La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 17: Sangre de Dioses

La Gran Galería se convirtió en una trituradora de carne.

Cincuenta espadas de bronce chocaron contra el silencio de la pirámide al mismo tiempo. El ruido fue ensordecedor. Neferet no esperó a que la ola de acero la alcanzara. Impulsada por la adrenalina del khopesh, saltó sobre el escudo abollado que Kaelen había usado, impulsándose hacia el flanco derecho, donde los andamios de madera negra sostenían a los sacerdotes observadores.

—¡Rompe los soportes! —gritó Sethos, que se defendía a bastonazos ciegos de un guardia que intentaba flanquearlos.

Neferet lanzó un tajo horizontal. El Hierro del Cielo cortó las vigas de cedro como si fueran papiro seco.

La estructura entera gimió y colapsó.

Toneladas de madera, cadenas y sacerdotes gritando cayeron sobre la vanguardia de la Guardia de Marfil, aplastándolos en una lluvia de astillas y sangre. El caos frenó el avance, convirtiendo la rampa ordenada en un obstáculo mortal.

—¡Arriba! —rugió Kaelen, empujando a Neferet. Tenía un corte feo en el pómulo y respiraba con dificultad—. ¡Si nos quedamos quietos, nos rodearán!

Lucharon espalda contra espalda. No era una danza elegante. Era brutal. Neferet usaba el khopesh para parar golpes que le sacudían los dientes, devolviendo tajos que abrían armaduras y carne con destellos de luz dorada. Cada muerte enviaba una sacudida de energía a su brazo, pero también un frío nauseabundo a su estómago.

El Faraón observaba desde su trono biomecánico, con la impaciencia de un dios aburrido. —Vuestra lucha es irrelevante —dijo. Su voz resonó en los huesos de Neferet—. Todo movimiento genera calor. Todo calor alimenta al Vacío.

El orbe de obsidiana sobre su cabeza pulsó. Un zarcillo de oscuridad líquida, rápido como un latigazo, descendió hacia ellos.

No buscaba golpear. Buscaba infectar.

—¡Cuidado! —Neferet empujó a Sethos, recibiendo el impacto de la onda expansiva.

El zarcillo golpeó el suelo de piedra donde habían estado, disolviendo el granito en un charco de lodo grisáceo y humeante. La "antimateria" del Faraón no quemaba; borraba.

—No podemos ganar así —jadeó Kaelen, parando una lanza con su espada, que se melló profundamente—. Son demasiados. Y esa cosa... esa cosa nos va a desintegrar.

Neferet miró hacia el Faraón. Vio los tubos de cristal bombeando la sangre de los esclavos hacia su espalda. Vio la arrogancia absoluta en sus ojos negros.

Y comprendió lo que Sethos le había dicho sobre la sangre de los Semsu Hor. No era solo energía. Era el opuesto alquímico del Vacío. Era Existencia pura.

—Cúbreme —dijo Neferet. Su voz sonó extraña, distante.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Kaelen, aterrorizado por el tono de ella.

—Voy a darle algo que no pueda digerir.

Neferet soltó el khopesh con una mano y agarró la hoja afilada con la palma desnuda —la misma palma de su pacto de sangre. Apretó.

El dolor fue blanco y agudo. La sangre brotó, pero no cayó al suelo. Levitó, brillante como oro fundido, mezclándose con el aura del arma.

—¡Si quieres sangre, toma la de un dios! —gritó Neferet.

Con un movimiento violento, lanzó la sangre dorada hacia el orbe. No fue un hechizo. Fue una granada de luz.

El impacto fue silencioso.

La gota de sangre dorada tocó la superficie de obsidiana del Devorador de Estrellas.

Por un segundo, no pasó nada.

Y luego, la pirámide gritó.

Una explosión de luz blanca, cegadora y pura, estalló desde el orbe. No fue fuego. Fue una reacción de rechazo. La oscuridad y la luz no podían coexistir. El orbe se agrietó con el sonido de un continente partiéndose.

La onda de choque barrió la galería. Los guardias de marfil más cercanos se vaporizaron, dejando solo sombras impresas en las paredes. El Faraón fue lanzado contra su propio sarcófago, arrancando los tubos de su espalda, aullando mientras su piel de obsidiana humeaba y se agrietaba.

Pero Neferet recibió el peor golpe.

La liberación de tanta energía de golpe quemó sus nervios ópticos. El mundo se volvió blanco, y luego, instantáneamente, negro.

Cayó de rodillas, llevándose las manos a los ojos. —¡No veo! —gritó, aterrorizada—. ¡Kaelen, no veo!

El Faraón, herido y humeante, se levantó entre los escombros de su trono. Le faltaba media cara; la obsidiana se había derretido, revelando músculo crudo debajo. —¡Mátalos! —chilló, señalando a ciegas con una mano que goteaba oscuridad—. ¡Que no quede ni el polvo!

Un último zarcillo de sombra, errático y moribundo, salió disparado del orbe roto hacia la indefensa Neferet.

Kaelen lo vio.

No tenía escudo. No tenía magia. Y Neferet estaba ciega en el suelo.

El mercenario se lanzó. No para atacar, sino para interceptar.

El zarcillo le golpeó en el pecho, justo sobre el corazón.

No hubo sangre. La armadura de cuero y metal se deshizo en polvo gris. La piel debajo se tornó negra al instante, una necrosis rápida que se extendió como tinta en agua, devorando la carne, dejando ver las costillas ennegrecidas.



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En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

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