El conducto de ventilación los escupió en una oscuridad helada.
No hubo un aterrizaje suave. Cayeron sobre un suelo de losas pulidas que les sacó el aire de los pulmones. Neferet rodó, golpeándose el hombro contra algo duro y frío. El dolor fue agudo, pero secundario. Lo principal era la oscuridad. Incluso con los ojos abiertos de par en par, no veía nada. Solo manchas grises y destellos fantasmas, residuos de la quemadura en sus retinas.
—¿Kaelen? —su voz salió como un chillido ahogado. Tanteó el suelo con desesperación—. ¡Kaelen!
—Aquí... —la respuesta fue un gorgoteo.
Neferet se arrastró hacia el sonido. Sus manos encontraron la armadura de cuero del guerrero, y luego la piel de su cuello. Estaba helado. No frío como la noche, sino frío como la carne muerta. La necrosis en su pecho no sangraba; irradiaba un vacío térmico que le entumeció los dedos a Neferet.
—No veo... —sollozó ella, limpiándose los ojos inútilmente—. La luz... me quemó.
—Mejor —dijo Sethos. El escriba estaba de pie unos metros más allá, golpeando suavemente el suelo con su bastón. El sonido producía un eco metálico, cristalino, que no correspondía a la piedra—. No querrás ver esto, niña.
—¿Dónde estamos?
—En la mente del Faraón —respondió Sethos. Su voz temblaba ligeramente—. O al menos, en su sistema digestivo psíquico. Esta es la Cámara de la Verdad Distorsionada.
De repente, la sala se iluminó.
Neferet no lo vio, pero lo sintió. Sintió la luz golpeando sus párpados cerrados. Y aunque estaba ciega, las imágenes empezaron a formarse directamente dentro de su cerebro, saltándose sus ojos dañados.
No vio la sala. Vio fuego.
Vio su aldea ardiendo. Pero esta vez, ella no estaba huyendo. Estaba de pie en el centro, sosteniendo una antorcha. Y frente a ella, Tahar ardía.
—Tú nos dejaste —dijo Tahar. Su piel se ennegrecía y caía a tiras—. Querías ser especial. Querías ser una reina. Tu ambición fue la chispa, Neferet.
—¡No! —gritó ella, tapándose los oídos. Pero la voz no venía de fuera—. ¡Yo os quería salvar!
A su lado, Kaelen empezó a gritar.
El guerrero no veía una sala vacía. Estaba de rodillas en el Oasis de Siwa. El agua a sus pies era roja. Y frente a él, tres niños pequeños, con la piel agrietada por la sed, lo señalaban con dedos acusadores.
—Tenías agua en tu cantimplora —susurró uno de los niños—. Bebiste mientras nosotros moríamos.
—¡No quedaba nada! —sollozó Kaelen, golpeando el suelo con los puños—. ¡Os di todo lo que tenía!
—Mentiroso —dijo el niño—. Eres un cobarde, Kaelen. Nos salvaste para sentirte bien, no para que viviéramos. Tu piedad es egoísmo.
La marca negra en el pecho de Kaelen reaccionó a su culpa. Los zarcillos de necrosis se expandieron visiblemente, subiendo por su cuello, ahogándolo. Su corazón, bombardeado por el terror, empezó a fallar.
—¡Es una trampa! —la voz de Sethos cortó el aire como un látigo—. ¡No es real!
El escriba ciego caminaba por la sala con los ojos vendados. Para él, no había fuego ni niños muertos. Para él, solo había el zumbido eléctrico de una maquinaria mágica diseñada para inducir el suicidio.
—¡Están usando vuestra memoria contra vosotros! —gritó Sethos, agarrando a Neferet por el brazo y sacudiéndola—. ¡Neferet, escucha mi voz! ¡Tahar está muerto, pero no por tu culpa! ¡Murió por la codicia de un tirano!
Neferet luchó contra la visión de su hermano ardiendo. —¡Es mi culpa! —lloró ella—. ¡Si no fuera una Semsu Hor, estarían vivos!
—¡Si no fueras una Semsu Hor, el mundo entero sería una tumba! —Sethos le dio una bofetada. El dolor físico rompió momentáneamente la alucinación—. ¡Deja de compadecerte y usa lo que te hace peligrosa! ¡Usa el Ojo!
—¡Estoy ciega, Sethos!
—¡El Ojo del Halcón no necesita retinas! —rugió el anciano—. ¡Mira la verdad! ¡Mira la estructura!
Neferet, temblando, respiró hondo. El olor a carne quemada de su alucinación llenaba su nariz, pero se forzó a ignorarlo. Buscó ese calor en su sangre, esa chispa que había sobrevivido a la explosión.
Mira, se ordenó a sí misma.
Activó la visión interior.
El fuego desapareció. La aldea desapareció.
En la oscuridad gris de su mente, aparecieron líneas de tensión. Vio la sala tal como era: una esfera de obsidiana pulida. Y vio los hilos de magia violeta que conectaban las paredes con las mentes de Kaelen y la suya.
Todos los hilos convergían en un punto en el techo. Un cristal facetado que pulsaba como un cerebro expuesto.
—¡Arriba! —jadeó Neferet, señalando al techo ciegamente—. ¡En el centro! ¡Hay un núcleo!
Sethos se giró hacia Kaelen. El guerrero estaba en posición fetal, arañándose la cara, murmurando disculpas a fantasmas.
—¡Kaelen! —Sethos se lanzó sobre él, agarrándolo por la pechera de la armadura—. ¡Soldado! ¡Mírame!
—Déjame morir... —gimió Kaelen—. Se lo merecen...
Editado: 19.01.2026