La Herejía del Polvo: La Hija del Silencio

CAPÍTULO 19: El Despertar de Horus

El Santuario de Horus no era un templo de oración. Era una fundición de almas.

Ubicado en la raíz misma de la meseta, por debajo de los acuíferos y de la historia conocida, el lugar no tenía columnas ni estatuas. Era una caverna natural de basalto negro, dominada por un lago circular de metal líquido que no emitía vapores, pero sí un calor seco y opresivo que desollaba la garganta al respirar.

El oricalco. La sangre de la tierra antes de que la tierra tuviera nombre.

Neferet cayó de rodillas en la orilla, soltando el peso muerto de Kaelen. Su ceguera persistía, un velo gris sobre sus ojos, pero no necesitaba ver para sentir la radiación del lago. Le erizaba la piel quemada y hacía vibrar el khopesh en su cintura como un diapasón.

—Se acaba... —el susurro de Kaelen fue húmedo, burbujeante.

Neferet tanteó su pecho. La necrosis había avanzado. La piel bajo la armadura se sentía acartonada, fría y muerta. La mancha negra había llegado a su garganta, asfixiándolo.

—Sethos... —suplicó ella, girando su rostro ciego hacia donde escuchaba el bastón del escriba—. Dijiste que aquí podíamos salvarlo. ¡Hazlo!

—Yo no puedo hacer nada, niña —la voz de Sethos sonó lejana, pequeña ante la magnitud de la caverna—. No hay hechizos para el Vacío. Solo hay... sustitución. Para quemar esa oscuridad, necesitas un fuego que no sea de este mundo.

—Tengo fuego —dijo Neferet, levantando sus manos temblorosas. Intentó invocar su luz, pero solo logró una chispa débil que murió al instante. Estaba vacía.

—Tu fuego es una vela, Neferet. Kaelen necesita un sol.

Sethos se acercó a ella y la agarró por los hombros, obligándola a mirar hacia el calor del lago. —Ese lago es el Crisol del Primer Amanecer. Es donde los Semsu Hor se sumergían para dejar de ser carne y convertirse en conductos. Si entras ahí, el metal quemará tu imperfección. Quemará tu ceguera, tus dudas... y tu humanidad.

—¿Moriré?

—Neferet la minera morirá —dijo Sethos con brutal honestidad—. Lo que salga del lago será otra cosa. Será un arma. Y las armas no aman, Neferet. Las armas cortan.

Kaelen, en un momento de lucidez agónica, agarró la muñeca de Neferet. Su agarre era débil, infantil. —No... —jadeó él—. No lo hagas... prefiero morir... que verte convertida en... eso.

Neferet acarició la cara de Kaelen. Sintió la frialdad de su piel, el ritmo fallido de su corazón. Recordó la aldea quemada. Recordó a Tahar. Recordó que no pudo salvarlos porque era débil.

—Ya me has visto rota, Kaelen —susurró ella, soltándose suavemente de su agarre—. Ahora mírame arder.

Se puso en pie. Se quitó los restos de su túnica y la armadura de cuero, quedándose solo con el khopesh atado a su cintura desnuda. Caminó hacia el borde del lago. El calor era insoportable; sentía cómo su piel se tensaba y se ampollaba antes incluso de tocar el líquido.

—El dolor será absoluto —advirtió Sethos.

Neferet no respondió. Dio un paso.

El metal líquido no estaba caliente. Estaba más allá de la temperatura. Era una energía pura que no reconoció su carne como algo vivo, sino como combustible.

Neferet gritó.

No fue un grito humano. Fue el sonido de su sistema nervioso colapsando y reescribiéndose. Se sumergió por completo. El oro líquido llenó su boca, sus pulmones, sus oídos. La oscuridad de su ceguera se rompió, reemplazada por una luz blanca y violenta.

En el abismo dorado, vio al Halcón.

No era un pájaro. Era una entidad cósmica, una tormenta de geometría perfecta y fría indiferencia. No le preguntó si era digna. No le preguntó su nombre. Simplemente la miró y dijo: Consume.

Y Neferet consumió.

Bebió el fuego. Dejó que el metal reemplazara su sangre. Dejó que sus recuerdos de la mina, del hambre, del miedo, se calcinaran hasta quedar convertidos en ceniza y diamante.

...

Kaelen miraba el lago con terror. El líquido burbujeaba violentamente. —La has matado... —graznó hacia Sethos—. Maldito viejo... la has matado.

—Silencio —dijo el escriba, retrocediendo hacia la pared de roca.

El lago se calmó. Y luego, la superficie se rompió.

Neferet emergió.

No jadeaba. No tosía. Se elevó del lago levitando a unos centímetros del suelo, impulsada por una fuerza invisible.

Kaelen intentó gritar, pero el aire se le congeló en la garganta.

La mujer que salió no era Neferet. Su piel brillaba con un tono metálico, un oro pálido y perfecto que no parecía carne. Su cabello, antes negro y sucio, flotaba alrededor de su cabeza como una corona de llamas blancas etéreas.

Pero fueron sus ojos lo que rompió el corazón de Kaelen. Ya no eran ámbar. Eran dos orbes de luz blanca, sin pupilas, sin iris, sin alma. Ojos que veían átomos, no personas.

Ella giró la cabeza hacia él. El movimiento fue mecánico, fluido pero inhumano.

—El recipiente está dañado —dijo Neferet. Su voz resonó en la caverna con un eco metálico, como si hablara a través de un tubo de bronce.



#2007 en Otros
#151 en Aventura
#344 en Acción

En el texto hay: mitologia, dioses, aventuras

Editado: 19.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.