Marfil, ocultos en los nichos de la galería, desenvainaron sus armas al unísono. El sonido del acero llenó el espacio cerrado.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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